
Un cuerpo (el mismo cuerpo) cambia, cambia como una riada, la misma corriente de agua que nunca es igual, nunca la misma, como nunca lo es un cuerpo cuando corrige su forma o su intención. No es igual. Sabes que no. Ni el cuerpo ni las caricias que te abordan, porque los cuerpos -como los barcos- son abordados por caricias que no piden permiso y algunas, algunas hay que se saltan todas las medidas preventivas, todas las fronteras, todos los cuidados. Lo mismo un temblor, no siempre se tiembla igual . Nada que ver. Como nada tuvo que ver nuestra primera vez. Nos quedaba aprender un poco del otro , nos quedaba esperar y mientras tanto avivar el recuerdo con la piel en guardia, alzada en armas y la colchoneta triste, muy triste, aguardando tirada en el centro del saloncito aquel, nuestro primer territorio atrincherado y la colchoneta crujiendo, soportando nuestra gravedad, nuestros asaltos a diez rounds, dejándonos querer, aterrizando y acariciando, benditos gerundios casi a ras de suelo y nosotros en nuestra barquita hinchable, remando y abrazados para que no se hundiera nada de aquella habitación, nada de aquella primera vez, nada de aquellos cuerpos nuestros a la deriva .
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