
Como quien descubre de pronto en la boca del estómago el regusto agrio de una ración extra de cuernos, aparece ante él la visión de una certeza: está convencido de su actual condición de perdedor. No es un perdedor eterno, no, no lo es. Es un perdedor, digamos ocasional. Una mala época, que apuntaría alguien. Pero ahora, en este momento y no en otro, es un perdedor. Lo sabe porque está convencido y no necesita de pruebas o argumentos. Las certezas conllevan ese tipo de seguridades inapelables. Está convencido de eso y de la existencia de un método japonés para cada cosa - bien es sabido que los japoneses desarrollan métodos insospechados para todo- , es más, precisamente ahora, en medio de su certeza de condición de perdedor, contempla sin perder detalle el vidrio helado de la televisión por cable, mientras un oriental enjuto y sonriente explica el método japonés para doblar camisetas. Analiza bien los movimientos. Le sorprende la aparente facilidad con la que sucede todo, el japonés extiende la camiseta sobre la mesa, la acaricia un poco, como preparándola para lo que viene, pinza con los dedos dos puntos invisibles de tela, cruza las manos en el aire y con un movimiento de ilusionista, la coloca de nuevo sobre la mesa, ahora perfectamente doblada. No hay fisuras ni pliegues que rompan la estética final. Toda la maniobra sucede en menos de cuatro segundos. Repite el proceso a cámara lenta, desafiando –insultando más bien- la inteligencia de quien contempla el milagro. Y no es un milagro al alcance de cualquiera, o no al menos a su alcance. Lleva toda la tarde intentando doblar sus camisetas siguiendo las premisas del método japonés. En todas las ocasiones ha tenido que retocar algún pliegue, o rehacerlo incluso. Ha perdido la cuenta de los intentos fracasados. Considera que si no es capaz de doblar una camiseta según lo establecido por un método existente, es posible que no sea capaz de dar pie con bolo en nada. No en estos días. No ahora que hace justo una semana que ella se fue con su monitor de fitness. Así que permanece sentado frente al canal de televisión por cable, y a su lado, la desidia de los últimos días, pellizcándole el codo, animándole -insidiosa- a cambiar de emisora, no vaya a ser que en el siguiente bloque de anuncios, aparezca un tipo amarillo e igual de enjuto, que haya inventado el método japonés para dejar de estar jodido.
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Octubre 2007)
Etiquetas: El Desembarco, Relatos