sábado 29 de octubre de 2005

Última entrevista


La última entrevista fue triste.
Yo esperaba una decisión imposible:
que me siguieras a una ciudad extraña
donde sólo se había perdido un submarino alemán
y tú esperabas que no te lo propusiera.
Con el vértigo de los suicidas
te dije: « Ven conmigo» sabiéndolo imposible
y tú -sabiéndolo imposible- respondiste:
«Nada se me perdió allí» y diste la conversación
por concluida. Me puse de pie
como quien cierra un libro
aunque sabía -lo supe siempre-
que ahora empezaba otro capítulo.
Iba a soñar contigo -en una ciudad extraña-,
donde sólo un viejo submarino alemán
se perdió.
Iba a escribirte cartas que no te enviaría
y tú, ibas a esperar mi regreso
-Penélope infiel- con ambigüedad,
sabiendo que mis cortos regresos
no serían definitivos. No soy Ulises. No conocí
Itaca. Todo lo que he perdido

(Cristina Peri Rossi)

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miércoles 26 de octubre de 2005

Liturgia

Termino mi primera Moleskine, así que comienzo con la segunda, la número dos, tamaño grande esta vez. Es la hora del ritual. Tengo el mío propio , mi versión personal de la liturgia.

Uno. La identifico, es lo más importante, no querría perderla, van entre sus páginas cientos de ideas que tarde o temprano echarán a volar a lugares mejores. Mientras tanto y conforme escribo, me doy cuenta que con mi espantosa memoria, necesito anotarlo todo. Todo.

Dos. La recompensa: hay que dejar bien clara la recompensa en caso de extravío. Si alguien la encontrara, tiene una lista de premios posibles. Que nadie piense en banalidades por favor, estamos hablando de una Moleskine, así que el premio tiene que estar a la altura del hallazgo, yo me refiero a cosas importantes de verdad: un capuccino en un buen café, un truco de prestidigitación, un cuento inventado para la ocasión, un paseo por el Parque Grande, una buena conversación. Ese tipo de cosas.

Tres. Contar y numerar las páginas (incluyo la página última de cartulina). Se ha de hacer en el momento primero, no se puede posponer ni ir haciendo conforme pasan los días. No. Me gusta saber cuántas páginas tengo por delante, cuántas quedan para empezar la Moleskine número tres. Ciento veinte.

Cuatro. Cada Moleskine lleva la fecha de comienzo y el número de orden que le corresponde. Moleskine número uno y Moleskine número dos.

Cinco. Traslado las tarjetitas y papeles que guardaba en el pliegue de cartón de la primera Moleskine a la segunda. Son casi todo tarjetas de visita y quien me conoce puede imaginar de qué tipo: una con una fotografía de Carlota bailando o manteniendo una pose clásica de la que desconozco el nombre, una tarjeta de un ilusionista portugués, otra del bueno de John Carney y por último la tarjeta de visita de Susana y Juan de aquella primera vez en Ámsterdam y el restaurante donde servían Sopa de guisantes y salchichas. Una delicia, lo juro.

Aparece también (y esto lo había olvidado por completo) un papelito con el número de teléfono de una camarera que solía servir los capuccinos con corazones dibujados sobre la crema. Corazones de chocolate espolvoreado. Debo declararme libre de toda culpa. En mi descargo diré que fue hace mucho tiempo y que tú no querías saber nada de mí. Desde entonces la nota estaba olvidada entre los pliegues de cartón de la Moleskine.

Seis y último. Adjunto además el tríptico con la historia de los orígenes de la libreta y los adhesivos en color con frases célebres de personajes notables que usaban Moleskines. Creo que está todo.

No hay nada más difícil que una línea, decía Picasso.

sábado 22 de octubre de 2005

Termópilas

De vuelta al hotel, al contemplar cómo se suelta, luego cepilla su pelo rojizo delante de la ventana, sumida en privados pensamientos, con los ojos en otra parte, por alguna razón recuerdo a aquellos lacedemonios de los que escribió Herodoto, cuyo deber era defender las Puertas frente al ejército persa. Y las defendieron. Durante cuatro días. Antes, sin embargo, ante la incredulidad de los ojos de propio Jerjes, los soldados griegos se sentaron como despreocupados, en la parte de fuera del cercado hecho de troncos cortados, peinando y repeinando sus largos cabellos, como si sólo se tratara de otro día de una campaña que, por otra parte, carecía de importancia.

Cuando Jerjes exigió conocer el significado de aquellos actos le dijeron: Cuando estos hombres van a perder la vida antes quieren que sus cabezas estén bellas.

Ella deja su peine de mango de hueso y se acerca todavía más a la ventana y a la decreciente luz de la tarde. Algo, un movimiento y un crujido llega desde abajo y ha atraido su atención. Una mirada, y se desentiende de ello.

(Raymond Carver)

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miércoles 19 de octubre de 2005

Congelador

(I)

Cruza la calle un tipo trajeado que me recuerda a alguien, lo cierto es que se parece bastante, solo que no puede ser, aunque podría. Soy muy malo para los parecidos y él camina deprisa. No se vuelve a contemplar a nadie, para qué si luego todo es un poco lo mismo. El tipo entiende de redes inalámbricas y asuntos un tanto extraños, lo que ahora dan por llamar "nuevas tecnologías". Quién lo diría. Creo que está impartiendo un curso para sacar un dinero extra. Llama la atención la velocidad a la que transcurre todo últimamente en la vida de ese hombre. Apenas le queda el tiempo justo para cenar y cambiarse de ropa después de clase. La corbata asoma ahora de un cajón a medio cerrar. Ese tipo de cosas antes le ponían nervioso.

(II)

Conduce de noche a su trabajo habitual, saluda a sus compañeros y toma café gratis (una de las ventajas de pertenecer a una de esas empresas americanas que se preocupa por sus empleados), le cuesta mantener la concentración, puede que haga un par de llamadas y despierte a alguien en Holanda aunque eso sólo ocurre en el peor de los casos. Lleva dándole vueltas a una serie de ideas que querría escribir, cree que podrían funcionar bien, pero tiene que preparar la clase del día siguiente. Quiere hacerlo bien. No puede dejar mal al amigo que le consiguió el curso. Por otra parte, tiene que acabar lo que empieza, la vieja cantinela de siempre. Toma más café gratis. Quién no querría beber un café tras otro si fuera gratis. Deja de lado sus historias, estos días escribe menos y lee menos, lo echa en falta, tiene sed de esas y de otras cosas. Lo último fue un poema de Raymond Carver y un polvo suave. Piensa en lo bonito que le parece tener sed de algo o de alguien, como cuando decía sin reparos “me apeteces” y todo venía rodado.

(III)

Pronto serán las siete y volverá a ese cuerpo que tan bien conoce, sin duda lo mejor de estos días con prisas, sin tiempo para nada o para más bien poco. Se desnudará de manera silenciosa, quitándose los zapatos en la habitación de al lado para no molestar, camina de puntillas hasta el precipicio de la cama, deteniéndose y contemplando, queriendo congelar ese instante ahora que todos los instantes duran menos , mucho menos. Salta dentro. Le gusta cuando se encuentran a la altura de los pies, una pequeña contienda (juego que dirían ellos) al tiempo que le suben las ganas de dar guerra y hacerse el harakiri contra su pecho. Nueve minutos después suena el despertador, una pena que no sea de esos que salen huyendo de la mesita, ella tiene clase en la uni y él se desespera cada vez que escucha el sonido de la puerta al cerrarse. Luego golpea las paredes con el puño hasta que cae agotado.

(IV)

Las nueve y en el congelador, envueltos en papel de plata, unos filetes y algunos minutos que guardar por si hicieran falta, pero sólo por si hicieran falta.

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jueves 13 de octubre de 2005

Los conejos terminan en "O"

Clemente no es nombre para un conejo, a lo mejor para un gallo o un periquito, pero no para un conejo. Los conejos suelen tener nombres importantes que terminan en “o”, como Manolo o Benito, me gusta como quedan todos esos nombres que terminan en “o”. También me gusta Cristina. Me pone contento que me rescatara de aquella caseta de feria y me llevara con ella. Es cierto que los conejos son de otra forma, más bien tirando a peludos y suaves. Yo estoy hecho de retales de trapos y me tienen que lavar a mano para que no encoja.

Cuando Cristina me baña, canta canciones de su país que no entiendo, canciones lejanas que suenan a pandereta y cascabel, a noches frente a una hoguera, canta bajito y le brilla la mirada, luego se queda pensando con la vista puesta en el marco de la puerta, a veces creo que espera que ocurra algo, luego se le pone cara como de estar en otro lugar, como de hacer un largo viaje del que regresa cada día. A Cristina le queda bien su nombre porque termina en “a” , como Patricia o Melisa, le queda casi tan bien como los vestidos que diseña para ponerse guapa los días soleados, después con los retales me hace algún arreglo y juega conmigo a disfrazarme de artista de circo o de muñeco de trapo.

Cuando cae la noche, me acuna y me dice: "Clemente, Clemente, es la hora de dormir, cierra los ojos y sueña con magos y con chisteras". Y a mí , eso de Clemente , me sigue sin convencer y a ratos me dan ganas de decirle cuatro cosas, pero mejor me callo, a ver si se va a enfadar conmigo y me devuelve a la caseta de feria.

Ilustración: © Kristina Sabaite

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sábado 8 de octubre de 2005

Máquina de hacer rock

Ya no nos llamamos igual , comenta por lo bajo el cantante, quizás porque los años se han ido pegando a las paredes del local como canciones gastadas. En eso a los chicos no les falta razón, lo aprueban entonces, no pueden, no deben llamarse como siempre, por ellos mismos, por mirarse a la cara y ver otra expresión distinta colgando de sus cabezas, un indicio de algo nuevo que les recuerde que lo que venga ahora no será una continuación más.

En realidad, desprenderse de un traje que queda chico después de todo ese tiempo no resulta tan grave, por eso ahora las canciones ya van sonando distintas, como si se sintieran diferentes al ser acariciadas por alguien que tiene ese aire de extraño que nos magrea por primera vez.

Es raro pero les gusta, ahora los recortes de periódicos tendrán otro significado, quedarán junto a las fotos y las entrevistas de cuando pasaban de refilón por alguna lista de éxitos y les detenían en los garitos para pedirles besos o firmas. No pueden decir que son los mismos -exactamente los mismos- aunque lo sean, con las mismas ganas de tocar, con el sonido de siempre, contra las mismas paredes y ellos dirigidos hacia el gran espejo donde solían ver reflejadas tantas cosas, tantas caras, todo el humo de los vicios y la luz roja, figuras de mujer proyectadas en el ambiente cargado, una guitarra que suena y ciertas melodías que recuerdan a otras que ya pasaron por allí, nos visitaban y se iban, recuerdan los chicos, pero a veces se quedaban y entonces todo, todo volvía a sonar como aquella poderosa máquina bien engrasada que no podía dejar de escupir acordes y vomitar rock.

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lunes 3 de octubre de 2005

Eclipse

Te inmovilizaron, luego te obligaron a alzar la vista en una mañana de lunes. -Ven a salvarme- dijiste, -de los demás, de mí misma, de mis propios errores. Hablabas en un susurro, en un aliento sobrecogido, como zozobrando por dentro, mientras todos aquellos de quienes huías, evitaban levantar la vista al cielo que iba perdiendo la luz, pareciendo como si fuera a llover pero sin llover y tú temblando, como si de un momento a otro fueras a romper en llanto, pero sin llorar. Yo no quise ayudarte, tampoco no ayudarte, simplemente no hice nada. No dije nada. Fuiste apresada y condenada a mirar el eclipse hasta que se adentrara todo su fuego en los ojos.

Ahora los demás sabrán que lo último que avistaron tus pupilas laceradas fue la visión apagada , mas bien lánguida , de una turba agitada que clamaba por todo aquel daño que hiciste y que nunca, hasta entonces, fuiste capaz de contemplar.

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sábado 1 de octubre de 2005

Cuerpos

Tengo una vaga idea acerca del asunto, sólo recuerdo de aquella noche que poblaban la ciudad unos cuerpos celestes, luminosos, cuerpos inquietos en busca de otros cuerpos, cuerpos mirada fugaz. Luego la noche se engarzaba con el alba en alguna habitación sombría de hotel barato, ya con los cuerpos vencidos y el maquillaje gastado.

Como en una extraña metamorfosis, con las primeras luces, los cuerpos celestes se transfiguran en cuerpos extraños y distintos, de modo que una vez descubierto el equívoco, abandonan los portales como fantasmas perdidos que vuelven al alba en busca de un sueño mejor.

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