Cuentos, relatos, desvaríos, realidad y ficción: piezas sueltas de un mismo rompecabezas para montar y desmontar hasta que todo encaja.
viernes 1 de agosto de 2008
Cápsula espacial
El resumen de la conversación registrada en la cápsula espacial viene a ser, más o menos, de esta manera: el astronauta comenta sorprendido a la astronauta que le resulta complicado (“harto difícil” para ser más precisos) que no le guste a Foriato. —Le podrías gustar a cualquiera— dice, y luego le habla de una teoría que él mismo ha desarrollado acerca de la luz que emiten algunas personas y que no todo el mundo es capaz de entender. Le señala entonces algún sistema solar cercano y sin querer darse mucha importancia mantiene que, en su opinión, la astronauta tiene luz, una luz enorme y que, por supuesto, ella ya sabe a lo que se refiere: a la luz que emite una mujer hermosa una noche de sábado —por ejemplo— o una mujer que acaba de alumbrar a un hijo, ese tipo de luz y, desde luego, no es que a Foriato no le guste ella, sino que no se atreve a reconocer lo que es tan evidente a pesar de que se muera por sus huesos de astronauta hembra.
Ella comanda la nave con seguridad, ni siquiera parece estar escuchando los comentarios del astronauta. El astronauta dice que la astronauta asusta y todo eso viene a cuento de que la astronauta realmente asusta y que no es una expresión formal para dar a entender que la astronauta impresiona a los astronautas y san-se-acabó. Es lo malo de tener personalidad, una voz venida como de otra galaxia y una carrera espacial exitosa. Ninguno de los dos lo sabe, pero en ese momento están empezando a establecer una base de complicidad de modo que, finalmente, la astronauta admite que en realidad ella está hablando de divertirse, de tener rollos con otros astronautas que conozca menos en profundidad para poder pasarlo bien sin complicarse tanto la existencia. No aciertan a comprender si eso es bueno o malo. El astronauta reflexiona acerca de cómo sería dormir con la astronauta, cuál sería su sabor, el sabor de los dedos de la astronauta en su boca después de quitarse los guantes de astronauta y luego el traje espacial al completo. Hacer el amor gravitando en la cápsula mientras todo sucede realmente despacio. —Es imposible que no le gustes a Foriato— dice, —ni a Foriato ni a nadie. Im-po-si-ble. La astronauta insiste en que quiere que la tomen como alguien con quien divertirse y nada más. El astronauta niega con un gesto de cabeza y mira el panel de mandos, la escotilla que abre paso al exterior silencioso (o imagina que silencioso) y el sistema solar que no brilla ni de lejos tanto como la astronauta. Se está empezando a dar cuenta de que van a pasar mucho tiempo ellos dos solos en la cápsula, tanto como para estar tan jodido como Foriato.
Tengo un libro impermeable que aguanta todos los diluvios. Violeta se muere por mojarlo y todo porque en la tapa dice que es resistente al agua, un libro de esos que si se mojan se pueden seguir leyendo como si nada. Quiere echarle un vaso grande de agua por encima y esperar a ver qué pasa. Me niego, pensando en el libro y en su bienestar, a que tarde o temprano el libro pueda reprocharme algo, un resfriado por ejemplo, y ya no quiera mostrarme sus historias porque nadie impidió que acabara bajo un grifo o un final peor.
Yo sé que Violeta espera agazapada con un ojo medio abierto a que nos quedemos dormidos el libro y yo, para tomarlo por sorpresa y darle una buena ducha, ponerlo quizás al baño María o en la ventana a la intemperie, sufriendo los primeros azotes de una tormenta primaveral. Desde que sabe que el libro aguanta lágrimas de cocodrilo incluidas, Violeta está más revuelta, con la respiración contenida y maquinando fechorías que no quiero ni pensar. Me pregunta si me iré pronto al trabajo o si puedo dejarle echar un vistazo al relato de la página veinte, mientras esconde bajo el pliegue de la falda una toallita húmeda o un dosificador de perfume que emplea para refrescarse en verano. Ayer por la tarde, sin ir más lejos, apareció en casa con una manguerita y un aspersor, una regadera para las flores que curiosamente acaban de ser trasladadas al lado de la estantería de los libros y unos moldes para fabricar cubitos de hielo en forma de estrellitas de mar.
Lo que más me inquieta es su última adquisición, una pecera en la que apenas entra un pececillo. Violeta dice que si todo sale bien, comprará otra más grande y la decorará con piedritas de colores y un enorme barco pirata en su interior. ¿Qué estás leyendo?, susurra. Oh, ya veo, el libro ese que no se moja. Luego sonríe medio descarada y se aleja por el pasillo canturreando, como si algo muy bueno fuera a ocurrir.
Ella solía decir: qué manos más suaves tienes, ¿Cuál es el secreto para que sean tan delicadas?. Mencionaba ese detalle cada vez que él la acariciaba. Tenían la costumbre de tocarse todo el tiempo, entonces ella temblaba y su espalda se deshacía tras el paso de sus dedos de taxidermista. El chico suave aseguraba que sus manos siempre fueron así, que nunca necesitaron de cuidado alguno, lo cual era cierto, hasta el día que las cosas cambiaron y ella se marchó para siempre, sin dar tiempo a más, de puntillas, acariciando el interruptor y cerrando la puerta como en un suspiro. Entonces él comenzó a untarse los brazos de tristeza y ahora, ahora resulta que sus manos son extrañamente más suaves. Mucho más suaves.
El superhéroe se halla disfrutando de unas ¿merecidas? vacaciones en las islas Bahamas cuando le llaman de la sede central para notificarle una sustitución inesperada: el hombre invisible ha sido contratado por un famoso ilusionista para su gira mundial y se ha despedido a la francesa. La oferta económica es sustanciosa y la mujer invisible, harta de sus escarceos con todas y cada una de las chicas a las que rescata, le ha puesto varias veces las maletas –también invisibles- en la puerta, así que el hombre invisible ha creído conveniente cambiar de aires durante un tiempo, de modo que los ha dejado colgados justo en mitad de temporada alta de rescates. Por eso no ha quedado otra solución que llamar con carácter de urgencia al superhéroe.
El superhéroe acepta la sustitución con desgana, es la primera vez que trabaja en turno de noche, no la primera vez en mucho tiempo, sino la primera vez en toda su vida, y no se maneja bien con los ojos en modo de visión nocturna. Además, aunque se las ingenió para hacer la pirula en los exámenes de ingreso, es rematadamente miope y eso no ayuda. Para colmo, después de tres semanas en la playa, ha cogido algo de peso y la capa no le ajusta bien. Tampoco sus aptitudes aerodinámicas son las mismas. Eso y el jet lag hacen el resto, a pesar de que el superhéroe es un tipo bastante majo y predispuesto, lo cierto es que este encargo imprevisto le coge con el aire cambiado.
Sobrevuela la ciudad un poco confuso, intentando orientarse entre los edificios más altos y los destellos de los autos que regresan a sus casas después de un largo día de trabajo, cuando su oído ultrasónico escucha unos gritos inquietantes a pocos metros de la zona que le ha sido asignada para su vigilancia. Vuela hasta un parque cerca de allí y descubre entre la oscuridad y los arbustos, a una adolescente semidesnuda y a un joven agitándose violentamente sobre su cuerpo. Ella no deja de aullar con el rostro desencajado, casi desfigurado. “¡Me matas, me matas!“, grita. El superhéroe, furioso y deslumbrado aún, se abalanza sobre el chico, y no duda en usar su láser paralizante. De inmediato, el joven novio queda convertido en un amasijo de huesos calcinados sobre la hierba, un esqueleto retorcido que alumbra la madrugada con destellos azul-eléctrico, mientras echa un espumarajo pastoso por el orificio donde antes estaba su boca. La amante asustada, se ha quedado a mitad, casi cuando iba camino del tercer orgasmo. Eso es una auténtica faena.
Al día siguiente, la noticia es primera plana en todos los periódicos. El superhéroe sabe que el rescate, o lo que él creía que era un rescate, ha sido un completo desastre. Todos le apuntan con el dedo y el sindicato de superhéroes carga las tintas contra él. No sólo faltó a su verdadera misión, lo cual le ha valido una denuncia a la central por incumplimiento de contrato, sino que ahora además debe rendir cuentas del achicharramiento del adolescente que complacía a su novia en el césped de Central Park. Además tendrá que pasar de nuevo el examen de aptitudes de superhéroe y entonces descubrirán lo de su miopía. Tampoco sabe si será capaz de superar las duras pruebas físicas a causa del sobrepeso que ha cogido los últimos días en la playa. Es el fin. El caso es que el superhéroe, que es muy majo, bastante majo como decíamos, se queda hecho polvo. Tanto como aceptar sin un solo chispazo láser la decisión de su mujer, que después de un tiempo separados , quiere convertirse definitivamente en su ex, ahora que se ha enterado de todo a través de los medios de comunicación. El superhéroe es tan majo que la separación en todo caso es amistosa, ella no le guarda ningún tipo de resquemor y le telefonea pensando que quizás le venga bien hablar o desahogarse. El superhéroe echa de menos a su esposa, se interesa por cómo están los chicos, están bien dice ella, preguntan por ti todo el rato, y progresan adecuadamente como jóvenes promesas de superhéroes. El pequeño quiere ser como su padre, y la nena, aunque tiene madera, prefiere otro tipo de ocupaciones menos estrafalarias. Si no le queda más remedio, se dedicará a lo de heroína, pero si puede evitarlo prefiere ser pianista o jardinera. Así que de momento mantiene ocultos la mayoría de sus poderes, para no tener que dar muchas explicaciones al respecto. Ha salido a ti, murmulla el superhéroe al otro lado del auricular. Y la conversación les devuelve el recuerdo de los buenos tiempos en los que las cosas no eran ni tan difíciles ni tan extrañas para todos. Su historia no es que fuera precisamente trágica, puesto que todavía sienten que les unen cierto tipo de lazos invisibles que no pueden deshacerse.
El superhéroe se pasa por casa de la madre de sus hijos, así podrá encontrarse con ellos y darles un abrazo de superhéroe. El hijo que ha salido al padre y no a la madre, le recibe con un trajecito hecho a medida que le queda muy gracioso y es muy cómodo para las prácticas de vuelos rasos que les imparten en el jardín de infancia. La chica, que aunque ha salido a la madre, siente debilidad por su padre, trepa a sus rodillas y le mordisquea la nariz. La escena vista desde fuera resulta entrañable. La mujer se esfuerza por agradar al superhéroe, prepara el plato favorito de su marido, le dedica algunos gestos cariñosos, como pasarle la mano suavemente por la espalda o besarle la frente como si fuera un pez. Después de la cena, el superhéroe finge un poco de modorra. Le encantaría quedarse a pasar la noche en su antiguo hogar. No le apetece nada dormir solo en su cuchitril de alquiler barato que la empresa pone a disposición de los superhéroes solteros o separados. Lo que sucede a continuación es que la hija del superhéroe sabe leer el pensamiento en la mirada de su padre. Sabe lo que el superhéroe está pensando, porque a pesar de que oculta sus magníficas facultades, de vez en cuando no duda en utilizarlas para alguna buena causa. Basta con que la niña se concentre un poco y apriete fuerte los puños para que afuera, en la calle, descargue un pequeño temporal. En apenas unos instantes, la ciudad parece una bañera gigante, un gran caldero de sopa. No te irás a ir ahora, con la que está cayendo, dice la mujer. Se te va a poner la capa hecha un Cristo. El superhéroe promete que se acomodará en el sofá y no molestará a nadie. Estira los brazos mientras bosteza, llevándose las manos a la boca. La lluvia no cesa. Así que se quedan un rato en la cocina, manteniendo una conversación agradable y jugando una partida de cartas. Como en los viejos tiempos. No te preocupes, le dice su ex esposa con ojos de cervatillo, puedes quedarte en el cuarto conmigo, nos vendrá bien un poco de compañía.
El superhéroe permanece toda la noche en vela mirando al techo de la habitación. Su ropa de faena descansa sobre el respaldo de una silla en penumbra. En cuanto amanece, besa la frente de la mujer y comienza a vestirse sin hacer ruido. A cámara lenta. Cuando está a punto de abandonar la habitación, ella, como desde el interior de una cámara acorazada, le dice que será mejor que se coloque bien la capa un poco por fuera, no sea que tropiece en cualquier imprevisto. Al superhéroe siempre le han gustado ese tipo de detalles de su mujer, detalles que le despiertan mucha ternura, como quitarle las semillas al pepino de la ensalada para que no le siente mal por la noche. Se asoma a través de la puerta del dormitorio infantil y sonríe mientras contempla el sueño inocente de sus hijos. Se mira por última vez en el espejo del recibidor, mete un poco de tripa y se plantea algunos nuevos retos, como ponerse en forma, por ejemplo, o ir al oculista o arreglarse las caries. Sabe que el incidente del parque le pasará factura y que se avecinan malos tiempos. Podría suponer un revés importante en su carrera de superhéroe venido a menos e incluso es muy posible que tenga que empezar prácticamente de cero.
De cero.
Si una cosa buena tienen los superhéroes es que puedes putearles todo lo que se te venga en gana porque ellos lo aguantan sin rechistar. Recuerda bien esas palabras, se aferra a su juramento de superhéroe. Los que son como nosotros, piensa, nunca se vienen abajo por muy mal que les vayan las cosas en la vida. El superhéroe ha pasado por situaciones así y mucho peores, y siempre ha sabido encontrar algo a lo que agarrarse. Y cuando no lo encontraba, se recordaba a sí mismo quién era él, de dónde venía y que siempre terminaba saliendo adelante con todo. Por eso se ajusta bien la capa por fuera y respira hondo todo lo dignamente que puede antes de enfrentarse a un nuevo día.
El superhéroe da por hecho que los malos tiempos pasarán y que las cosas volverán a su ser. Lo piensa firmemente desde la azotea del edificio donde se encuentra el piso que ocupan su esposa y sus hijos. El pequeño que ha salido al padre y la nena a la madre. Lo sabe a ciencia cierta, mientras emprende un vuelo ligero hacia el extrarradio. Todavía con los ojos legañosos, medio adormilado, nivela su altitud de crucero, la ideal para emprender las labores de vigilancia. Bosteza tímidamente y efectúa algunos tirabuzones acrobáticos en el aire para desentumecer los músculos. Siente el viento fresco de la mañana golpeándole en la cara, con tanta intensidad que tiene que cerrar un poco los ojos para que no le moleste. Con la velocidad a la que suceden las cosas en el mundo de los superhéroes, un reactor comercial casi a punto de tomar tierra no muy lejos de lugar, arrolla fulminantemente al superhéroe, que inmerso como está en el recuerdo de los ojos de su mujer, no tiene tiempo ni de decir, es un pájaro, es un avión, que tampoco es una expresión muy de superhéroe que digamos, pero que mientras no se nos ocurre otra mejor para terminar esta historia de superhéroes, es la que hay.
Llueve a las cuatro de la mañana cuando entras de puntillas por la puerta. Lo mismo llueve a las cuatro de la tarde. Llueve en la cabecera de la cama, en la mesita de noche. Una adolescente disfrazada de mujer fatal llora, pero en realidad llueve dentro de ella. Ahora arrastra unos zapatitos de tacón y llora. Los tacones son peligrosos cuando se llora y todavía ella tiene que aprender esa lección y muchas otras. Una vez tuve una tía segunda (o tercera) que decía que los pies no se debían arrastrar. Aquella tía estaba gorda como una bolsa llena de mantecados y en las reuniones familiares colocaba tarjetitas con el nombre de los comensales y la situación exacta que debían ocupar en la mesa perfectamente preparada para la ocasión. Aquella mujer se desvivía por explicar la manera de hacer siempre lo adecuado, lo correcto. Ella vive en una isla en la que apenas llueve. Yo a veces me pregunto si también vivo en una isla, pero no hay nada que indique que el mar esté cerca, salvo algunos carteles que indican Gerona a trescientos o Barcelona a un poco más o Valencia o Alicante o qué sé yo.
Llueve y los paraguas también lloran y golpean algunas cabezas, o te sacan los ojos, ñic ñic, como el ruido de una botella de champán barato al ser descorchada en una habitación de hotel también barato. Se podría matar a un hombre con un paraguas, en realidad se puede matar a cualquier persona sólo con un golpe de lluvia, con un puñetazo de tristeza en el estómago, o mejor aún, insertando el tacón de una adolescente herida en el centro mismo de su corazón abierto en canal.
El tipo, que no es otro que el mismísimo Jacobo Fuentes, sólo que mucho antes de darse a conocer como contrabajista de jazz en tugurios tristes -aunque esa es otra historia-, sale de su letargo justo cuando alguien le hace ver que va cantando en voz alta por la avenida. Canta canciones que inventa o compone sobre la marcha. Over the march, que diría él. Entonces sucede que empiezan a dejarle monedas en el bolsillo del abrigo. Suceden más cosas, por ejemplo: un grupo de gente le sigue desde hace un rato tarareando al unísono las mismas canciones, sus canciones recién paridas. Porque conviene aclarar que son canciones inventadas para la ocasión. Canciones felices, optimistas, llenas de un entusiasmo renovado. Así que no tarda en brotarle (plop) una guitarra de las manos y una armónica a la altura de los labios, lo que no impide tampoco que siga garabateando melodías. A ratos en algún semáforo o en algún paso de cebra vuelve la vista atrás para ver cómo va aumentando su cortejo de seguidores, momento que estos aprovechan para tomarle algunas fotografías o preguntar dónde se pueden encontrar las grabaciones de aquellas canciones tan estupendas.
La cosa no se le da nada mal, así que se atreve con un repertorio más arriesgado, canciones con textos que poco o más bien nada, tienen que ver con sus propias experiencias vitales, pero que con algo de sobreactuación apasionada, logran dar la impresión exacta de estar relatando su propia vida en ese instante, vida que por otra parte se asemeja a la de muchos otros, que se identifican con lo que el tipo canta y que provoca en ellos la emoción de quien escucha a alguien interpretando una pieza única y cercana.
El caso es que sucede de todo.
Más ejemplos: Una mujer le pide que repita un estribillo una y otra vez, una adolescente le declara su amor a gritos, después monta un club de fans que con el tiempo fracasa por falta de afiliados –y financiación. Conviene decir que es la misma chica que un párrafo más tarde organiza una buena.
El tipo, que como dijimos antes, no es otro que el tantas veces denostado Jacobo Fuentes, ajeno a lo que le espera, cruza la ciudad de un extremo a otro con cientos de admiradores siguiendo la estela sonora de sus pasos, sus bolsillos derraman monedas como cascadas felices y sería difícil decir en qué momento es consciente de las radiantes canciones que todavía le quedan atravesadas como conejillos en la garganta. Se detiene –se detienen todos- en otro semáforo, ahora conforman una multitud ordenada pero extensa, como una sábana recién desplegada. Un músico -de conservatorio, todo hay que decirlo- va anotando sus melodías en papel pautado para luego venderlas a una editorial y –atención- la adolescente del párrafo anterior, le acusa de estar embarazada: él y no otro es el padre. Según ella, todo aquello habría ocurrido en la última señal de stop, un aquí te pillo aquí te mato y santaspascuas. Nuestro hombre –Jacobo- dice que ni hablar del peluquín, se indigna, así que a modo de protesta se desprende del abrigo, de los pantalones, del resto de la ropa. Se desnuda sin disonancias, de manera armoniosa. Llegan los agentes y le toman preso, pero sigue trinando canciones inventadas. Se repone del asunto en una celda en la que –conviene resaltar- nunca, bajo ningún concepto, deja de cantar. Poco tiempo después se descubre, con una de esas pruebas genéticas tan modernas que hacen ahora, que la adolescente miente: en realidad ella se lo ha montado con un tahúr al que le falta un brazo. Le nacen tres hijos como tres cáscaras de nuez y todos ellos mancos. Al tipo que protagoniza esta historia le da todo un poco igual. Ya se esperaba algo así. Una vez que se demuestra su inocencia, su carrera se ve impulsada con más brío, como si el hecho mismo de demostrar su honradez y su no-afición a las jovencitas le purificara y le reafirmara a él y sus canciones.
Empieza a amanecer en la ciudad.
Con todo lo ocurrido últimamente, Jacobo se está pensando mejor lo de ser cantante y quizás se incline por probar suerte como contrabajista de jazz. Nadie repara nunca en los contrabajistas de jazz. Tendrá que recibir unas clases, o algo, se dice, porque no tiene ni idea de lo que es un contrabajo, pero le gusta como suena la palabra. Si tuviera que decir la verdad, el tipo, que no es otro que el vilipendiado Jacobo Fuentes, sale de su letargo cuando alguien le indica amablemente que va cantando en voz alta por la avenida a las nueve de la mañana y por eso, exactamente por eso, los afectuosos ciudadanos que se dirigen al trabajo a esa hora, comienzan a mirarle de forma extraña. Eso es lo único cierto de toda esta historia, eso y que cuando Jacobo llega a casa, su camiseta todavía guarda el perfume rancio de alguna adolescente embustera.
No se recuerda una belleza guanche tan bien dibujada como la de Nayra, porque Nayra parecía un dibujo, o más bien una fotografía antigua de una mujer que forzosamente tenía que haber pertenecido a otra época o a otro sistema solar, aunque las dos cosas bien pudieran haber sido ciertas.
Sabemos de Nayra que llamaba la atención, que en los días de panza de burra –que eran casi todos- cuando en Las Palmas apenas asomaba el sol por el parque de Santelmo, ella seguía brillando por Tomás Morales camino del obelisco como si nada de aquello fuera con ella. Dicen, y cuesta creer, que nunca se enamoró y que le encantaban los helados de hielo del puestito de Las Canteras (el de al lado de la caseta de la Cruz Roja) y el Clipper de Fresa. Terminó arquitectura en Tafira y se largó a la península un viernes de mayo para probar suerte en Zaragoza. Un verano como no se conoce, pegajoso y particularmente extraño (la ciudad más que recibir, parecía que mandaba de vuelta a Santelmo y a los días de panza de burra) sacó el lado más feroz de Nayra, que lejos de achicarse, se rehizo en el portal de un estudio (gabinete que diría el imbécil de su director de proyecto) de arquitectura. De Zaragoza le gustaba el Parque Grande, el cielo azul-Monegros y salir de tapas por el Tubo, también el Teatro Principal que le recordaba mucho (más de lo que le gustaba reconocer) al teatro Benito Pérez Galdós.
En septiembre la hicieron fija y lo celebró con un amigo al que empezaba a encontrar interesante y divertido, aunque de él destacaría otras cosas que se guardaba muy bien para sí misma y para su almohada. Durante la cena, añoró los días en Puerto de Mogán y la arena fina de Guayedra. En octubre desfiló con el traje típico el día de la ofrenda en una mañana que se le antojó fría y húmeda y echó especialmente de menos los asaderos en Tejeda. En noviembre cogió su primera gripe, no la primera del año o de la temporada, sino la primera de toda una vida y eso le hizo recordar aquel día que nevó en la cumbre y la población entera quedó con la mirada y el alma puesta en el Roque Nublo. Esa misma noche, Nayra sintió un tremendo espacio abierto entre el dormitorio que ahora ocupaba y su vida en la isla.
Nayra comenzó a desdibujarse hasta que en diciembre, una mañana de lunes, de camino a un edificio que andaba rehabilitando, un golpe de cierzo frío y punzante le congeló el corazón, que de acuerdo al informe del forense, dejó de latir más por pena que por frío.
Acaban de alcanzar velocidad de crucero cuando el comandante Lozano felicita el Año Nuevo a través de la megafonía de cabina. Su voz suena lejana y metálica, como si alguien procedente de una civilización remota y mucho más avanzada que la nuestra la hubiera dejado grabada tres mil años antes en un artefacto imposible que ahora, tres milenios más tarde, es capaz de reproducir para todo el pasaje aquel mensaje cifrado.
Sirven el catering de empresa barata y algo de alcohol -invitación de la casa- para celebrar el nuevo año a once mil pies de altura. Al pasajero 34-A aún no le ha dado tiempo a diseccionar con detalle la estupenda colección de curvas de la azafata de rasgos vikingos que reclina su cuerpo frente a él, cuando la desconocida sentada a su lado (la pasajera 34-B) rompe a llorar amargamente. Llora con los dos ojos y llora bien, muy profesional en su llanto. Cualquiera diría que se está vaciando por completo, porque derrama tantas lágrimas y tan amargas todas como para rivalizar con el océano que sobrevuelan en esos momentos. Alguna de esas lágrimas cae al abismo de un escote generoso, casi de adolescente recién florecida. Ella apenas puede articular palabra cuando el chico le pregunta si se encuentra bien. Habla, o hace el intento de hablar, en medio de un ataque de hipo. Finalmente consigue sollozar algunas palabras y le lanza la extraña petición: “¿Serías tan amable de enamorarte de mí mientras dure el trayecto?”.
La azafata de rasgos nórdicos les pregunta qué desean beber con la cena. Agua, dice él. Jugo de naranja, dice ella entre sollozo y ataque de hipo. El pasajero 34-A tiene la pregunta resonando todavía en el centro exacto de su órgano de Corti, como si no quisiera desprenderse de ella o como si quisiera cerciorarse de que la ha escuchado bien. Se sabe que a ciertas altitudes, el oído sufre algunas alteraciones conocidas. La pasajera 34-B le explica una serie de cosas que conviene aclarar. Por ejemplo, que viene de ver a su amante casado. Un amante que nunca abandonará a su mujer y que no está enamorado más que de sí mismo. El pasajero 34-A traga saliva y acepta enamorarse de ella. Faltaría más. En realidad cree que se puede enamorar de ella todo el tiempo que haga falta. Es indicativo de algo, que a once mil pies de altura, cuando están a punto de empezar un nuevo año, el azar, o lo que sea que dirige al azar, le haya sentado al lado de la pasajera 34-B, que realmente parece triste y que además llora estupendamente. Francamente bien. Y el pasajero 34-A, que no recuerda cuándo fue la última vez que sintió un cuerpo de mujer a menos de medio metro del suyo, está convencido que quizás todo eso sea una señal de algo grande que está por venir con el nuevo año.
Ahora parecen una auténtica pareja, incluso no sería faltar a la realidad si dijéramos que el resto del pasaje los contempla con envidia. Se toman de la mano, son como un único pasajero, el pasajero 34, sin más, sin ventana ni pasillo, sin letras A y B. Lo comparten todo, todo lo que se puede compartir a once mil pies de altura, el catering de empresa barata, el agua, el jugo de naranja (es la primera vez que el chico escucha decir “jugo” en vez de “zumo”), la finísima manta con el logotipo de la compañía que opera vuelos charter en Navidad y por supuesto, la película casposa de fin de año. Para el pasajero 34-A ya no hay azafata con curvas que valga. Ahora tiene que preocuparse de otras cosas, de cuidar a la pasajera 34-B, de devolverle la confianza en sí misma, porque algo le dice que es el comienzo de una nueva vida junto a ella, porque ella se dará cuenta (no puede ser de otro modo) de lo equivocada que está y de lo estúpido y vanidoso que es su amante casado, y por supuesto de lo buen tipo que es el chico que le ha tocado justo por azar (o lo que sea que dirige al azar) en el asiento de al lado. El 34-A. Y que ese chico, y no su amante casado, es el que le conviene por encima de todas las demás personas. El pasajero 34-A ya mira a la chica con ojos de enamorado. Iremos a Lisboa, amor, iremos a Bérgamo. Iremos juntos y nuestros hijos tendrán tus ojos y tu ceño fruncido, y sabrán llorar casi tan bien como tú cuando lloras a once mil pies de altura.
Doce horas más tarde aterrizan en destino. Por primera vez en mucho tiempo, no les resultará tan duro a ninguno de los dos llegar a una terminal donde no les espera nadie. Eso es lo más duro siempre. Que nadie te espere en la terminal. Por eso, la idea de un nuevo comienzo, de una nueva vida, es algo que reconforta al pasajero 34-A que en realidad se llama Lucas y que todavía sigue tomando de la mano a la pasajera 34-B: Nuria en lo sucesivo. Ambos esperan apoyados el uno contra el otro a que la cinta de equipajes vomite sus maletas. Lucas puede imaginarse cargando todos los bultos en un único carrito, desempeñando ya las funciones típicas de leal compañero de viaje, deteniendo un taxi a ninguna parte que abordarán como quien sube a una montaña rusa, con un nudo en el estómago y la sonrisa floja, blanda, indicando alguna dirección en la que poder caer rendidos después de un largo viaje, el lugar en el que amanecer en algún momento y tomar un chocolate con churros y algunas decisiones importantes en común. Claro que las historias de amor duran lo que duran. Y esta dura lo que tarda en sonar el móvil de Nuria, que al otro lado del mundo, escucha con detenimiento la voz quebrada de su amante casado, ahora algo menos vanidoso, interpretando el papel de perfecto arrepentido y que sostiene, ciertamente convencido, que desde que Nuria subió a aquel avión, no deja de pensar en ella. Sólo en ella. Lo de SO-LO subrayado. Y a Nuria que le flaquean las rodillas, se desmorona sobre la cinta transportadora, encima de alguna maleta sin dueño, y llora de la emoción, llora por los dos ojos, llora bastante bien, mientras se aleja en la cinta, muy profesional ella, con sus lagrimitas y su Samsonite sin apenas tiempo para percatarse de Lucas que le dice adiós con la mano, la misma mano que hace apenas un instante le tomaba la suya y con la que ahora no sabe muy bien cómo manejarse.
Daniel era un adolescente de ciudad, medio contrahecho y ligeramente torcido de cintura para arriba. Por eso llevaba aquel enorme corsé metálico: una suerte de cárcel que le encerraba el cuerpo desde la cadera hasta el cuello. Andaba con la mirada bien alta, como apuntando al cielo en busca de respuestas y de días soleados que no llegaban. El manejo era complicado, sus apariciones públicas requerían de ciertos preparativos que impedían que se prodigara con frecuencia; no podía tomar el autobús (todos recuerdan los interminables episodios de caídas y resbalones intentando acceder a la línea treinta y tres) y tenía que entrar a los vehículos apilado como un tronco de árbol recién talado.
De vez en cuando y en los momentos más inesperados, extraviaba algún tornillo por la calle, si le alcanzaba el valor pedía ayuda para que alguien lo recogiera, alguien que de una manera o de otra dudaba primero ante la idea de que le estuvieran gastando una broma pero que, al final, viendo los hierros que asomaban por el cuello de la camiseta se prestaba a la búsqueda. Muchas veces Daniel volvía a casa con un desconsuelo de más y varios tornillos de menos, lo que le obligaba a visitar de nuevo la ortopedia, ya fuera para engrasar algún remache o para rescatar las piezas desencajadas y perdidas por el camino o el ascensor. La primera vez que pisó aquel horrible lugar era verano, verano de aceras pegajosas, el resto de adolescentes de ciudad poblaban las piscinas y los parques, mientras Daniel solía recordar, revivir más bien, la sensación desapacible y húmeda de su cuerpo recubierto por una sopa pastosa de escayola fría, el silbido ahogado de su propia respiración en el cuartillo de atrás mientras cuajaba el molde y lo lejos y ajeno que se sentía a todo lo demás dentro de aquella mala copia de sí mismo. Dormía en su jaula de metal y soñaba con aviones que se estrellaban contra patios de colegios deshabitados, con hombres grises que ascendían rampas de garajes de ciudades también grises y, cada vez con más frecuencia, con títeres incontrolados y torpes, fantoches desposeídos de toda dignidad que se apilaban en el asiento de atrás como árboles talados.
Odiaba las líneas rectas y los espejos. Detestaba ser el fatal depositario de la crueldad de aquellos que se burlaban o le bautizaban continuamente con motes nuevos, grotescos, gastados de tanto uso: Jorobadito y mal hecho, Robocop y a veces, simplemente Mazinger.
Daniel enseguida se dio cuenta de que Nuria (aquella muñeca de porcelana de la primera fila) nunca se fijaría en él, lo mismo que Rosa, Violeta o Blanca y exactamente igual que Raquel. Ninguna chica en su sano juicio querría acercarse o reparar en alguien que apenas podía andar diez metros sin tropezar, que hacía saltar los detectores de metal que encontraba a su paso o que no podía volar en columpio ni atarse los cordones de los zapatos. En realidad, Daniel sí se relacionaba con chicas, en la salita de espera del hospital (antes de las sesiones de rehabilitación diarias) coincidía con muchachas portadoras de corsés como el suyo que intentaban ocultar con la ayuda de alguna bufandita o pañuelo al cuello y que evitaban los escaparates de tiendas bonitas que reflejaban la imagen distorsionada de sus cuerpos y sus pechos recién florecidos y aplastados por el hierro, mujercitas metálicas que lloraban pequeñas lluvias porque intuían, o sospechaban que nunca podrían llevar vestidos hermosos y faldas de volantes con las que bailar descalzas por los parques y correr por las calles. Lo cierto es que Jorobadito siempre hubiera querido decir algo, darse a conocer de algún modo, pero todo el valor del que disponía lo guardaba para cuando volviera a perder algún tornillo en el supermercado, así que nunca decía nada y se dedicaba a poner cara de comprender.
Mientras tanto, los otros chicos salían y conocían el sabor de los primeros besos, de los cigarros a escondidas y los combinados de ron y tequila, los reservados de la disco y los mensajes de amor enviados en aviones de papel. Jorobadito nunca recibió invitaciones a fiestas de cumpleaños, tampoco para jugar a la pelota en el patio (aunque ofreciera su bocadillo a cambio y siempre se quedara sin almuerzo y sin partido. Como no podía ser de otra forma, Nuria se decidió por el tipo que más goles marcaba en la liga local (con el tiempo sería un fenómeno en casamientos por penalti), Rosa por el matón de Quinto B (el que empujaba a Robocop escaleras abajo) y Raquel le dio su primer beso al chico que años más tarde le partiría la boca, los dientes y el alma sin contemplaciones de ningún tipo. Blanca, que siempre andaba buscando bronca, se despachaba de lo lindo con Violeta en el vestuario de chicas y se volvió un marimacho y campeona absoluta de lucha libre cuando llegó a la universidad.
Jorobadito siguió perdiendo los tornillos a pares, tropezando consigo mismo y con sus desánimos y soñando con aviones y hombres grises, mientras los huesos le dolían y le bailaban por dentro descompasados. Probó a colgarse ladrillos de las manos y las piernas, estirarse con un sistema de poleas que imaginó en una de aquellas interminables y dolorosas sesiones de rehabilitación, y planeó vivir suspendido del revés una vez que descartó la idea de dejarse aplastar por una apisonadora marca Acme que le dejara bien plano y fino como un cromo de Naturaleza y Color o un pergamino japonés. Manejó miles de opciones hasta que finalmente se decidió por nadar todas las mañanas hasta perder el resuello y dejarse caer en un gimnasio de barrio por las tardes. Siempre ocupaba dos taquillas, una para la ropa y otra para la armadura y como tocado por una idea feliz, aprendió con el tiempo a gastar bromas referidas a su prototipo y a reírse un poco más de su sombra alargada y tiesa. Ahí comenzó a cambiar todo.
Aún se recuerda la gran explosión metálica y los tornillos de aquella coraza saltando por los aires el día que revelaron la primera radiografía que no parecía un cuadro de Kandinsky. El momento justo en el que certificaron su verticalidad y pudo gritarlo al mundo.
Alguien me contó que Daniel no tardó en descubrir el sabor de los besos a tabaco, que terminó tocando en un grupo de pop con cierta repercusión a nivel nacional y que, de tarde en tarde, puedes verle en la sección de libros de unos grandes almacenes arrojando tornillos al suelo (tornillos que lleva escondidos en el bolsito vaquero de Marta, su novia) y pidiendo por favor que alguien se los recoja. Resulta que ya le alcanza el valor.
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Diciembre 2007)
Marla siempre quiso que acudiéramos a un terapeuta argentino en cuanto terminara el verano. A mí me gusta que Marla tenga todo lo que desee. Por eso me casé con ella. Ahora Marla dice que se siente sola cuando no estoy en casa, que un animal doméstico le haría compañía o en su defecto un amante, pero que de momento prefiere un animalito. También quiere que vuelva el tipo que yo solía ser, aquel hombre decidido y seguro que le nublaba los sentidos. El terapeuta argentino sugiere que haga cosas arriesgadas, que eso ayudará a combatir esa extraña y repentina crisis de inseguridad que me invade.
Es Septiembre. He hecho algunas llamadas. Quiero que Marla sea feliz y recuperar su admiración de antaño. Mañana perfilaré los detalles y le contaré mi plan: he decidido adquirir un cocodrilo. No concibo otro animal más apropiado para Marla. Por otra parte, el cocodrilo me permitirá recuperar al tipo que fui. Combatiré mi inseguridad con actos arriesgados al tiempo que Marla estará acompañada durante mis ausencias. Todo volverá a ser como antes.
Un cocodrilo lleva una vida bastante inactiva y yace inmóvil la mayor parte del día. Por la mañana el cocodrilo busca el calor del sol, así que podrá hacerle compañía a Marla en la terraza a la hora del desayuno. Le pondremos un nombre adecuado, un nombre de reptil o de político famoso, aunque a mí me resultan encantadores los cocodrilos. Un cocodrilo permanece en espera durante horas, no tiene prisa, no pasa el tiempo en su vida de cocodrilo. El nuestro podría vivir en la piscina.
Entonces imagino que regreso al final del día, justo cuando se pone el sol afuera en la casa. Marla me recibe amorosamente, hablamos de cómo nos fue la jornada y le pregunto por el cocodrilo. Después de la cena acostumbro a hacer mi número más arriesgado en el patio, junto a la piscina, preparamos algún cóctel y fumamos cigarrillos finos, comentamos lo lejos que queda la felicidad y lo poco que nos damos cuenta cuando la tenemos planeando sobre nuestra existencia. Luego me incorporo y pausadamente, con un gesto grave, introduzco mi cabeza en la mandíbula del cocodrilo. Permanezco quieto unos segundos. Cada día que pasa alargo el intervalo de tiempo dándole más emoción a la escena. Eso me acercará a Marla.
Ahora sé todo lo que hay que saber acerca de los cocodrilos. Los cocodrilos, por ejemplo, tienen cuerpos pesados y metabolismos generalmente lentos. Nuestro fiel compañero está bien adaptado a la vida en la piscina y solo de vez en cuando abandona la rutina de sus aguas siempre quietas, únicamente para nuestro número circense, deslizándose sobre el césped del jardín, arrastrando su estómago y empujándose con los pies. Luego se dirige hacia el velador que preparamos cada noche para celebrar el espectáculo. Ayer, lamentablemente, perdí una oreja cuando me disponía a sacar la cabeza de la boca del cocodrilo. Si hubieras visto la cara de infinita admiración que proyectó Marla contra la superficie azulada y mansa de la piscina, comprenderías que una oreja importa bien poco y que, ahora sí, todo volverá a ser como antes.
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Septiembre 2007)
Aquel día, la playa reclamaba atención meciendo las olas con una cadencia suave pero eficaz. Proyectaba un sonido de mar que bien podía entenderse como un rugido o un ronroneo. Todo dependía de quien escuchara.
La playa hizo todo lo que pudo, todo lo necesario para poder acunar aquella botella hasta depositarla plácidamente en la arena. Al fin y al cabo era una playa mensajera: su única misión era lanzar y recibir todas las botellas portadoras de mensajes. Sin hacer preguntas. Únicamente se conocía el punto de partida. Era desconocido el lugar de llegada. Sería elegido al azar. Todas las playas mensajeras se sentían orgullosas de serlo y cumplían su cometido a la perfección. Una autentica maraña de costas y ensenadas, una red organizada de kilómetros de dunas salpicadas por el océano, capaces de catapultar mensajes secretos, de amor y de auxilio, interconectadas entre sí, de un extremo a otro del planeta. Miles de botellas en tránsito y todas llegarían siempre a un destino. A algún destino.
Ese es el motivo por el cual la playa no esperaba caricias ni manos moldeando sus orillas en forma de castillos y fortalezas. No esperaba sonrisas de domingo, sonrisas de enamorados jurándose amores eternos que no duran más de un verano. La playa, sencillamente, reclamaba atención, así que hizo todo lo que pudo. Depositó la botella junto a un bulldog francés que jugueteaba con su dueña y se aseguró de que la entrega fuera perfecta.
El aviso era claro. El mundo se terminaba dando una última gran pataleta. En su lugar vendría uno nuevo que, por lo pronto, estaba a medio levantar. La fecha de entrega se cumpliría, eso es cierto, aunque nadie podía esperar que el nuevo mundo estuviera concluido sin defecto alguno en el plazo acordado. Desde el exterior, a una altura considerable, se podían observar los continentes desdibujados, todo porque a última hora decidieron rechazar la creación de los nuevos a imagen y semejanza de los que ya existían. Hubo que improvisar. Se impuso en el concurso de ideas la corriente más progresista que apostaba por grandes superficies de agua que, en cualquier caso, no distaran tanto las unas de las otras como las actuales. Hubo consenso en el número: nueve continentes y siete océanos. Un equipo -el más creativo- se encargó de la orografía, otro más multidisciplinar de las razas y las etnias, un tercero de las diferentes lenguas y dialectos y así se sucedió todo lo demás: especies animales, sistemas de creencias y filosofías, una ética y moral únicas a modo de derechos humanos universales. Un comité de sabios tuvo que seleccionar los libros y las obras de arte que se salvarían del peor de los finales pero nadie quedó enteramente satisfecho. Por supuesto, todo el que quisiera tenía un lugar que le correspondía por derecho propio en el nuevo mundo sin coste adicional, era lo acordado por los gobiernos involucrados en la destrucción del anterior. En contra de lo que pudiera parecer lógico, quien así lo deseara podría optar por desaparecer con el viejo. Con las prisas, no se alcanzó un acuerdo con el nombre que le darían al nuevo y así fue que durante años nadie supo en qué mundo vivía, cómo se llamaba, ni cuánto duraría esa vez.
Ti regalo questo, potrebbe essere una passeggiata nel parco o una canzone senza fine. Una lettera d’amore, un cappuccino nella tua piazza preferita o un trucco di magia senza preparazione.
Ti regalo questo così lo porti con te, piegato nella borsa, o fra le pagine di un libro di Benedetti. Così quando ti arrabbierai con me potrai stropicciarlo o fare una palla e buttarlo dalla finestra e guardare felice come lo schiaccia un bus. Per incartare una mela o per incollarla al muro. O per scriverci sopra il numero della banca.
Qualcosa di arrangiato. Quelle cose che inizi a scrivere senza pensare e che non sai quando finirà. Ti regalo un tango di Piazzolla così lo ascolti mentre ti fai i capelli. Ti regalo un sogno, una camminata sulla riva del lago, magari a Bariloche, una passeggiata per le strade di Buenos Aires o un caffè al Tortoni.
Ti regalo un’idea. Il concetto più bello della complicità, uno scenario vuoto nel quale cercare il miglior modo di trovarsi.
Ti regalo queste righe imprecise, senza capo né coda, senza trama né fine, senza argomenti e senza attori principali. Senza una morale. E se ce l’ha, che solo tu lo sappia.
L’unica cosa che devi fare è spegnere la luce, chiudere gli occhi e la porta della tua stanza, non necessariamente in quest’ordine. Lascia che ti parli piano, dimentica le fatture ed il tg. Amami un po’ di più di cinque minuti fa, e fammelo sapere in qualche modo.
Ti regalo un desiderio. Riempirti di voglia di ridere e di scappare correndo. Che tu abbia bisogno di sentirmi e di trovarti a chiedermi di spegnere la luce, che chiuda la mia porta e allora, iniziare a leggere questo che ora stai leggendo. E magari non riuscissimo a smettere di chiamarci ogni notte, per trovarci nella stessa favola. Tutta la vita.
Lascio aperta la finestra perché tu possa entrarci, per potermi spiare. Per vedermi senza che io ti veda. Perché tu abbia cura di me senza che io lo sappia.
Una favola per portarti in viaggio. Nelle strade e nei parchi.
Ti regalo queste parole senza carta colorata, né uno “spero che ti piaccia”. Parole che parlano di te e di me, che possano leggersi qualsiasi giorno dell’anno, a qualunque ora, sia quale sia il tuo umore.
Ti regalo questa storia.
Nota: De todas las versiones que pueden encontrarse en internet de "Te regalo un cuento", hoy he descubierto que también existe una traducción al italiano. La ilustración es de Cecilia Varela y forma parte de las imágenes que queremos incluír en el libro del cuento.
Lo peor de todo es la sonrisa. A continuación me desarma y pierdo el mapa de la galaxia. Lo hace siempre, como quien no quiere la cosa, partiendo de una mirada de factura grave, como de estar a punto de perder el contacto con la nave nodriza y precipitarse después en algún agujero negro sin tiempo para volver al primer segundo de la cuenta atrás, al lugar de no retorno. Y claro, luego llega sin avisar la sonrisa, su sonrisa, rompiendo la escena en la trama de un tapiz hermoso, quedándose tan tranquila, tan en calma, inmune a su propia verdad, echando a volar lejos como si acabara de sobrevivir a una catástrofe aérea, sin darle ninguna importancia, sin saber -sin tener ni idea- que por una sonrisa así, los gobiernos insurgentes desarmarían todas las cabezas nucleares del planeta y levantarían en su lugar nuevas escuelas, nuevas formas de entregarse a la causa, nuevas maneras de morir de amor.
A veces el chico piensa en tomar un tren o un avión o un autobús de línea y visitar por sorpresa a aquella novia que tuvo y a la que tanto quería. Otras, sencillamente se conforma con el hecho de verse acosado por esa determinación y pensar que un día de estos tomará por fin ese tren o ese avión o ese autobús de línea. En los días peores, simplemente piensa en tomar sin más, y no hay tren, ni avión ni autobús de línea, tan solo una botella de cerveza caliente o de vodka del malo comprada de regreso a casa en los chinos de la esquina. Bebe de un trago, empinando la botella y cerrando los ojos, y le reconforta pensar en una inocencia que ya no tiene, en su nariz pegada contra el cristal mientras hace dibujitos con los dedos y se imagina la cara de ella cuando él se plante en el portal de una calle cualquiera que se figura cuesta arriba o empedrada o las dos cosas.
Quizás, se dice, le lleve un regalo; una pulserita, un collar o una tortuguita en una tartera de plástico, porque ya siendo novios descubrió que a ella le encantaban las tortuguitas y las salamandras, aunque ahora no recuerda si era a ella o a aquella otra, y desecha la opción de la tortuguita pero no la de la pulserita de cuentas. Después de todo, no ha pasado tanto tiempo y seguramente ella le recuerda como no recuerda a nadie y poco importa si anda con alguien medio en broma o medio en serio porque nada más se lo encuentre parado como una estatua triste en esa calle empinada de adoquines azules, un pulsador gastado dará la orden o la contraorden de recordar las cartas antiguas y las que no fueron escritas o enviadas.
La chica a veces piensa en tomar un tren o un avión o un autobús de línea y visitar por sorpresa a aquel novio que tuvo y tanto quería. Otras, simplemente se conforma con tomar una determinación con respecto a ciertos asuntos menores que puede posponer o retrasar sin perjuicio alguno. Qué hacer, comprar ya el vestido de topos negros que la espera en aquella vitrina del centro o esperar a las próximas rebajas. En los días peores, simplemente piensa en que los días peores pasan y se diluyen en el tiempo como un mal viento. Mira la botella de whisky dorado que compró un día de bajón en el súper pero nunca llega a beber. La cajera de mediana edad y pelo teñido de rojo le miró enarcando las cejas, como pidiéndole una explicación, y ella, un poco avergonzada, hubiera querido decirle que no es de esa clase de chicas que beben a solas. Le reconforta pensar en su nariz pegada contra otra nariz mientras hace deditos con dibujos y se imagina a ella misma plantando cara a la vida que se presenta cuesta arriba o empedrada o las dos cosas.
Quizás, quién sabe, se haga un regalo, algo que no sea tan caro y maravilloso como el vestido de topos negros que siente deseos de robar cada vez que pasa ante el escaparate de esa boutique. Tal vez bastará con una pulserita de plástico o un collar, cualquier cosa menos una de esas tortuguitas con su islote y su palmera de mentira, o una salamandra con ojos de vieja que ya no son de su agrado, desde que el chico del que aprendió a olvidar hasta su nombre (en realidad no lo hizo pero se atrevería a jurar que sí) desapareció con la promesa de volver un día en un tren o un avión o un autobús de línea y con el que querría encontrarse para preguntarle por qué o a santo de qué vino tanto olvido.
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Julio-Agosto 2007)
El protagonista de esta historia tiene un día de perros: su mujer se la pega con Desgana, que es un tipo gris y grasiento que se encarga de cuidar el patio de vecinos y se beneficia –también- a la del tercero, luego está el añadido del cabrón de su gestor, que sólo le da disgustos con el IVA y que nunca conseguirá que le salga nada a devolver y también, su jefe -otro figurín- que sabe cómo sacarle de sus casillas cada vez que se acerca a esa triste mesa de corte barato mascando tabaco y mirando de soslayo. Muy raro todo.
Muy raro todo. Eso y el codo de la tubería del fregadero, que se sale, y que seguro que fue el detonante de su primera ración de cuernos, tuvieron que llamar a un fontanero que no tendría más de dieciocho primaveras, que andaba aprendiendo la profesión familiar y que entre ñapa y ñapa se entretenía –cómo no- amasando los pechos de las señoras hartas de la vida y necesitadas de contar algo interesante en las meriendas caseras de Stanhome. Claro.
Claro que lo último que imaginaba era lo de la junta de la culata, porque mira que es jodida una reparación de esas, lo dice el del taller, con su palillo en la boca y todo, mientras se rasca la cabeza y después los huevos.
Seguro que de trescientos no baja, déjeme puestas las llaves que yo intento hacérselo rápido, pero ya ve cómo andamos de trabajo, que la gente lo quiere todo para antes de ayer.
Antes de ayer había sido un día un poco menos cabrón, eso es lo que piensa, al menos un día sin sobresaltos, sin grandes cataclismos, un día sólo para dejar pasar, además, le gusta arrancar la hoja del calendario de la parroquia que lleva colgado en la cocina ni se sabe, que tiene unas manchas de grasa en el mes de Abril y algunos restos de comida en un domingo veintisiete.
Veintisiete son los euros que le quedan para acabar el mes y están a día ocho de uno de los meses largos del años: cómo hacer para llegar a treinta y uno y sobrevivir a los recibos y a Desgana copulando sudoroso sobre su mujer, o igual ni eso, a lo mejor sólo la apoya contra el fregadero (no quiere ni pensar que fue así como empezó a gotear el codo) y terminan en dos minutos, sin bajarse los pantalones. A veces, se sienta en alguna plaza para no llegar tan pronto a casa, se busca en los bolsillos, encuentra cinco euros de los veintisiete que le quedan y que tan a gusto se gastaría en una cerveza o en un bote de lejía para tomarse de un trago, luego suele cambiar de idea y compra un paquetito de castañas que le llevará a su mujer, que seguro que ha tenido un día peor que el suyo, porque las meriendas de Stanhome son harto aburridas y porque tiene que sufrir a Desgana que, al fin y al cabo, es un tipo desagradable que se encarga de mantener entretenida a su Paqui, la pobre, todo el día tan solita y tan venida a menos.
En el campeonato del mundo de lanzamiento de reproches, los aspirantes se encuentran preparados para conquistar el primer puesto del podio mientras los flashes bañan el estadio. Los participantes que están bastante descontentos con sus vidas conforman el grupo de favoritos. Los que fueron quedando atrás, en los puestos cuarto al sexto, tenían motivos para pensar que –quizás- parte de la culpa de todo lo que les ocurría podía ser también de ellos y no enteramente de los demás. Eso les llevó a no clasificarse. Encajaron bien la derrota y tampoco lo desaprobaron. Como esa actitud resultó ciertamente sospechosa, fueron sometidos a un control antidoping. El Comité Disciplinario halló en la sangre extraída una pequeña cantidad de un componente que se asemejaba bastante al sentido común, en la orina detectaron –además- restos de coherencia. Inmediatamente fueron expulsados de la Federación y les retiraron sus licencias de Reprochadores Profesionales.
Ahora la escandalosa noticia se propaga casi tan veloz como los reproches que han obtenido las mejores marcas en las semifinales. En un arrebato de lucidez o de reparo, el tercer finalista se retira sin más explicaciones. Quedan dos aspirantes para disputar el título: una ex-pareja venida a menos o a más bien poco, según se mire.
***
Comienza el turno de lanzamientos y ella arroja el primer reproche fuerte y lejos. Se van alternando las ráfagas de ponzoña con intenciones más o menos previsibles: que si eres egoísta, que sólo te preocupan tus amigos, que no me siento bien , que me encuentro sola, que cambias de opinión cada dos por tres, que ya nunca me miras con deseo, que todo empezó con ese trabajo nuevo, que ya no te arreglas para mí, que tu madre es una bruja y tu secretaria una golfa y apenas basta con mirarlas a la cara, que prefieres quedar con ellos antes que conmigo y que ya no hacemos el amor. Y él que replica, pusilánime, que cómo puede ser que todavía estés enamorada y sin embargo yo sea el tipo más ruin y mezquino y que mira tú por donde se te olvidan los buenos momentos y solo recuerdas los malos.
Entre desaires y quejas, el público se pone en pie y ruge con cada nuevo dardo envenenado sabiendo que el que está en esos momentos describiendo una trayectoria ascendente puede ser el definitivo. Que solo cuenta tu dolor y tus viajes y tus historias y todo lo que antes me gustaba de ti porque eras (o te hacías) tan interesante y parecías distinto al resto hizo que me viera distinta en tus brazos pero resulta que eres la misma mala copia de un hombre de verdad que sin embargo es mentira y no lo sabe. Me tratas mal y definitivamente merezco algo mejor. Y ella va recuperando poco a poco el aliento mientras los jueces levantan las banderas verdes y el reproche-proyectil se aleja del estadio y los flashes lo inundan todo de nuevo y suena el himno compuesto para la ocasión y los patrocinadores (una línea nueva de productos para el cuidado de la piel que promete resultados inmediatos) celebran el impulso comercial que obtendrán a cambio de tan poco.
La campeona recibe la medalla y un diploma que le otorga toda la razón y toda la verdad. En la soledad del vestuario, él recibe una oferta de un manager muy serio que le ofrece participar en la Liga de los más Egoístas. Finalmente rechaza la propuesta y decide retirarse de la competición, quizás para practicar deportes menos sangrientos o imitar a aquel amigo que un buen día se hizo vendedor de enciclopedias.
No sabría decir cómo llegó hasta arriba de la silla pero le gusta estar bien lejos del suelo, para que los miedos no le coman los deditos de los pies. Por eso y porque la silla queda a la misma distancia del cielo, cuando en realidad el cielo no es otra cosa que el techo de la habitación decorado con estrellitas adhesivas, constelaciones enteras de estrellitas adhesivas que compra por catálogo y que suele poner de vez en cuando para tener dónde mirar cuando cae la noche. De todas las costumbres, la favorita siempre fue quedarse en la silla y esperar, esperar sin saber muy bien el qué, pero esperar al fin y al cabo hasta que le empiezan a doler las articulaciones y los pensamientos, y más tarde terminar encogida en la silla llegando a la conclusión de que a lo mejor -quién sabe- lo que espera queda al otro lado de la ventanita que hace de mirador de los sueños.
En frente de ella, la ventanita queda alta, alta y lejos, lejos como el suelo, lejos como los miedos, apartada de su mundo como aquella constelación de estrellas adhesivas. Entonces el corazón de esponja que se le escapa por debajo del vestido, encaramándose al dobladillo y saltando luego desde uno de los pliegues, para tomar impulso en las rodillas y dejarse caer, casi aterrizar en el suelo y salir corriendo, sorteando los miedos, las pelusas, el polvo. El caso es que ella quiere quedarse, porque se cuida de mantener intactos los deditos de los pies y al mismo tiempo, el corazón a hurtadillas que sabe de fotosíntesis y de jardinería, toma la forma de semilla y se hace planta, con idea de llegar a ser enredadera, platanera o malvavisco.
Desde la silla ella se pregunta cómo hacer para llegar hasta arriba día tras otro, divisa el corazón que crece, que escapa, que ahora es un corazón aventurero que mira la ventana, como quien mira una caseta de feria llena de premios, y el corazón que se despide con el ánimo decidido y que promete que en cuanto encuentre una oficina de correo, manda una postalita y un par de líneas contando cómo es la vida allá afuera.
Quedaban doce horas para el fin del mundo, doce horas para abandonar aquel territorio frágil pero hermoso que habíamos levantando a base de ideales románticos y canciones de Serrat. El sitio donde estar a salvo de todo y al que íbamos a caer agotados noche sí, noche también, mientras nos contábamos qué tal en el trabajo o con los chicos, qué tal la vida en general. Los días fueron cayendo como losas a la espalda, aplastando toda posibilidad de un reencuentro o de un arreglo, algo que nos hubiera dado un poco más de tiempo, fuerzas o ganas de salvar la nave, la misma que una vez navegó enamorada y decidida. Se había ido desmontando poco a poco, como la casita o el castillo con piezas de Lego que se alzaba cada tarde en el cuarto de los juegos, y yo no supe/no quise/no pude (táchese lo que proceda) darme cuenta. Los niños enseguida supieron que papá y mamá los querrían mucho, que nada entre ellos y nosotros cambiaría y que tendríamos que ayudarnos entre todos para hacer las cosas más llevaderas. Violeta devoró un paquete de tizas y estuvo con fiebre cuatro días seguidos, Nicolás, que nunca antes se había peleado con nadie, visitó tres veces en una semana el despacho de la directora y la enfermería. El mismo día que terminamos de pagar el coche, Alma me recogió por sorpresa en la oficina, fue breve.
Tenemos que hablar y no, no hay nadie más.
Quedaban doce horas para el fin de todo mi mundo y eso significaba que Violeta y Nicolás tendrían que cuidar de mamá y que yo no me perdería ni uno solo de los partidos de fútbol ni los festivales de fin de curso. Mi abogado dice que ella ha sido generosa, que dé gracias porque podía haberme quedado sin nada: incluso sin Alma.
Normalmente cuando la Tristeza decide dejar la ciudad, lo hace sin equipaje ni revistas para entretenerse por el camino. Se marcha de incógnito, arrimada a los bordillos y bajo una gran gabardina gris. Lo hace sin regalos ni souvenirs que entregar en destino, porque como pueden imaginar, la Tristeza dejó de fumar una mañana de lunes o de martes y desde entonces, ni siquiera se permite el pitillo de después.
Según se vea con ánimo, la Tristeza sobrevolará las casas llamando a los timbres y escondiendo la cara, puede que chamuscándose la cola (sí, la cola) con ceniza de chimeneas que lloran un adiós improvisado y medio fingido. Si el día es luminoso; dejará el recado por si acaso volviera, con las señas del nuevo apartado postal y un pedazo de pastel de espárragos que sobró de la cena de ayer.
De resto, cuando la Tristeza se marcha, no deja el teléfono, ni cuentas pendientes, ni números rojos, ni senda de miguitas de pan. Simplemente, se marcha.
En el momento justo en que se encuentra pensando en ella y la extraña, la actriz inicia el cortejo en aquel café de ambiente y de encuentros efímeros. El alcohol y cierto cuerpo de hembra arman el resto; la actriz hace el amor con otra mujer - pensamos que otra actriz o quizás una escritora- y se modelan en femenina multitud. Como la noche cobija los desvaríos de unos cuantos, él sigue pensando en ella aunque desconoce que en ese instante preciso, la actriz tantea otro cuerpo de mujer no tan distinto del suyo pero que apenas tiene nada que ver. Cada cual con sus delirios -unos por echar de menos y otros por echar de más- nadie termina sabiendo quién se piensa o quién se abraza. En todo caso el lector guardará el secreto encerrado en una arquilla de roble perfectamente sellada con su silencio.
Claro, claro que yo quería haber sido un magnífico velero Nimbus de 22 metros de envergadura. Cómo no iba a querer, si la envergadura era lo primero que tenían en cuenta el resto de artefactos voladores, sobre todo las cometas, aquellas elegantes cometas a las que recuerdo flotando en el aire de espaldas como bañistas de perfil indolente justo antes de iniciar el cortejo aéreo. En aquel tiempo, si dabas la medida adecuada, podías volar junto a ellas, olisquear la estela que dejaban tras de sí y acariciar la esperanza de poder ser considerado uno más en el cuerpo de baile. Yo, pobre de mí, que vine antes de tiempo y del revés -por la cola- hecho un casi nada. Yo, que nunca pude saborear ciertas glorias a pesar de ser aerodinámico por naturaleza y terco como un bailarín irlandés. Me esforzaba, eso sí, con verdadero entusiasmo en mejorar la técnica de vuelo, día tras día se me podía divisar planeando hasta la extenuación por más que intuyera que al final de cada trayectoria ascendente sobrevendría aquel agónico instante en que, rodeado de cirros burlones, dudaría de mis posibilidades, de mi equilibrio, dibujando una enorme “O” desalentada en el aire, una suerte de bucle en espiral antes de terminar estrellándome en la maleza del jardín o entre los brazos flacos de algún niño abúlico que me estampaba contra el suelo poco después, en el vuelo más humillantemente corto que nadie pudiera figurarse. Un vuelo pesadilla igual de amargo que los tortazos que los curas del colegio propinan en las narices a los niños bobos.
En honor a la verdad y por mucho que esta duela, yo era tipo de vuelos rasos. Las pocas veces que lograba alzarme a una altura digna de mención mi odisea terminaba, indefectiblemente, en un fenomenal constipado de vías altas, las palitas de mi hélice enrojecidas, protestando con un aleteo nasal que le hubiera partido el alma al ingeniero aeronáutico más implacable. Así transcurría mi vida de avión fracasado, saliendo trasquilado de parkings de aeropuertos y campos de vuelo, entre la indiferencia del resto de la flota y algunas acrobacias ridículas con las que intentaba llamar la atención de los grandes, aquellos que eran capaces de dibujar arañazos infinitos en la espalda del cielo. Y eso contando con que todo saliera bien y no me topara en el viaje con algún terrible ingenio teledirigido, como aquella vez que fui arrollado por un flamante B52 y casi no salgo del taller de reparaciones.
(Ahora tengo unas alitas nuevas a las que no termino de acostumbrarme)
Esa es mi historia, mejor dicho, esa era mi historia, la penosa cadena de acontecimientos a la que estaba condenado si no hubiera sido por Nora que me rescató de ocupar un rincón en la sección de aeromodelismo de alguna tienda de juguetes. Todo hay que decirlo, ahora sé que mi destino había sido escrito para algo grande y ese, sin duda, es el motivo por el que nunca fui un velero o un zeppelín. Pero tuve que entender después: era necesario comprender que mi rumbo era otro, era necesaria Nora, cada dos semanas en un hotel de extrarradio y la fachada de ladrillo cárdeno contra la que me estrellé por azar o más bien a causa de una trayectoria inverosímil, hace cosa de un año, en las cercanías de la Terminal de salidas internacionales. Ese batacazo afortunado me permitió avistar un segundo la silueta de Nora, fatigada en uniforme azul, ante el espejo, desabrochando un botón, soltando un pañuelo que le ceñía el cuello. Nora, mi vigorosa azafata escandinava, hecha de pequeños retazos al principio, fotogramas de unos ojos cobalto hinchados por el sueño y la ropa interior blanca que me daba tiempo a coleccionar en mi memoria antes de perder el conocimiento, estrellado en la parte de atrás del hotel, junto a las sobras de la cocina y a un gato rojo que me veía caer muy serio, preguntándose quizás, qué clase de estúpido palomo era yo.
En todo ese tiempo vi a Nora marcando el teléfono de aquel piloto casado que ya no acudía a sus citas. La vi soltar con desaliento la cola de caballo que ceñía su pelo de princesa vikinga, la vi desnuda de cintura para arriba como un espléndido mascarón de proa, colocándose un par de tapones en los oídos 22 veces, puesto que 22 fueron, si las cuentas no me engañan, los lanzamientos fallidos que tuve que efectuar hasta que conseguí rebasar la fachada y pude contemplarla del todo, tendida sobre la cama, dejando pasar las tardes con la falda recogida bajo los muslos, acariciándose para sí misma. De ese modo se sucedían los días de manera cíclica: volaba hasta su ventana en cada una de las escalas transoceánicas, lograba impulsarme lo suficiente como para remontar el patio exterior y el jardincito, cruzar el alféizar y divisar a Nora palpándose, como si quisiera comprobar que ella misma era real. Toda mi existencia, de repente, se dibujaba con forma de un arco perfecto trazado milimétricamente hasta sus muslos, un cielo nórdico y mejor. La primera vez que caí sobre la cama, Nora se asustó y me dio una patada que me hizo perder el sentido. Pero entonces se apiadó de mí, me recogió del suelo y me dejó descansar en la mitad izquierda de su cama de hotel, hasta que me recuperé un poco. Después se acostumbró a verme aparecer al otro lado del cristal y con el tiempo llegarían las propulsiones programadas, los suspiros cada vez que aterrizaba en su pista y las palitas de mi hélice comenzaban a rotar felices dentro de Nora. Por encima de todo y de todas las cosas, encajarme en Nora sería el destino.
Nora ya no me dejó marchar. Ahora viajamos juntos en cada uno de sus vuelos internacionales y me protege de las miradas curiosas ocultándome dentro de su maletín azul. Nora, dispuesta a arrojarme en cualquier momento como un boomerang leal contra su cuerpo de acorazado ruso, Nora experta en el cálculo órbitas satisfactorias, Nora autosuficiente, tripulando mi existencia con rigurosidad soviética. Nora, mi discreta azafata escandinava, cerrando tras de sí la puerta de alguna habitación de hotel, dispuesta a recibirme complaciente, satisfecha como nadie de formar parte de una de las dos mitades que conforman esta extraña tripulación.
La situación es la siguiente: él se mira la entrepierna por debajo de las sábanas y descubre que ha perdido su habitual y formidable erección. Lo de formidable es un calificativo que acostumbran a usar algunas de las mujeres con las que mantiene la nada desagradable costumbre de compartir confidencias y algo más que complicidad, en realidad algo mucho más cercano a la lujuria que a la ternura. Conviene aclararlo. Se palpa un poco, primero en un movimiento suave y delicado, como si estuviera pidiendo permiso a su propio pito, después emprende un movimiento más mecánico y carente de toda sutileza. Conoce bien los principios hidráulicos de la erección y le sorprende aquella ausencia. No está acostumbrado a echar de menos una erección, es más, en ocasiones suele pensar que padece del mismísimo mal de Priapo y le gusta imaginarse obscenamente fálico, en una erección perpetua, despertándose en medio de la noche y erecto, colocando las manos protectoras sobre su dureza como el niño que quiere conciliar el sueño mientras coquetea con el lóbulo de su oreja, habituado a la misma firmeza de siempre cuando amanece, a hacer cualquier cosa cotidiana en permanente estado de erección, a tener que disimular en el autobús o en el metro, en la fila del banco y en la oficina, supeditado a hacer lo imposible para ocultar su inoportuna manifestación eréctil y permanecer alejado de las miradas sorprendidas y morbosas que parecen darse cuenta de todo lo que ocurre bajo su bragueta.
Intenta recordar la última vez que vio su erección, hace un esfuerzo considerable, visualiza imágenes poco definidas de las últimas horas, intentando encontrar el momento y el lugar exacto donde la extravió, todo ello al tiempo que inicia una oscilación pélvica que le permita encontrar el estímulo adecuado para recuperarla. Se acaricia, busca una postura más cómoda y piensa en calzoncillos y en lo poco que le gusta la palabra calzoncillo, piensa en eso porque le resulta familiar -por reciente y continuada- la imagen cada vez más cercana de su presunta última erección bajo la ropa interior hace una o dos noches, en esa misma habitación, esperando visita y notablemente excitado.
Salta de la cama y busca en el cajón de los calcetines. Tampoco le gusta cómo suena la palabra “calcetines”. Revuelve en todos los cajones , quizás con las prisas dejó olvidada su erección entre las prendas que tienen los nombres más feos de la casa. Enseguida le asalta una duda: es posible que su última erección no fuera solitaria sino compartida, lo peor del asunto es que no le gustaría tener que llamar a la última mujer con la que se acostó, puesto que no quedaron nada bien. Como si no quisiera aceptar esa posibilidad, busca también en el sitio de las toallas y bajo el somier. Chasquea la lengua contrariado. Se arma de coraje y marca el número de la chica con la que no desea hablar, ¿qué pensará ella de una llamada así?, seguro que la imagen que ella tiene de él no mejora en absoluto, posiblemente empeore. Escucha la voz desencantada de la mujer, intenta ser breve y conciso,-¿te suena si me dejé la otra noche mi erección en algún lugar?, en la mesita quizás, o en el baño, o en el sofá, la echo en falta y no sé dónde la he dejado-. No le da tiempo a terminar la frase porque ella le insulta y termina la llamada con un golpe seco de auricular, como quien deja caer una guillotina sobre la garganta de alguien. Después el tono de ocupado y después de eso, nada.
Cierra los ojos. Intenta pensar en cosas agradables: por ejemplo en mujeres dándole placer, en él dando placer a mujeres, a una sola, a varias, en diferentes lugares y posturas, con diferentes grados de perversión, mujeres jóvenes y aún medio hechas, mujeres maduras y vueltas de todo, mujeres pistacho con el sexo cerrado, mujeres sandía, redondas y jugosas. Recuerda como en una moviola todos los encuentros posibles, imagina situaciones extremas, relaciones prohibidas (casi incestuosas), encuentros en locales oscuros donde todo el mundo termina follando con todo el mundo, también utiliza la ternura y evoca a todas las mujeres que fueron sensibles y dulces con él. Nada de todo aquello es suficiente para encontrar de nuevo su erección. Decide distraerse, no darle más importancia por el momento, decide leer algún libro o escuchar la radio: eso le calmará y le ayudará a pensar en otras cosas. Quizás al día siguiente recupere su erección. Piensa, o quiere pensar, que las cosas mejoran siempre mañana.
El informativo de las nueve informa del asunto de su erección. Parece ser que la noticia a estas horas se está extendiendo por toda la ciudad como un río que se desborda. Al principio no acierta a comprender el fondo grave de la situación. Tampoco es capaz de reaccionar. Sin duda es lo peor que le puede suceder: pronto las mujeres con las que mantiene la nada desagradable costumbre de compartir confidencias y algo más que complicidad, querrán averiguar (más bien comprobar) por sí mismas lo que en estos momentos se anuncia como una tragedia infame. Sus sospechas se materializan cuando comienza a escuchar el susurro apagado, cada vez más creciente, de alguien o algo que araña la estancia desde fuera. El susurro pronto se transformará en un murmullo molesto y el murmullo en un clamor inextinguible. Ellas están preparando el asalto al otro lado, se aproximan por la calle de aceras húmedas y mal alumbradas, toman el zaguán, la escalera principal, reptan, rascan la pared con la espalda, golpean la puerta. Él sabe que no se detendrán hasta tirarla abajo.
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Abril 2007)