martes 28 de marzo de 2006

Circo

Levantábamos el circo todas las tardes en tu dormitorio: la carpa y la doble pista central, las sillitas plegables y el puesto de algodón de azúcar, justo entre tus muslos -en el repecho final- y tus caderas. Luego llegaban los payasos muertecitos de la risa, los malabaristas y el hombre bala , el más envidiado de todos porque era el único que cada noche podía tocar con los dedos tu colección de constelaciones favoritas y contarnos después historias de navegantes perdidos en el espacio que te hacían romper en llanto.

Tu número favorito era apilar los sueños y trepar hasta lo más alto de un balancín que coronaba la torre, dispuesta a dar volteretas imposibles, a mantener el equilibrio allí donde nadie era capaz, jugándote el tipo sólo por una risa o una exclamación. De ese modo se sucedieron las funciones una tras otra, hasta que una madrugada la niña que llevabas dentro se marchó para siempre con el hombre bala, dejando una estela de aplausos y de bocas abiertas.

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jueves 23 de marzo de 2006

Sara

Sara te vuelve la cara. Siempre lo hace. Recuerdo perfectamente la última noche, en un pequeño restaurante no muy lejos del Teatro Principal: todas las cabezas se volvían como gárgolas al acecho para mirar las piernas infinitas de tu acompañante -menuda hembra- , teníamos que andar de puntillas para estar a su altura, pero a ella no le importaba, al fin y al cabo estaba allí por ti, por nosotros y aunque parecía una Atenea recién salida de la cabeza de Zeus, no dejaba de resultar familiar y cercana, como una prima segunda a la que observas apetecible y con la que tienes algún affair de verano.

Todos menos Sara, que siempre anda volviéndote la cara, o cruzándose de acera o leyéndote a escondidas desde su mesita de despacho universitario. Sabes que ella en realidad miraba y que se cruzaron por un instante las líneas de visión y de tiempo, luego giró su rostro de facciones suaves, pudiste apreciar la mueca, el disimulo, el gesto contraído. Podías haber pasado perfectamente por su lado sin decir nada, pero le rozaste el hombro y saludaste casi en un susurro. –No te había visto- dijo, -la miraba a ella, creí reconocer a alguien conocido-, después continuó como si nada, Sara distante, Sara sorprendida, Sara que no olvida y se revuelve por dentro, como una adolescente frágil que no entiende de dónde viene el dolor. Sara mujer y Sara madre, Sara esposa. Todas las Saras en una y todas volviendo la cara. Todas negándote, negándonos a los dos, pero sobre todo a ti que soy yo.

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viernes 17 de marzo de 2006

Bolsa

A veces ella es una bolsa que cuelga de una silla de ruedas,
una bolsa pequeña y desplegada,
queriendo caer,
que quiere celosamente caer
luego, alguna tarde
es una luz o un cometa
con una pulsera o un reloj nuevo
-regalo de cumpleaños-
también es un olvido,
un temblor,
una maceta descuidada
a la que puedes hablarle de cómo te ha ido el día
una ausencia que llora y te mira
que piensa que la vida no debería ser esto,
¿cómo puede ser esto?
lo más parecido a un mal sueño,
aunque cada vez importa menos
porque a ella se le están encharcando los pulmones
y a mí se me escapa la pena por los ojos
cuando me confunde con otra persona
una persona que nunca fui
pero yo le digo que soy esa persona
para que no se sienta más extraña aún
y le ajusto un poco la posición de la manta
mientras me dice cosas que a veces tienen cierto sentido
pero sólo a veces,
el resto del tiempo,
la bolsa se hunde despacio
y yo le tiendo la mano para que no se suelte.

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domingo 12 de marzo de 2006

Detenimiento

Necesita mirar las cosas con más detenimiento, encontrar el pulsador de la máquina del tiempo y congelar la historia (su historia) por un instante. Precisa encontrar tiempo para leer, tiempo para escribir, para todas esas cosas que le dan la vida y que está aprendiendo a olvidar -algo a lo que no debería acostumbrarse- tiempo para encontrarse en el espejo al final del día y mirarse las manos sin que le parezcan dos pájaros derrotados, dos malos presagios, dos historias bien distintas con finales diferentes.

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jueves 9 de marzo de 2006

En la tierra del Dios del maíz

Antes de Malinche a Hernán Cortés le traducía Jerónimo de Aguilar, que había convivido con los indios mayas desde su captura y le pudo traducir un segundo ex-prisionero, Gonzalvo Guerrero. Pero Gonzalvo no quiso ni verle. Se había vuelto indio, casado y tenido varios hijos: los primeros mestizos de México. Gonzalvo pudo sentirse inmediatamente atraído por la confusa circularidad orgiástico-canibalística del misticismo maya: los dioses crearon a la humanidad a partir de la masa del maíz; el maíz constituía una parte fundamental en la dieta de los mayas; los mayas sacrificaban a sus mejores doncellas y muchachos para alimentar a los dioses y favorecer las cosechas. Todo, personas, plantas y dioses era de maíz, sacrificable y comestible; una buena sopa de maíz sabía a degüello; los primeros retrozos adolescentes se producían invariablemente entre las infinitas hileras sagradas de los maizales, en los surcos se derramaban las primeras libaciones al inexistente dios del amor maya.

Soy una mujer borracha
Soy una niña borracha
Me siento muy dulce
Me siento muy agria
Habla con mi carne
Que te duela mi sangre

Así reclamó Tzon Tevitz a Gonzalvo. La blanca espalda del español la sedujo irremediablemente; desde niña la había vislumbrado en sus más pecaminosos sueños. Pero pertenecía al dios Quetzalcoatl y a Tzon le asustaban los sonidos del viento en la caracola de su pecho. Ahora, en cambio, se acercó al prisionero y le acercó la mitad de una papaya madura a los labios. Gonzalvo mordió fieramente la pulpa rojiza. Tzon se estremeció. A Gonzalvo le chorreó el dulce jugo por la negra barba.

El casamentero no pudo determinar si los nombres de los futuros esposos eran compatibles y por lo tanto, no autorizó plenamente el matrimonio. A Tzon no le importó porque Gonzalvo, que había sido escribiente en Valladolid, le había recitado una de sus romanzas estudiantiles. Cuando él hubo terminado de cantar, ella se ajustó el hipil de motivos granates de modo que sus caderas resultaran aún más rotundas y le ofreció sus negrísimas pupilas. El comprendió que se avecinaban tiempos en que todo sería posible salvo la saciedad. Años más tarde Tzon tejió toda una serie de hipiles para la boda de Vizdi. Se basó en la compleja e inestable geometría de los entrelazamientos de sus cuerpos – el de ella y el de Tzalvo (como ella le llamaba en la intimidad) - durante las semanas siguientes al casamiento. Su memoria prodigiosa le permitía bordar hasta el fugaz primer trazo de las sombras de los brazos de Tzalvo rodeando su cintura que el sol de la amanecida imprimía sobre el adobe de la pared oeste de su primer hogar. Gonzalvo dedicó su ocio a especular con la rueda calendárica de 18.980 días y a aprender maya, pocomán y tzotzil. Fue el primer occidental en decir y mascar chicle. Y el segundo en decir y fumar cigarros. Entregó cierto sobrante de energía muscular a remozar estelas e hizo ciertas traviesas adiciones al Popol Vuh. Los mayas creían, como los chinos, que no hay enfermedades, sino enfermos. Tzon y Gonzalvo se convirtieron en enfermos porque un viento en forma de jaguar los sorprendió mientras practicaban la sodomía azuzados por Ikal, el enano negro que huele a cuervo y se alimenta de despojos humanos. Mucho México les sobrevive.

(Recogido de las escrituras de Sandman, El Hombre de Arena)

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miércoles 1 de marzo de 2006

Julieta



En la escuela nos dijeron que la jirafa es el animal más entrometido que existe y que por eso tiene el cuello tan largo: de tanto estirarlo para ver más allá de las nubes y las estrellas. Las jirafas, que normalmente son de género femenino (¿acaso alguien vio alguna vez un jirafo?) se enamoran de camellos o de dromedarios (género masculino) que son particularmente serios y responsables, pero muy galantes y bonachones. Además, los camellos siempre están comiendo chicle, sobre todo cuando los fotografías.

Julieta espera desconsolada a que vuelva Zacarías, que siempre está trabajando mucho dando paseos a los turistas que visitan el desierto o repartiendo los regalos de los Reyes Magos. Julieta se entretiene tejiendo bufandas o escuchando boleros, aunque lo que más le gusta hacer es jugar con sus amigas a camuflarse entre las enramadas y ponerse guapa retocando las manchas de su cuerpo con nuevos diseños. Lo más curioso de todo es que, a causa de su largo cuello, la cabeza y el corazón están tan lejos que los sentimientos le llegan con media hora de retraso con respecto a los pensamientos.

Cuando cae la noche y no puede dormir, suele esperar subida en lo alto de una torre, porque una vez escuchó que las enamoradas siempre tienen que esperar la llegada de su galancito en sitios altos y cercanos al cielo, eso incluye también a la jirafa, aunque sea el animal más alto de todos y no necesite escaleras ni ascensores. Julieta está triste porque echa terriblemente de menos a Zacarías, que anda haciendo horas-extra transportando exploradores en la Gran Sabana, que es como un mundo perdido dentro de otro mundo perdido y así hasta que alguien lo encuentre.

Julieta llora y llora, a veces deprisa, a veces a cámara lenta, a veces se duerme y a veces descansa -siempre de pie- pero sigue llorando incluso en sueños, y las acacias (que se han quedado sin hojas porque se las comió todas Julieta) se despiertan sorprendidas y se preguntan unas a otras qué está pasando, -¡Está lloviendo! ¡Está lloviendo!- y extienden sus ramas como si fueran manos que quieren acariciar a Julieta. Pero no es lluvia, no es lluvia, son las lágrimas de Julieta que está muy preocupada porque Zacarías olvidó la bufanda y con la edad se está volviendo muy friolero.

Ilustración: © Cecilia Varela

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