El corro de la patata
Se besaban. Y no veas cómo. Daban ganas de saltar del coche y hacerles el corro de la patata. Cuando me detuve en aquel semáforo también se detuvo el tiempo y un poco todo: las calles, el tráfico, un banco de cúmulos que avanzaba en dirección Gran Vía y amenazaba tormenta. Todo quieto y allí estaban ensamblados el uno al otro, como piezas de Lego, no tendrían más de quince y ya comprendían que la vida consiste en devorar el tiempo, las bocas, las lenguas, masticándose y adheridos por la cintura, cadera, coxis y rabadilla y el chaval que la sujeta como quien sujeta un mundo entero, un planeta, al tiempo que le cuenta al mismo mundo congelado en esa esquina, que esa chica es suya, o quiere que sea suya, una vida entera o esa vida que es la única que conoce y que dispone. Lejos de separarse, se juntaban más, juraría que ni respiraban y si lo hacían, tendría a la fuerza que ser de manera invisible y precipitada, dejando pasar pequeñas cantidades de oxígeno entre el inexistente espacio que quedaba libre entre sus bocas disueltas, devastadas por todo aquel mar de arrebato adolescente.
Pensé que nadie en su sano juicio querría avisarles, avisarles de lo que viene después, con el tiempo, cuando tengan dieciocho o veintitrés o treinta y tantos y ella conozca las fiestas de fin de curso, los viernes de cosquillas en el ombligo que terminan en domingos de resaca, para qué, para qué joderles con lo que viene, si tarde o temprano jugarán al Lego en otras cinturas, en otras caderas, en otras rabadillas y quien sabe si olvidarán aquellos besos de esquina que ocupaban orgullosos una tarde de dos mil siete. Nadie querría avisarles, porque eso sería como tirar piedras a los perros que fornican en la calle y escapan aullando y desencajados.
Ahora sé que cuando me detuve en aquel semáforo, también se detuvo el tiempo y un poco todo, las calles, el tráfico y un banco de cúmulos que al alcanzar la vertical de sus cabezas, de sus bocas, de sus lenguas, descargó un espléndido temporal.
Pensé que nadie en su sano juicio querría avisarles, avisarles de lo que viene después, con el tiempo, cuando tengan dieciocho o veintitrés o treinta y tantos y ella conozca las fiestas de fin de curso, los viernes de cosquillas en el ombligo que terminan en domingos de resaca, para qué, para qué joderles con lo que viene, si tarde o temprano jugarán al Lego en otras cinturas, en otras caderas, en otras rabadillas y quien sabe si olvidarán aquellos besos de esquina que ocupaban orgullosos una tarde de dos mil siete. Nadie querría avisarles, porque eso sería como tirar piedras a los perros que fornican en la calle y escapan aullando y desencajados.
Ahora sé que cuando me detuve en aquel semáforo, también se detuvo el tiempo y un poco todo, las calles, el tráfico y un banco de cúmulos que al alcanzar la vertical de sus cabezas, de sus bocas, de sus lenguas, descargó un espléndido temporal.
Etiquetas: Relatos



