Historia en sí menor
El director de orquesta y la concertino se citan clandestinamente en el parque como cada mañana de martes, que es el día libre en la sinfónica. El director de orquesta lleva rosas recién cortadas, un gesto que a la concertino, pelirroja, metro setenta y cinco y veinticuatro años, le resulta ciertamente irritante, como si a ella se la pudiera satisfacer con un método tan palmario y quedar bien con una mujer -con cualquier mujer- fuera algo tan simple como ir a la floristería y pedir lo de siempre a una señora canosa con cuellos de almidón. Recién cortadas además, no te jode, susurra la concertino, cuyo temperamento irlandés le resta algo de su delicadeza en momentos así. Si por lo menos fueran media docena de claveles chinos, o unas dalias secas, pero no. Rosas blancas. Recién cortadas. Menudo cliché. La concertino irlandesa, formada en Alemania, Suiza y Austria, se presenta a la cita con uno de esos vestidos de volantes que le quedan tan bien y que sólo se pone para provocar a otros hombres e irritarlo a él, al director de orquesta italiano, maduro y divorciado de su tercera esposa. Se dan un beso en la mejilla, demasiado formal, tan alejado del sexo furtivo que ambos practican en los mejores hoteles de toda Europa, tan lejos de la sed con que se buscan en mitad de algún adaggieto. El director de orquesta tropieza con algo parecido a un desafío en la mirada líquida, verde absenta, de la concertino, algo así como una apuesta arriesgada, que le lleva irremediablemente a entrar al trapo. ¿Me quieres?, le pregunta desde el nacimiento de un temblor, él que siempre enarbola su batuta con el pulso firme de un mosquetero. Enseguida se arrepiente de tamaña estupidez. Preguntar a una concertino pelirroja de veintipocos, y además irlandesa, si te ama es lanzar al aire un boomerang ponzoñoso que puede acabar rompiéndote el tabique nasal, estúpido, se dice, más que estúpido. Tras un carraspeo suave, ella dirige la vista a la punta de sus pies, a sus uñas pintadas de malva. Se acaricia nerviosa las rodillas y viene a contestar algo que es a medias entre un sí y un quizás, o al menos eso cree el pobre director de orquesta canoso y un tanto astigmático. Pero, vamos, que sí. Es un sí poco convincente, un poco cogido por los pelos. Un sí raquítico, desafinado, no el sí rotundo, como de ovación cerrada, que uno desea escuchar tras una pregunta de ese calado. Un sí más enclenque que el resto de síes del mundo.
No muy lejos de donde se encuentran, un chaval también pelirrojo deja escapar de sus manos algunos globos para hacer rabiar a la chica que le gusta. Después le tira del pelo y un poco más tarde le pone una zancadilla. Queda claro para el director de orquesta italiano que, a partir de este momento, lo de ellos es una historia en sí menor, y que va siendo hora de comprarle otras flores o incluso un cactus expresionista a la concertino irlandesa si lo que pretende es poder seguir acariciando su cuello de arpa en alguna habitación de hotel.
Imagen: © Manuel Da Ros
No muy lejos de donde se encuentran, un chaval también pelirrojo deja escapar de sus manos algunos globos para hacer rabiar a la chica que le gusta. Después le tira del pelo y un poco más tarde le pone una zancadilla. Queda claro para el director de orquesta italiano que, a partir de este momento, lo de ellos es una historia en sí menor, y que va siendo hora de comprarle otras flores o incluso un cactus expresionista a la concertino irlandesa si lo que pretende es poder seguir acariciando su cuello de arpa en alguna habitación de hotel.
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