martes 16 de octubre de 2007

El corro de la patata



Se besaban. Y no veas cómo. Daban ganas de saltar del coche y hacerles el corro de la patata. Cuando me detuve en aquel semáforo también se detuvo el tiempo y un poco todo: las calles, el tráfico, un banco de cúmulos que avanzaba en dirección Gran Vía y amenazaba tormenta. Todo quieto y allí estaban ensamblados el uno al otro, como piezas de Lego, no tendrían más de quince y ya comprendían que la vida consiste en devorar el tiempo, las bocas, las lenguas, masticándose y adheridos por la cintura, cadera, coxis y rabadilla y el chaval que la sujeta como quien sujeta un mundo entero, un planeta, al tiempo que le cuenta al mismo mundo congelado en esa esquina, que esa chica es suya, o quiere que sea suya, una vida entera o esa vida que es la única que conoce y que dispone. Lejos de separarse, se juntaban más, juraría que ni respiraban y si lo hacían, tendría a la fuerza que ser de manera invisible y precipitada, dejando pasar pequeñas cantidades de oxígeno entre el inexistente espacio que quedaba libre entre sus bocas disueltas, devastadas por todo aquel mar de arrebato adolescente.

Pensé que nadie en su sano juicio querría avisarles, avisarles de lo que viene después, con el tiempo, cuando tengan dieciocho o veintitrés o treinta y tantos y ella conozca las fiestas de fin de curso, los viernes de cosquillas en el ombligo que terminan en domingos de resaca, para qué, para qué joderles con lo que viene, si tarde o temprano jugarán al Lego en otras cinturas, en otras caderas, en otras rabadillas y quien sabe si olvidarán aquellos besos de esquina que ocupaban orgullosos una tarde de dos mil siete. Nadie querría avisarles, porque eso sería como tirar piedras a los perros que fornican en la calle y escapan aullando y desencajados.

Ahora sé que cuando me detuve en aquel semáforo, también se detuvo el tiempo y un poco todo, las calles, el tráfico y un banco de cúmulos que al alcanzar la vertical de sus cabezas, de sus bocas, de sus lenguas, descargó un espléndido temporal.

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miércoles 3 de octubre de 2007

El arte de escribir cuentos



1. Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.

2. Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.

3. Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.

4. Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.

5. Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!

6. Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.

7. La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.

8. Piensen en el punto número siete. Uno debe pensar en el siete. De ser posible: de rodillas.

9. Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, de Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.

10. Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.

(Roberto Bolaño)

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