viernes 30 de marzo de 2007

Miradas

Cuando todavía estaban juntos, él solía hablarle con la mirada, desde el centro exacto de sus pupilas atentas a todo lo que les acontecía. Hablaba desde ese lado que ella no conocía y que no podía comprender, porque ambos tenían un lado que no querían descubrir ni dar a conocer. Una parte desconocida de él y otra de ella que los transformó en dos desconocidos. Dos completos desconocidos.

La única respuesta fue el silencio y las preguntas que se hicieron más tarde a causa de ese mismo silencio.

Ahora las cosas son así, muy distintas, pero todo en la vida se mueve y avanza tomando su tiempo, su forma y espacio, adueñándose de los huecos que quedaron vacíos en otro lugar. Quizás los llenaron a su modo y de otra manera. Quizás los protagonistas cambiaron de reparto.

Ella, como no podía ser de otra forma, también hablaba desde sus ojos ausentes, ojos de pestañas melancólicas que no sabían dónde depositar la mirada. Él terminaría siendo básicamente una mirada que temblaba cada vez que ella giraba el cuerpo y le esquivaba en la cama, incapaz de recuperar el sueño profundo, el tiempo perdido y la calma en definitiva. De ese modo dejaban sus pensamientos colgando de la araña de cristal que presidiría el deterioro completo de la relación. De tarde en tarde, en los días más tontos, acostumbran a hablarse en la distancia, desde sus miradas apátridas. Lo peor de todo es la pegajosa sensación que les queda por no saber el motivo que les condujo a guardar todo aquel silencio y si no hubiera sido posible rescatar algo más de entre las ruinas. De momento, de esa época, sólo conservan un par de miradas dolientes y una fotografía rota por la mitad.

Ilustración: © Cecilia Varela

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sábado 24 de marzo de 2007

Hubo una vez

Hubo una vez que amé y fui amado. Parecía la vez, aquella en la que hubo un tiempo que estuve esperando y creí reconocer cuando llegó. Sabía que era esa, porque todo tomaba la forma perfecta, porque solíamos temblar al tiempo que nos devorábamos sin miedo a coger una indigestión. También llorábamos o reíamos según nos daba el viento, nos emocionábamos susurrándonos a media luz y jugando a ser jóvenes exploradores bajo las sábanas. Leíamos cuentos antes de hacer el amor y hacíamos el amor como si fuéramos el cuento que leíamos. Andábamos las calles del derecho y del revés, íbamos al circo y comprábamos palomitas. Me dejó cinco veces y me rompió el corazón dos. Con el tiempo también perdió la fe en lo que creía que yo era y se olvidó. Ahora ni siquiera me echa de menos o rememora aquellos asaltos cuerpo a cuerpo hasta el amanecer. Ella , como pueden imaginar, es inmensamente feliz con otro con el que anda plenamente las mismas calles arriba y abajo. Ahora y no antes, todo toma la forma perfecta. Lo cierto es que yo tampoco me acuerdo, ni la echo de menos, no me pregunto cómo le tratará la vida ni si el tipo aquel es más listo o más guapo y si su nivel de fe acompañará como perro lazarillo al entusiasmo o al revés. Todo resulta tan lejano que no cabe la menor duda: debió de ser un sueño que tuvimos a destiempo.

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sábado 17 de marzo de 2007

Las afueras



Por más que se extiendan las ciudades hasta juntarse
unas con otras por más desengaños que el sexo la muerte
o las oposiciones nos deparen quedarán siempre las afueras

la oscuridad de los polígonos industriales la ineficacia
el ministerio de obras públicas por más que se empeñen
colectivos ciudadanos asociaciones de vecinos seguirán

amaneciendo los restos del amor en las afueras

(Pablo García Casado)

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domingo 4 de marzo de 2007

Intolerancias



Jamás he podido tolerar los bostezos, sobre todo en la boca de un agente de policía. Es más fuerte que yo, si en cualquier esquina veo bostezar a un vigilante me le acerco y le doy una de esas bofetadas de ida y vuelta que parecen una paloma. Esto me ha costado ya tres costillas fracturadas y un total de quince meses de cárcel, sin contar patadas y machucones. Pero no está en mí impedirlo, y la única posibilidad de evitar tantas desgracias es encontrarme con policías que aman su trabajo y se interesan intensamente en la dirección del tráfico. Con los curas es casi peor, porque cuando sorprendo a un cura bostezando mi indignación rebasa todos los límites. Voy lo más posible a misa, y desde las primeras filas vigilo atentamente al oficiante. Si lo sorprendo bostezando en el momento de la elevación, como me ha ocurrido ya dos veces, algo más fuerte que yo me precipita sobre el altar, y no quieras saber el resto. Hay voluminosos expedientes en la curia, lo sé, y en algunas iglesias soy anatema y defenestración apenas me asomo al nártex. A mí personalmente me encanta bostezar, porque es higiénico y los ojos se me llenan de lágrimas que arrastran consigo numerosas impurezas. Pero jamás se me ocurriría hacerlo mientras espero, con el bloc de estenografía en la mano, que el señor Rosenthal me dicte una de esas cartas en las que se niega a cualquier cosa con gran derroche de jarabe. A veces tengo la impresión de que al señor Rosenthal le preocupa que yo no bostece, porque mi concentración en el trabajo lo ha obligado a aumentarme el sueldo. Estoy casi seguro de que si alguna vez se me escapara un bostezo, el señor Rosenthal me lo agradecería sin palabras; es evidente que tanto interés profesional lo inquieta. Pero yo disimulo minuciosamente los bostezos que a partir de las cuatro y media se agolpan en mi paladar y mi garganta; por eso, si al salir veo bostezar a un vigilante, no puedo contener la indignación y me precipito a darle de bofetadas. Es curioso, pero lo hago sin el menor placer, un poco como si en ese momento yo fuera el señor Rosenthal y al mismo tiempo el vigilante, es decir como si el señor Rosenthal me estuviera abofeteando en plena calle. Casi prefiero las patadas y el calabozo, o la excomunión cuando es un cura, porque entonces se trata de mí, únicamente de mí después de esos episodios en que ya nadie sabe quién es quién.

(Julio Cortázar - Último Round)

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