miércoles 28 de febrero de 2007

Goodbye stranger



Goodbye stranger. Madrugas cada día más, es temprano incluso para dejar la ciudad cuando sabes que tu chica no entenderá nada a la hora del croissant, quizás por eso no te molestas en dejar el garabato de siempre sobre el papel amarillo, aprendiste que no funciona, que no anestesia el dolor, porque el dolor de los despechos dura siete días por semana. Luego está el dolor de los abandonos -que no puede saberse lo que dura- o el dolor de la verdad a medias, escondida junto al papel de plata de "envolver verdades a medias" y entonces tú stranger, acostumbrado a que no te crean o a que te crean con reparos, tú acompañando las palabras cariñosas con “por si acasos” o un “pase lo que pase” cuando los dos sabemos stranger, que un pase lo que pase es como un pero, ciertamente más sutil, en letra minúscula.

Goodbye extraño, ha estado bien, espero que encuentres el paraíso en tu largo camino a casa, seguramente nos veremos en algún lugar digno de recordar, no mires atrás, no devuelvas las sonrisas de chica fácil que encuentras en tu lado de la almohada cuando llegas los viernes noche o los lunes de mañana, no dejes de brillar mientras suena Supertramp, no mires atrás, goodbye Mary, goodbye Jane, quizás nos volvamos a encontrar, tipo extraño, como cada nuevo día, frente al espejo que siempre devuelve una imagen que no eres tú, ni puede decirse que sea yo, sino un viejo extraño que se marcha -cada día más temprano- de la ciudad.

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viernes 16 de febrero de 2007

Noticiario



El noticiario de las siete anuncia que la Eurocámara rechaza la propuesta de los parlamentarios por falta de unanimidad. Tú duermes del revés con los pies en la almohada y sin nada debajo del vestido. El último fichaje estrella del equipo campeón no tiene más de diecinueve primaveras y acaba de instalarse en la ciudad, en el mismo hotel donde nos citamos aquel aniversario: querías darle un toque romántico al asunto. Te gustan los hoteles porque puedes encontrar caramelos de limón en la mesita de noche o manzanas en un jarrón de cristal del vestíbulo principal. El noticiario de las siete calcula que el anticiclón de las Azores se situará sobre la península antes de que caiga otro misil sobre Irak. Vaya novedad, siempre caen primero los misiles. Por llevar la contraria, tus caramelos favoritos son los de naranja y limón. Sé que me esperas del revés, a vueltas de todo, a las siete y siete o a las siete y once, escondiendo el reloj bajo las sábanas y aquella foto en blanco y negro de una bailarina que flota o que parece que flota. El noticiario de las siete desvela el número ganador en el sorteo de ayer, creo que termina en siete y ahora me doy cuenta de que no conozco tu número favorito. Hoy todo es siete. El noticiario olvida hablar del olor a café y de tu nuevo champú de frutas tropicales, se olvida de los bollos que tanto te gustan, luego se llena la cama de migas para no perdernos, aunque a mí me guste perderme y a ti te guste seguir el rastro. No te interesan los parlamentarios ni los anticiclones, eso lo sabe cualquiera, no te interesan los caramelos de fresa o de piña, sólo los de naranja y limón, vuelta del revés, esperando las noticias de las siete, que no te interesan pero que anuncian que vine, el reloj bajo las sábanas dando el compás a la bailarina que flota o que parece que flota, y yo con algo que decir, con bollos recién hechos, las manos temblorosas que quieren tocarte, nada bajo el vestido, hecha un ovillo, fotos en blanco y negro, manzanas en recepción, tienes que saberlo, tienes que entender que te quiero, tengo que decírtelo antes de que caiga el próximo misil.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Mayo 2007)


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viernes 9 de febrero de 2007

Vestidos



Me gustan tus vestidos contra la pared, contra la pared y de espaldas. Yo te mando castigada al rincón, pero primero el vestido, no importa cuál, sólo vístete, me gustas vestida, me gustas encendida, en ropa interior o sin nada, poniéndote vestidos, banderas, pañuelos, la idea la sabes, el juego: yo miro. El armario bosteza y de su boca aparecen vestidos, preguntando sin malgastar las palabras, sólo mirando, asintiendo, un baile de carnaval hasta el armario y de su boca vestidos, banderas que ondean colgando de rodillas blancas y calientes como panes suaves, el vestido que resbala tímido o tropieza, tú de espaldas contra la pared, conoces el juego, te cuento el castigo, vestido contra la pared y manos, manos mariposa que aletean y se posan en espalda tobogán, al oído el castigo, cuándo fue la última vez que ondearon banderas blancas, blancas de braguitas de encaje, mostrarte de espaldas, entera, un solo movimiento y muslos, calientes, pegajosos ahora, mariposas que aterrizan en caderas con vestido y sin vestido, contra la pared, conoces el castigo, caderas que preguntan, caderas columpio, no te vayas, me gustas contra la pared, con vestidos y encendida, un castigo en el oído con forma de pregunta, despacio y luego prisas y banderas y pañuelos, sabes lo que viene, salvas en tu honor, ráfagas de manos, un armario que bosteza y el resto de vestidos, alerta o en espera, no sea que mañana tengan que ondear desde tus caderas.

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sábado 3 de febrero de 2007

Para toda la vida



Lo que no saben el príncipe y la princesa es que, antes de darse el primer beso (aquel que rubricará definitivamente su amor), han sido condenados de por vida a un maleficio que -básicamente- se resume en que sus labios quedarán pegados para siempre una vez que se toquen. La autora intelectual del hechizo es el hada madrina, despechada ella porque tiene un "affair" con el Rey que a su vez le ha prometido abandonar a la Reina, aunque para algo así necesita tiempo y poder hacer las cosas del modo menos traumático, es decir: una vez que concluyan los festejos por el casamiento de los chicos. El hada, por otra parte, padece algún tipo de complejo de Medea -pero sin llegar a serlo- aunque bien es cierto que detesta la felicidad amorosa ajena. En su currículo figura que posee un MBA en hechizos que quiere rentabilizar antes de cumplir los cincuenta y poder demostrar así sus habilidades gerenciales adquiridas. Cuando se plantea el posible maleficio, maneja todo tipo de alternativas: desde un vaporoso vestido envenenado a una corona ardiente, algo que sea un poco más imaginativo que lo de la transformación en rana. Finalmente decide que, de todos los embrujos, el más cruel sin duda es el de los hocicos sellados.

Tras el “puedes besar a la novia”, los labios de los príncipes se unen como deliciosos gajos de mandarina. Todos los presentes se dan codazos mientras comentan emocionados que nunca se ha visto un amor tan grande: mira tú cuánto se quieren que no pueden separarse. En un principio, la anécdota resulta agradable y, por qué no decirlo, romántica e inesperada. Después el asunto se complica en el momento en el que los belfos reales se van transformando poco a poco en dos ventosas adheridas que no quieren despegarse. El hada madrina le sostiene la mirada al Rey que se piensa lo peor, cosas del tipo “esta me quiere joder” o “ten cuidado Arturito que las hadas de este reino son todas unas retorcidas”. La primera noche después del casamiento es digna de recordarse como una de las más arrebatadas de todas las historias de amor que se conocen. La segunda ya empieza a ser penitencia y la tercera un suplicio. La princesa descubre que su amado padece de halitosis, algo que el futuro Rey había mantenido en secreto pensando que tal vez hallaría un remedio mágico para su aliento. El príncipe descubre una virulenta picazón en sus morros que se va extendiendo desde el nacimiento de la boca de la princesa hasta la comisura de sus propios labios. A ella no le queda más remedio que confesar que su vida antes del príncipe no era tan virginal como había dado a entender y que la picazón no es otra cosa que un herpes que adquirió no se sabe muy bien con quién porque fueron unos cuantos los que probaron la miel de sus labios.

Así es como se van sucediendo los acontecimientos en el reino. El Rey es despachado por la Reina que le pone los arcones en la calle porque alguien filtra la noticia de la doble vida del monarca. Los príncipes se pasan la vida adheridos, babeando reproches e insultos que derraman como una sopa amarga por las estancias de palacio. Reciben en audiencia pegados, duermen pegados intentando cerrar bien sus bocas para no contagiarse del hedor mutuo que desprenden. El príncipe no puede acudir a las batallas importantes porque lleva una princesa pegada a los labios. Tampoco pueden darse festines pantagruélicos porque se atragantan. Y para qué decir nada de sexo oral o de la disolución del matrimonio. ¿Cómo romper algo que Dios ha unido para siempre a la altura de los morros?. El hada madrina presenta el maleficio como proyecto de tesis y se doctora en perversidad. La leyenda cuenta que viajó de reino en reino dando conferencias acerca de cómo ser mala malísima y cosechó innumerables éxitos y emolumentos allá donde fuera que estuvo.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Marzo 2007)

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