Termino mi primera Moleskine, así que comienzo con la segunda, la número dos, tamaño grande esta vez. Es la hora del ritual. Tengo el mío propio , mi versión personal de la liturgia.
Uno. La identifico, es lo más importante, no querría perderla, van entre sus páginas cientos de ideas que tarde o temprano echarán a volar a lugares mejores. Mientras tanto y conforme escribo, me doy cuenta que con mi espantosa memoria, necesito anotarlo todo.
Todo.
Dos. La recompensa: hay que dejar bien clara la recompensa en caso de extravío. Si alguien la encontrara, tiene una lista de premios posibles. Que nadie piense en banalidades por favor, estamos hablando de una Moleskine, así que el premio tiene que estar a la altura del hallazgo, yo me refiero a cosas importantes de verdad: un capuccino en un buen café, un truco de prestidigitación, un cuento inventado para la ocasión, un paseo por el Parque Grande, una buena conversación.
Ese tipo de cosas.
Tres. Contar y numerar las páginas (incluyo la página última de cartulina). Se ha de hacer en el momento primero, no se puede posponer ni ir haciendo conforme pasan los días. No. Me gusta saber cuántas páginas tengo por delante, cuántas quedan para empezar la Moleskine número tres.
Ciento veinte.
Cuatro. Cada Moleskine lleva la fecha de comienzo y el número de orden que le corresponde. Moleskine número uno y Moleskine número dos.
Cinco. Traslado las tarjetitas y papeles que guardaba en el pliegue de cartón de la primera Moleskine a la segunda. Son casi todo tarjetas de visita y quien me conoce puede imaginar de qué tipo: una con una fotografía de Carlota bailando o manteniendo una pose clásica de la que desconozco el nombre, una tarjeta de un ilusionista portugués, otra del bueno de
John Carney y por último la tarjeta de visita de Susana y Juan de aquella primera vez en Ámsterdam y el restaurante donde servían Sopa de guisantes y salchichas. Una delicia, lo juro.
Aparece también (y esto lo había olvidado por completo) un papelito con el número de teléfono de una camarera que solía servir los capuccinos con corazones dibujados sobre la crema. Corazones de chocolate espolvoreado. Debo declararme libre de toda culpa. En mi descargo diré que fue hace mucho tiempo y que tú no querías saber nada de mí. Desde entonces la nota estaba olvidada entre los pliegues de cartón de la Moleskine.
Seis y último. Adjunto además el tríptico con la historia de los orígenes de la libreta y los adhesivos en color con frases célebres de personajes notables que usaban Moleskines. Creo que está todo.
No hay nada más difícil que una línea, decía Picasso.