martes 31 de enero de 2006

Manhattan sobrecogidos



También era así, con todo lo que te gustaba y lo que no, pensando siempre en las cosas, dándole vueltas a todo, como un molinillo de papel de celofán atrapado en alguna tempestad, aunque luego nos dijeron que la culpa la tuvo el niño aquel que pensaba tanto y jugaba al ajedrez, tanto pensaba que se fue transformando poco a poco en un caballito de plomo y luego sólo en plomo y más tarde en nada.

No pienses tanto, no pienses de más, eso decías, y yo que seguía pensando y mirando al cielo, viendo cómo pasaban los aviones mientras te escuchaba hablar del equipaje que facturaste la última vez, cuando necesitabas irte lejos, para echar algo de menos o para tener la sensación de regresar a alguna parte, aunque por aquel entonces me dijeras que de toda tu valija yo tenía el lugar más preciado, y volviste y no trajiste nada, tan sólo las manos vacías y esa mueca extraña, tiritando en la terminal y una postal sorpresa que compraste a última hora, antes de facturar y tomar el camino a casa, luego tu risa nerviosa como un eco y más tarde tú, estallando de pena porque querías volver a marcharte lejos, llorando en el taxi, rodeada por una constelación de gente sola, desdibujando la felicidad que creíamos tener pero que nunca tuvimos, ni valija, ni sitios a los que volver, ni nada, sólo nosotros cruzando Manhattan sobrecogidos, también así, con todo lo que no nos gustaba pero que tanto añorábamos cada vez que embarcabas hacia ninguna parte.

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miércoles 25 de enero de 2006

Luciérnagas



Parecía que se detenía, el tiempo en primer lugar y todo lo demás después. Y se detenía, claro que se detenía. Recuerdo con claridad la intención de saltar y luego saltar, aunque de tarde en tarde las intenciones se quedaban sólo en eso: en intenciones. Luego alguien pegaba un grito y volvíamos a la realidad. Hacía el tonto hasta la hora de la merienda en la cocina de Alicia. Me gustaba de la merienda su significado de ritual casi iniciático y mojar el pan en el café con leche. Luego nos volvíamos a casa con las rodillas y la boca sucias. Qué risa nos daba.

Regresábamos al detenimiento, a tomar carrerilla y saltar desde donde fuera, hacia donde fuera, sólo por saltar, igual que cuando miraba a Alicia -sólo por mirar a Alicia- y así iban sucediendo las cosas, precipitándose y deteniéndose en el aire, como las palabras cuando se derraman desde lo alto de una verdad bien dicha, como la risa de Alicia, como la propia Alicia y aquellas luciérnagas que atrapaba para ella en tarros de cristal y que luego dejaba escapar porque le daban pena. Mucha pena. Tantas cosas que nos asustaban: la oscuridad, las tormentas, mirar debajo de la cama, el armario del desván o la idea (tan absurda entonces y tan deliciosa ahora) de crecer algún día y hacernos mayores. Claro que eso no lo pensábamos siempre.

Lo mejor era detenerse, los instantes quietos, los saltos desde cualquiera de esos lugares, el trampolín de la piscina vieja, los brazos fuertes del abuelo, el columpio que lloraba como un camello y esa manera que tenía Alicia de atravesar la habitación de puntillas diciendo que flotaba y a todos nos parecía que era exactamente eso lo que estaba ocurriendo. Nos enseñó el delicado secreto una tarde de luciérnagas: flotar, permanecer, transformar las intenciones en algo que pudiéramos palpar o acariciar para después quedarnos, aunque sólo fuera por un instante, tan elevados, tan alejados del suelo y de los miedos tontos que luego no podíamos parar de reír y nos dolía la tripa.

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viernes 20 de enero de 2006

Trinity



Javi se está enamorando de Trinity, lo dice su mujer, y eso que todos en la ciudad saben que Trinity es magia, es lo que dice Antonio, que sabe bien de lo que habla, se acaricia los bigotes y dispara un par de guiños de los suyos, tan de Antonio. Todos creen que habla así desde que volvió del master de cine en New York, pero a ellos les da igual porque Antonio es grande, muy grande. Luego está el chico que tiene sueños extraños, ahora mismo sueña con un gran tatuaje en la espalda, un tatuaje equivocado en toda la extensión de su significado y que ocupa todo su dorso blando, amorfo. En el sueño tiene que tomar pastillas para que desaparezca la carne agrietada. En el pasillo la máquina de café es de esas con bebida al gusto de café, pero que luego no es café, algunos dirían que hasta el mismo modelo. Dirían más cosas, otras cosas, es cierto que hace una semana pasó lo que ella decía que tenía que pasar, tarde o temprano -ya sabes- ese tipo de cosas que aquí no se pueden contar.

Ella pone los brazos en jarra y tuerce el gesto, se queda tan ancha diciendo cosas del tipo: chico y chica ya no trabajan juntos y entonces ya pueden saltarse ciertas normas o algo así. En el guión no termina de quedar claro, alguien ha desordenado la escaleta y algunas secuencias. Y cómo no, todos esos cables por el suelo, levantado como un tablero de ajedrez abierto en canal y los demás trabajando día y noche para que se cumplan los plazos, los malditos plazos. Eso y visitas, reuniones y encuentros, ah, claro, y desencuentros y los martes que no le terminan de convencer porque tienen algo que no sabría explicar -algo mitad verdad mitad mentirijilla que se descubre pasado un tiempo- como tampoco le convencen las naranjas ni la gente feliz que desaparece porque precisamente es feliz. Detesta no entender nada, los cambios de tiempo, por ejemplo, o los cambios extraños que se toman como un fenómeno cotidiano y normal. Pero vendrán tiempos mejores o llegarán, de otra galaxia, otros tiempos. Menos mal que Antonio reaparece, les presenta a James, recalcando la "jota" que suena a "elle" y James que les habla en idioma raro y todos se miran preguntándose cuántos años puede tener, y lo que sabe y qué se dará en el pelo. Claro, sigue pensando, ahora ya no trabajan juntos, por eso ella ha venido en su nave espacial y lo ha abducido. Nadie, o casi nadie, cree en esas cosas, pero mira, quién se lo iba a decir, a él o a Javi, que se está enamorando de Trinity, después está Antonio (el grande) con su risa y su bigote insistiendo en lo de Trinity, "es magia tíos, Trinity es magia", aunque en realidad no se llame Trinity y avisándoles luego con esa manera tan de Antonio, tan cercana pero tan distante en parte, "que nadie os enfile tíos, los periodistas son de otro mundo" y vuelve a sonreír. Qué grande el Antonio. Y de resto no entender, no saber de nada o de casi nada, ni siquiera los motivos que tiene el tiempo para cambiar.

Lo del tatuaje es un sueño y alguna otra cosa también, pero la nave espacial es verdad y ella vino en la suya con unas "Puma" rojas. Desde que no son compañeros son otra cosa, pero nadie sabría contestar con exactitud porque se prohibieron las preguntas y de aquí a nada seguro que se prohiben las respuestas, o las miradas, o simplemente ser y estar, o conjugar verbos, o quíen sabe, pero es lo que tiene ser abducido en viernes. Y mientras tanto Javi enamorándose de Trinity y luego Antonio, que nadie se extrañe, que también estuvo enamorado de Trinity o James y lo que se dará en el pelo y el chico que sueña con tatuajes en la espalda, que despierta a las siete, que observa cómo se aleja ese cuerpo planeta que recién acaba de orbitar. Pero sobre todo Trinity. Trinity y la nave espacial.

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martes 17 de enero de 2006

Me caigo y me levanto



Nadie puede dudar de que las cosas recaen. Un señor se enferma y de golpe, un miércoles recae. Un lápiz en la mesa recae seguido. Las mujeres, cómo recaen. Teóricamente a nada o a nadie se le ocurriría recaer pero lo mismo está sujeto, sobre todo porque recae sin conciencia, recae como si nunca antes. Un jazmín, para dar un ejemplo perfumado. A esa blancura, ¿de dónde le viene su penosa amistad con el amarillo? El mero permanecer ya es recaída: el jazmín, entonces. Y no hablemos de las palabras, esas recayentes deplorables, ni de los buñuelos fríos, que son la recaída clavada. Contra lo que pasa se impone pacientemente la rehabilitación. En lo mas recaído hay siempre algo que pugna por rehabilitarse, en el hongo pisoteado, en el reloj sin cuerda, en los poemas de Pérez, en Pérez. Todo recayente tiene ya en sí a un rehabilitante pero el problema, para nosotros los que pensamos nuestra vida, es confuso y casi infinito. Un caracol segrega y una nube aspira; seguramente recaerán, pero una compensación ajena a ellos los rehabilita, los hace treparse poco a poco a lo mejor de sí mismos antes de la recaída inevitable. Pero nosotros, tía, ¿cómo haremos? ¿Cómo nos daremos cuenta de que hemos recaído si por la mañana estamos tan bien, tan café con leche, y no podemos medir hasta donde hemos recaído en el sueño o en la ducha? Y si sospechamos lo recayente de nuestro estado, ¿Cómo nos rehabilitaremos? Hay quienes recaen al llegar a la cima de una montaña, al terminar su obra maestra, al afeitarse sin un solo tajito; no toda recaída va de arriba abajo, porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe donde se está. Probablemente Icaro creía tocar el cielo cuando se hundió en el Mar Epónimo, y Dios te libre de una zambullida tan mal preparada. Tía, ¿cómo nos rehabilitaremos?

Hay quien ha sostenido que la rehabilitación sólo es posible alterándose, pero olvido que toda recaída es una desalteración, una vuelta al barro de la culpa. Somos lo más que somos porque nos alteramos, porque salimos del barro en busca de la felicidad y la conciencia y los pies limpios. Un recayente es entonces un desalterante, de donde se sigue que nadie se rehabilita sin alterarse. Pero pretender la rehabilitación alterándose es una triste redundancia: nuestra condición es la recaída y la desalteración y a mí me parece que un recayente debería rehabilitarse de otra manera, que por lo demás ignoro. No solamente ignoro eso sino que jamás he sabido en qué momento mi tía o yo recaemos. ¿Cómo rehabilitarnos, entonces, si a lo mejor no hemos recaído todavía y la rehabilitación nos encuentra ya rehabilitados? Tía, ¿no será esa la respuesta, ahora que lo pienso? Hagamos una cosa: usted se rehabilita y yo la observo. Varios días seguidos, digamos una rehabilitación continua, usted está todo el tiempo rehabilitándose y yo la observo. O al revés, si prefiere, pero a mí me gustaría que empezara usted, porque soy modesto y buen observador. De esa manera, si yo recaigo en los intervalos de mi rehabilitación, mientras que usted no le da tiempo a la recaída y se rehabilita como en un cine continuado, al cabo de poco nuestra diferencia será enorme, usted estará tan por encima que dará gusto. Entonces yo sabré que el sistema ha funcionado y empezaré a rehabilitarme furiosamente, pondré el despertador a las tres de la mañana, suspenderé mi vida conyugal y las demás recaídas que conozco para que sólo queden las que no conozco y a lo mejor poco a poco un día estaremos otra vez juntos, tía, y será tan hermoso decir: Ahora nos vamos al centro y nos compramos un helado, el mío todo de frutilla y el de usted con chocolate y un bizcochito.

(Julio Cortázar)

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jueves 12 de enero de 2006

Uñas

El hombre que toma capuccinos en un café tranquilo mientras lee relatos de Cortázar o de Carver y que ya lleva tres o cuatro capuccinos con sus correspondientes tres o cuatro aguas siempre pide lo mismo y nunca le sienta mal al estómago. Sin embargo nunca pide agua con otro tipo de café, sólo lo hace cuando toma capuccino. ¿Por qué lo hace, si al fin y al cabo el capuccino es un café adornado con nata , canela o crema?.

De vez en cuando sonríe ante alguna frase deliciosa de Cortázar o Carver. “ Qué cabrones” piensa, “qué cabrones”. También levanta la cabeza y mira a las mujeres del café tranquilo. Se pregunta si alguna de ellas podría ser la m-u-j-e-r con todas las letras. Piensa a su vez en lo hermosa que es la palabra mujer. Se recrea en esa palabra. Se recrea en eso y en lo cabrones que eran Cortázar y Carver. Piensa en otros cabrones y en que él nunca llegará a ser tan cabrón. Quien haya leído a Cortázar, Carver o Chéjov sabe a lo que se refiere el hombre que toma capuccinos. Sin duda se refiere a algo bueno, a algo superlativo.

Una rubia que se muerde las uñas y de mirada lánguida cruza el café de una punta a otra como un buen presagio. Sabe que está siendo mirada por el hombre del capuccino que lee. Se siente incluso deseada aunque esto no es enteramente cierto. A veces, nuestro hombre (establezcamos por convenio llamarlo X) se imagina cómo sería hacer el amor con ese tipo de chica o con otras mujeres desconocidas. Lo imagina con detalle y de manera intensa. Vívidamente. Luego olvida a esas mujeres. En general tiene una clara tendencia a olvidar las cosas.

Pese a todo, recuerda entonces con agrado a Laura. Una de las lecciones más importantes que aprendió de ella es la de cómo echar el azúcar al capuccino sin que se derrame por los bordes: haciendo primero un huequito con la cucharilla. Ese es el secreto. Después le viene a la cabeza Natalia, la camarera que dibujaba corazones de chocolate sobre la nata o la crema del capuccino. Un día se intercambiaron el número de teléfono. Aunque él no quería nada con ella, reconocía sentirse halagado puesto que en cierta manera, nunca o casi nunca le ocurrían cosas de ese tipo. Le ocurrían a los demás, pero a él no. Con Natalia nunca imaginó cómo sería el asunto en la cama, eso según X, significa algo, no sabe muy bien el qué pero seguro que indicativo de algo.

X siente en ese momento que no necesita nada más para estar bien, así está todo bien, con un capuccino, un agua mineral y algunos libros de Cortázar o Carver. Le gustan las tardes en cafés tranquilos, a ratos leyendo, a ratos mirando a otras mujeres y anotando cosas en servilletas de papel o en su Moleskine. Satisfecho con su tarde y consigo mismo, se levanta, paga y se va. La rubia que se muerde las uñas con mirada lánguida cruza de nuevo el café de punta a punta, pero haciendo el recorrido de vuelta, como si buscara algo o a alguien. Sea lo que fuere aquello que busca ya no está. Entonces su mirada se vuelve mucho más lánguida. Tanto que se le quitan las ganas de todo y se enciende un cigarro, justo ahora que se había prometido dejar de fumar y de comerse las uñas.

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lunes 2 de enero de 2006

Para llegar



Para llegar hasta donde tú vives, suelo atravesar algunas montañas, casas de piedra, techos rojos. Un río verde me guía hasta el océano, allí habitan corales y delfines sonrientes. El viento me empuja hasta las nubes, me uno a una bandada de pájaros azules que cantan en las noches, cuando no hay luna. Luego conquisto la otra orilla, sigo caminando, piso piedras, me clavo espinas, me baño en los ríos, me alimento con manzanas. Duermo en un hostal compartido, con un noruego y una suiza (eso siempre cambia). Cocino las penas. Lloro entre días. Sigo caminando, toco a tu puerta y tú ya no estás.

(Cecilia Varela)

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