Una nueva vida
Sirven el catering de empresa barata y algo de alcohol -invitación de la casa- para celebrar el nuevo año a once mil pies de altura. Al pasajero 34-A aún no le ha dado tiempo a diseccionar con detalle la estupenda colección de curvas de la azafata de rasgos vikingos que reclina su cuerpo frente a él, cuando la desconocida sentada a su lado (la pasajera 34-B) rompe a llorar amargamente. Llora con los dos ojos y llora bien, muy profesional en su llanto. Cualquiera diría que se está vaciando por completo, porque derrama tantas lágrimas y tan amargas todas como para rivalizar con el océano que sobrevuelan en esos momentos. Alguna de esas lágrimas cae al abismo de un escote generoso, casi de adolescente recién florecida. Ella apenas puede articular palabra cuando el chico le pregunta si se encuentra bien. Habla, o hace el intento de hablar, en medio de un ataque de hipo. Finalmente consigue sollozar algunas palabras y le lanza la extraña petición: “¿Serías tan amable de enamorarte de mí mientras dure el trayecto?”.
La azafata de rasgos nórdicos les pregunta qué desean beber con la cena. Agua, dice él. Jugo de naranja, dice ella entre sollozo y ataque de hipo. El pasajero 34-A tiene la pregunta resonando todavía en el centro exacto de su órgano de Corti, como si no quisiera desprenderse de ella o como si quisiera cerciorarse de que la ha escuchado bien. Se sabe que a ciertas altitudes, el oído sufre algunas alteraciones conocidas. La pasajera 34-B le explica una serie de cosas que conviene aclarar. Por ejemplo, que viene de ver a su amante casado. Un amante que nunca abandonará a su mujer y que no está enamorado más que de sí mismo. El pasajero 34-A traga saliva y acepta enamorarse de ella. Faltaría más. En realidad cree que se puede enamorar de ella todo el tiempo que haga falta. Es indicativo de algo, que a once mil pies de altura, cuando están a punto de empezar un nuevo año, el azar, o lo que sea que dirige al azar, le haya sentado al lado de la pasajera 34-B, que realmente parece triste y que además llora estupendamente. Francamente bien. Y el pasajero 34-A, que no recuerda cuándo fue la última vez que sintió un cuerpo de mujer a menos de medio metro del suyo, está convencido que quizás todo eso sea una señal de algo grande que está por venir con el nuevo año.
Ahora parecen una auténtica pareja, incluso no sería faltar a la realidad si dijéramos que el resto del pasaje los contempla con envidia. Se toman de la mano, son como un único pasajero, el pasajero 34, sin más, sin ventana ni pasillo, sin letras A y B. Lo comparten todo, todo lo que se puede compartir a once mil pies de altura, el catering de empresa barata, el agua, el jugo de naranja (es la primera vez que el chico escucha decir “jugo” en vez de “zumo”), la finísima manta con el logotipo de la compañía que opera vuelos charter en Navidad y por supuesto, la película casposa de fin de año. Para el pasajero 34-A ya no hay azafata con curvas que valga. Ahora tiene que preocuparse de otras cosas, de cuidar a la pasajera 34-B, de devolverle la confianza en sí misma, porque algo le dice que es el comienzo de una nueva vida junto a ella, porque ella se dará cuenta (no puede ser de otro modo) de lo equivocada que está y de lo estúpido y vanidoso que es su amante casado, y por supuesto de lo buen tipo que es el chico que le ha tocado justo por azar (o lo que sea que dirige al azar) en el asiento de al lado. El 34-A. Y que ese chico, y no su amante casado, es el que le conviene por encima de todas las demás personas. El pasajero 34-A ya mira a la chica con ojos de enamorado. Iremos a Lisboa, amor, iremos a Bérgamo. Iremos juntos y nuestros hijos tendrán tus ojos y tu ceño fruncido, y sabrán llorar casi tan bien como tú cuando lloras a once mil pies de altura.
Doce horas más tarde aterrizan en destino. Por primera vez en mucho tiempo, no les resultará tan duro a ninguno de los dos llegar a una terminal donde no les espera nadie. Eso es lo más duro siempre. Que nadie te espere en la terminal. Por eso, la idea de un nuevo comienzo, de una nueva vida, es algo que reconforta al pasajero 34-A que en realidad se llama Lucas y que todavía sigue tomando de la mano a la pasajera 34-B: Nuria en lo sucesivo. Ambos esperan apoyados el uno contra el otro a que la cinta de equipajes vomite sus maletas. Lucas puede imaginarse cargando todos los bultos en un único carrito, desempeñando ya las funciones típicas de leal compañero de viaje, deteniendo un taxi a ninguna parte que abordarán como quien sube a una montaña rusa, con un nudo en el estómago y la sonrisa floja, blanda, indicando alguna dirección en la que poder caer rendidos después de un largo viaje, el lugar en el que amanecer en algún momento y tomar un chocolate con churros y algunas decisiones importantes en común. Claro que las historias de amor duran lo que duran. Y esta dura lo que tarda en sonar el móvil de Nuria, que al otro lado del mundo, escucha con detenimiento la voz quebrada de su amante casado, ahora algo menos vanidoso, interpretando el papel de perfecto arrepentido y que sostiene, ciertamente convencido, que desde que Nuria subió a aquel avión, no deja de pensar en ella. Sólo en ella. Lo de SO-LO subrayado. Y a Nuria que le flaquean las rodillas, se desmorona sobre la cinta transportadora, encima de alguna maleta sin dueño, y llora de la emoción, llora por los dos ojos, llora bastante bien, mientras se aleja en la cinta, muy profesional ella, con sus lagrimitas y su Samsonite sin apenas tiempo para percatarse de Lucas que le dice adiós con la mano, la misma mano que hace apenas un instante le tomaba la suya y con la que ahora no sabe muy bien cómo manejarse.
Imagen: © Donald Cecil
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Febrero 2008)
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