lunes 14 de mayo de 2007

Incluso sin Alma



Quedaban doce horas para el fin del mundo, doce horas para abandonar aquel territorio frágil pero hermoso que habíamos levantando a base de ideales románticos y canciones de Serrat. El sitio donde estar a salvo de todo y al que íbamos a caer agotados noche sí, noche también, mientras nos contábamos qué tal en el trabajo o con los chicos, qué tal la vida en general. Los días fueron cayendo como losas a la espalda, aplastando toda posibilidad de un reencuentro o de un arreglo, algo que nos hubiera dado un poco más de tiempo, fuerzas o ganas de salvar la nave, la misma que una vez navegó enamorada y decidida. Se había ido desmontando poco a poco, como la casita o el castillo con piezas de Lego que se alzaba cada tarde en el cuarto de los juegos, y yo no supe/no quise/no pude (táchese lo que proceda) darme cuenta. Los niños enseguida supieron que papá y mamá los querrían mucho, que nada entre ellos y nosotros cambiaría y que tendríamos que ayudarnos entre todos para hacer las cosas más llevaderas. Violeta devoró un paquete de tizas y estuvo con fiebre cuatro días seguidos, Nicolás, que nunca antes se había peleado con nadie, visitó tres veces en una semana el despacho de la directora y la enfermería. El mismo día que terminamos de pagar el coche, Alma me recogió por sorpresa en la oficina, fue breve.

Tenemos que hablar y no, no hay nadie más.

Quedaban doce horas para el fin de todo mi mundo y eso significaba que Violeta y Nicolás tendrían que cuidar de mamá y que yo no me perdería ni uno solo de los partidos de fútbol ni los festivales de fin de curso. Mi abogado dice que ella ha sido generosa, que dé gracias porque podía haberme quedado sin nada: incluso sin Alma.

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martes 8 de mayo de 2007

Despedida de Tristeza



Normalmente cuando la Tristeza decide dejar la ciudad, lo hace sin equipaje ni revistas para entretenerse por el camino. Se marcha de incógnito, arrimada a los bordillos y bajo una gran gabardina gris. Lo hace sin regalos ni souvenirs que entregar en destino, porque como pueden imaginar, la Tristeza dejó de fumar una mañana de lunes o de martes y desde entonces, ni siquiera se permite el pitillo de después.

Según se vea con ánimo, la Tristeza sobrevolará las casas llamando a los timbres y escondiendo la cara, puede que chamuscándose la cola (sí, la cola) con ceniza de chimeneas que lloran un adiós improvisado y medio fingido. Si el día es luminoso; dejará el recado por si acaso volviera, con las señas del nuevo apartado postal y un pedazo de pastel de espárragos que sobró de la cena de ayer.

De resto, cuando la Tristeza se marcha, no deja el teléfono, ni cuentas pendientes, ni números rojos, ni senda de miguitas de pan. Simplemente, se marcha.

Ilustración: © Cecilia Varela

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martes 1 de mayo de 2007

La actriz


En el momento justo en que se encuentra pensando en ella y la extraña, la actriz inicia el cortejo en aquel café de ambiente y de encuentros efímeros. El alcohol y cierto cuerpo de hembra arman el resto; la actriz hace el amor con otra mujer - pensamos que otra actriz o quizás una escritora- y se modelan en femenina multitud. Como la noche cobija los desvaríos de unos cuantos, él sigue pensando en ella aunque desconoce que en ese instante preciso, la actriz tantea otro cuerpo de mujer no tan distinto del suyo pero que apenas tiene nada que ver. Cada cual con sus delirios -unos por echar de menos y otros por echar de más- nadie termina sabiendo quién se piensa o quién se abraza. En todo caso el lector guardará el secreto encerrado en una arquilla de roble perfectamente sellada con su silencio.

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