jueves 14 de agosto de 2008

Infección



La uña se había enquistado en el dedo gordo de la mano izquierda. Le dolía y le gustaba el dolor. Si es que acaso pueda decirse que existe un tipo de dolor agradable, que conviene padecer porque nos hace más fuertes o nos redime de algo. Pero vete tú a saber. A él le gustaba comparar la hinchazón del dedo con cosas más cotidianas: su relación con Ana, por ejemplo, y cómo se había ido deformando con los días. Las diferencias entre ellos se habían abultado al mismo ritmo que su dedo, que comenzaba a tener un aspecto repulsivo y verduzco en su extremo, como de estar a punto de reventar o de desprenderse de la mano.

Le gustaba llevar las cosas a los extremos, que el vaso rebosara. Esperaba que el desencadenante para cada una de esas situaciones fuera totalmente inesperado. El no cogerle el teléfono a Ana, por decir algo, era el equivalente a dejar que su dedo infectado por una uña que había crecido mal, traspasando los límites que le correspondían, se hinchara cada vez más, germinando en él esa extraña sensación de placer que proporciona el dolor y el control que sobre ese dolor ejercemos a voluntad. Se iban espaciando las llamadas de Ana; los primeros días tras la última discusión fueron los más intensos, Ana insistía a todas horas, pero, con el tiempo, ella parecía entender que Collin quería distancia, espacio o lo que fuera que Collin quería dar a entender con su negativa a comunicarse con ella. Con su silencio sobreentendido, el silencio de algo que infecta y que se extiende entre los dos.

Y ese era el tipo de pensamiento que alumbraba Collin en la media penumbra de su buhardilla, en la cual se refugiaba para leer o escribir, para redactar simulacros de cartas de despedida para Ana o, quizás, cartas definitivas que terminaba arrojando a la chimenea. La buhardilla con gato incorporado, el rincón a salvo desde el que contemplar la deformidad de su dedo, el terrible aspecto que le proporcionaba el absceso verdoso bajo la uña, visto desde la limitada perspectiva de un tragaluz que vomita, de tarde en tarde, un tímido chorro de luz que se despide al final de la jornada con una estudiada desgana. La misma desgana del gato que acepta la presencia de Collin mientras se deja acariciar el espinazo.

Collin y su vida plagada de carencias, y un dedo a punto de reventar de dolor, imaginando el líquido viscoso y verde que se derrama por su pulgar deforme y desproporcionado. Esto es el dolor, pensaría, únicamente esto, tanto acumular las cosas para llevarlas al extremo, para que en apenas un instante la infección escape por una fisura y el dolor remita y entonces no quede constancia de nada, del dolor, de la hinchazón, de la resistencia que uno pone a la cosas durante tanto tiempo para que, al final, termine cediendo en un instante.

El teléfono sonó rompiendo la quietud de la buhardilla. Collin no podía saber el tiempo que había transcurrido desde que había reventado su dedo con la cabeza de un alfiler. Tampoco necesitaba saberlo. Sabía que quien llamaba era Ana. Sabía que si atendía la llamada sería como reventarse el absceso con la punta de un objeto punzante y volver a caer en lo mismo, regresar a lo de siempre. Ahora sabía que podía mantener el dolor alojado en su interior el tiempo que deseara, que podía postergarlo a su antojo, manejarlo con pericia. Sabía eso y que Ana dejaría de llamar algún día, que se daría por vencida, que simplemente entendería.

Del tragaluz venían los reflejos de algunos automóviles que maniobraban cerca, en mitad de la noche. El teléfono siguió sonando media docena de veces. Ana, al otro lado, se sentiría quizás estúpida o servil, pero tarde o temprano se cansaría, sucedería algo dentro de ella, conocería a alguien que le devolviera las llamadas, pero estaba claro que algo tendría que ocurrir, una señal, algo, el detonante que hiciera que las cosas, definitivamente, apuntaran en otra dirección.

Imagen: © Rodrigo Huerta

Etiquetas:

domingo 6 de julio de 2008

Un nuevo error



Como cada día, el intrépido hombre bala aparece en el centro de la pista. Permanece iluminado bajo los focos durante un leve instante, es el centro de atención y el público observa la escena con el corazón hecho un nudo. Con aire solemne se introduce en el cañón y prende la mecha. Lo de la mecha es de mentirijillas, pero acojona un poco. En realidad, el trabajo duro lo realiza un gran muelle que a modo de resorte le catapulta a la oscuridad de la carpa. El intrépido hombre bala, escribe cartas de amor en la soledad de su camerino, el tipo de cartas de amor que acostumbraría a escribir un intrépido hombre bala. Firma siempre con sus mejores deseos: Simpleton, o algo así. Las palabras fluyen de su pluma como si fueran renacuajos. Sabe perfectamente que lo que está escribiendo junto con unas delicadas gotas de perfume barato -perfume de intrépido hombre bala- le confiere cierta gravedad a la declaración de amor que, por otra parte, desembocará en alguna situación futura más o menos desgraciada. El amor es ciego, sordo y mudo, pero nunca importa, eso apenas cuenta, porque el intrépido hombre bala siempre cae en los brazos de alguna mujer que le recoge de cada caída, a esa mujer le escribe las cartas de amor, es una mujer –digamos- conceptual, algo genérico, ahora es esta mujer, pero podría ser otra. El caso es que el intrépido hombre bala anda por la vida como si patinara sobre ruedas, claro que eso solamente ocurre cuando tiene los pies en el suelo, el resto del tiempo se lo pasa siendo proyectado desde su cañón y desplomándose en los brazos de alguna mujer. Eso conviene recalcarlo, porque sea cual sea el modo en que termina cayendo, aterriza en los brazos de la espectadora más hermosa del lugar, una de las muchas mujeres que ocupan un asiento bajo la gran carpa de doble pista. ¡Qué gran dilema! qué mujer elegir para la caída. Durante el trayecto ascendente, a pesar de la velocidad y del silbido de olla express en sus oídos, tiene tiempo para detectar a la mujer sobre la que se desplomará y a quien, más tarde, redactará cartas de amor victoriano desde su caravana, aunque no esté bien hacerlo, porque lo cierto es que ese tipo de historias no están nada bien, tan previsibles y tan de verse venir, no señor, nada bien, pero qué puede hacer, si el intrépido hombre bala adora cometer errores y una mujer, es uno de los errores que más a gusto se pueden cometer.

En uno de esos vuelos descendentes, además de caer en los brazos de una nueva mujer, hermosa e interesante como todas, cuando menos se lo esperan, se produce el milagro de la vida, ya saben, un nacimiento por accidente y el espectáculo guionizado aumenta en expectación e interés. Los futuros padres no piensan esperar a nadie, es más, con lo que son los asuntos familiares, incluso la madre del intrépido hombre bala llega tres semanas tarde al sacramento bautismal y bueno, el párroco del lugar, un tal Mason, asiendo fuerte su crucifijo bautiza al bebé con ginebra y regaliz, una encantadora manera de ocultar -de intentar ocultar- los pecados cometidos en el hueco que dejan las caries sobre una dentadura que se pudre poco a poco. Así que desde fuera, se puede decir que la sensación es que nuestro héroe, el intrépido hombre bala, se va a dar un buen traspiés de un momento a otro, eso que dicen de las ramas del árbol que están a punto de romperse. Pero al intrépido hombre bala le da igual un camino que otro, porque escoja lo que escoja volverá a caer, a tropezarse, y aterrizará de nuevo en los brazos de alguna mujer mientras siga representando la función diaria en pases de siete y nueve, porque a él, lógicamente le encanta cometer errores, a poder ser uno nuevo cada tarde. Y ahora él ya tiene otro error que cometer, un flamante error de más de un metro de pierna (si se le mide desde el nacimiento de la cadera) lo sabe a mitad del vuelo, en el punto más álgido de la parábola descrita, cuando a la vista de los demás es tan solo un proyectil. Eso sí, el tipo avisa, avisa que será mejor que su nuevo error, le recoja cuando caiga sobre su falda, se lo explica de manera sutil, con gestos en el aire, con ese tono de intrépido hombre bala, medio guasón medio temerario, le pone algún símil del tipo, tu espalda es como un tobogán dulce, un trampolín de azúcar por el cual deslizarse antes de caer, y ella, el error de metro de pierna, sonríe mientras él termina de caer sobre sus rodillas, rendido de amor, aunque sea algo que esté mal, porque esa otra historia también está mal, pero él adora cometer errores. Y ella ahora es su nuevo error, y mientras lo comete, se olvida o no tiene en cuenta que en ese mismo instante un bebé recién nacido es amamantado en la soledad del camerino del intrépido hombre bala, el lugar donde solía escribir osadas cartas de amor.

Unos años después, el asunto como era de esperar, termina inexorablemente en tragedia. Si es que a algo así se le puede llamar tragedia. El cachorrillo de hombre bala creció y se casó con una cantante pop un poco bisexual por un lado y un poco heroinómana por el otro, y posiblemente esa fue la primera vez del chaval en materia de errores. En eso salió al padre. Y claro, ese es el tipo de cosas que suceden en algunas familias, una familia extraña, como la del intrépido hombre bala, que a pesar de sus cosas, de todas esas cosas tan reprobables que hace, sigue volando lejos, vomitado por la boca de un cañón que refulge desde el centro de la pista y que lo proyecta lejos, hacia los brazos de una mujer diferente, todos y cada uno de los días, cometiendo como no podría ser de otro modo, un hermoso y adorable nuevo error.

Imagen: © Robin Blandford
Banda Sonora: © Jellyfish - "New mistake"




Etiquetas: ,

lunes 19 de mayo de 2008

Despedida

Hay un rostro en el espejo que no es el mío. El rostro de un hombre que no soy yo. Las manos sí que son mías, lo sé porque apenas soy capaz de soportar el calor del agua que las lastima y las purifica a un tiempo. El rostro reflejado en el espejo es ahora una máscara de espuma blanca y cremosa. Me hace pensar en escenas de comedia fácil en las que a alguien le estampan una tarta de merengue y todo el mundo, menos el pobre tipo, sabe que eso, exactamente, es lo que va a suceder. Reviso el afeitado del desconocido, inspecciono minuciosamente los pliegues que tiene bajo la barbilla, los que se forman en la parte inferior del cuello y alrededor de los pómulos. El tipo no es muy cuidadoso consigo mismo, se afeita como si tuviera algo en contra de su propia cara. Las cuchillas laceran su piel, que sangra tímidamente. Seco sus manos e introduzco en el bolsillo delantero de la camisa, que cuelga de la puerta, algunos documentos que permitan una pronta identificación. Pido que le traigan café, zumo de naranja, tostadas y algo de fruta a la habitación. No tengo hambre, oigo que dice, pero le recuerdo que el desayuno venía incluido en el precio. Al final mordisquea la esquina de una manzana y un pan de leche. Decido recostarme en la cama y observo cómo el tipo se masturba, pensando en su mujer hasta que eyacula sobre mi ombligo. En apenas unos minutos, el semen ha formado una costra seca y molesta.

A continuación se descerraja la cabeza de un tiro.

Es cierto lo que dicen de los muertos, ahora lo sé, mi cuerpo descansa frente a mí y puedo verlo. Soy un hombre muerto en una habitación de hotel, alguien que una vez tuvo cara y no este amasijo de carne, huesos y trocitos de papel pegados sobre las heridas de un afeitado express. Alguien que parece haberse quedado completamente solo, de repente. No tengo miedo. La muerte no es para los pusilánimes. Abandono la habitación sin apenas esfuerzo, mientras comienza a llegar gente, alarmada por el disparo. Una de las chicas de la limpieza grita y se abraza al hombre de negocios que se hospeda en la habitación contigua. La ciudad bosteza los primeros trabajadores con rumbo a las factorías y el tráfico comienza a desperezarse. Es extraño, pero las primeras luces del día me lastiman allí donde una vez estuvieron mis ojos. Las cosas suceden a otro ritmo, con otra cadencia, ahora me muevo sin pies. Puedo alcanzar sin dificultad la avenida que conduce a mi calle, ganar la esquina y divisar el bloque de apartamentos, acceder al portal, sin llave, qué curioso, sortear el rellano de mi edificio y visitar a mi mujer que todavía duerme en nuestro dormitorio ajena a todo. Adoro a mi mujer, y además me gusta mucho, más que ninguna otra mujer que haya conocido. Nunca tuvimos hijos, aunque quizás sería más apropiado decir que casi los tuvimos. Perdimos el primero cuando apenas era un cigoto y luego se nos fueron quitando las ganas.

Estoy sentando en el borde de la cama, observo la respiración pausada de mi esposa, que parece que medio sonríe en sueños. La escena es una postal, una fotografía con esa luz que lo baña todo y que atraviesa la estancia tímidamente. Una luz que hace todavía más hermosa a mi mujer. Me tumbo a su espalda, pero no me atrevo a tocarla, no tienes dedos, idiota, me digo, pero aunque no sé siquiera si tengo voz, le hablo al oído, le susurro cosas que solía contarle antes de que apareciera la enfermedad y todo se volviera contra nosotros. Antes de que fuera necesario callar y tomar algunas decisiones. La cruel realidad de lo irreversible. Se percibe una claridad gris sobre la mesita de noche, cayendo mansamente sobre los orfidales, devolviendo amplificada la imagen siniestra de un vaso de agua medio vacío. Mi mujer se revuelve en medio del sueño, gimotea algún sonido conocido y familiar, tan de ella, tan de nuestros días perdidos. No acierto a encontrar las palabras adecuadas en la despedida. Será esto la muerte, quedarse sin palabras cuando más necesarias son. Le diría tantas cosas. Que no se enfade, por ejemplo, que no me lo tenga en cuenta, que no piense de más. La quietud de una escena, en la que un pobre muerto no sabe cómo despedirse de su mujer, y que queda rota por el timbre de un teléfono terco, obstinado, que al igual que los espejos, nos devuelve súbitamente a la realidad de las cosas, sonando inoportuno en el comienzo del día para arrebatarnos del sueño, ardiendo irremediablemente desde un recodo de la habitación, queriendo avisarnos de lo que nosotros no acertamos a decir, de todo aquello que no deseamos escuchar.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Julio 2008)

Imagen: © Mónica Calvo

Etiquetas: , ,

sábado 1 de marzo de 2008

Los que se miran



Pero claro que sí. Claro que supe ver enseguida la ausencia de mirada en Laura justo a vuestro regreso de Santander. La no-mirada de Laura en cuanto bajó del tren. Cómo no verlo, aquel enorme vacío de agujero negro instalado en el fondo turbio de sus pupilas. Y de las tuyas, Nacho, que nos conocemos desde hace tiempo y sé que no mirar es tu manera de ensayar la estrategia del avestruz. Me pregunto si tampoco miras a Sandra cuando llegas a casa, posiblemente agotado, si ahora Laura y tú habéis conformado un extraño clan de los que sólo se miran entre sí pero a nadie más.

El clan de los que se miran.

Yo sé cómo mira Laura, o mejor debería decir, cómo acostumbraba a mirar. Te sostiene la mirada como si fuera un florete en un lance de esgrima, la dócil contemplación de Laura, siempre con interrogantes de constelación antigua. Pero eso era antes, antes del congreso de Astronomía. Antes de Santander. En cualquier caso y para que no se me malinterprete, creo que lo justo aquí es agradecerte el cambio que se ha operado en ella. Veníamos de atravesar la peor de nuestras crisis, uno de esos pasadizos estelares que lo fagocitan todo en una relación y te dejan muerto de frío. Nos habíamos convertido en dos personajes anodinos que se reconocen por los pasillos pero que duermen gravitando en el extremo opuesto de la cama. En galaxias diferentes. Y que a veces, sólo a veces, hablan de cosas triviales o hacen el amor con acostumbrada desgana. Pero entonces Laura todavía me miraba, intentaba mandarme señales luminosas con su mirada terminada en punta, casi diría que me retaba, pero no pude ni supe descifrar su llamada de auxilio.

Y ahora, ahora ella se esmera tanto; es cierto que no mira, pero se esmera tanto, Nacho. Ahí fue cuando comencé a saber. En el cuidado que Laura pone para que no me percate de nada y, por encima de todo, en la ausencia de mirada. La sonrisa de Laura permanece, ha desarrollado incluso un modelo nuevo, una resplandeciente expresión de entusiasmo adolescente, esa sonrisa blanda que dibujamos cuando estamos a punto de ser descubiertos robando un paquete de chicles en el estanco o pasando un papelito arrugado por debajo de la mesa. Quizás sea la deliciosa manera de Laura de enfrentarse al remordimiento que significa descubrir que ahora nos necesita indefectiblemente a los dos. El efecto Macbeth en Laura, para quien entregarse ferozmente, es como lavarse las manos de culpa tras cometer un crimen, que si lo piensa mucho, le parece imperdonable.

Intenté ofenderme, te aseguro que lo intenté. Contigo primero, por haber dejado de mirarme antes que nadie, sincronizado con Laura en vuestra ausencia de muñequitos autómatas de factura suiza. No sabía qué era lo que habrías hecho esta vez para que tus ojos me dieran la espalda y enterraras la cabeza en la arena. Avestruz, más que avestruz. Cierto que lo intenté con ella después, pero cuando topé con la no-mirada de Laura fue que lo supe y, como una enorme carpa de circo desinflada, me sobrevino de inmediato la certeza de lo vuestro. Decía que intenté ofenderme, patalear, rebelarme contra algo de lo que, en cierta manera, yo también era responsable. Pero me gustaba esa sonrisa esquiva de universitaria recién salida del lavabo de chicos mientras se alisa la falda. Y quiero creer que ahora Laura vuelve a ser feliz. Se pone guapa para los dos, y mira Nacho, hacía tanto que Laura no se ponía guapa para mí, que tengo que reconocer que echaba en falta las cosquillas en el fondo del estómago, la electricidad de Laura, su mirada enfrentada a su mirada en el espejo mientras repasa el perfil de sus labios y prueba mil maneras de recogerse el pelo. Desde Santander no ha vuelto a mirarme. Tú tampoco Nacho. Y es raro, porque Laura ahora se esmera más en todo. Vuelve a ser cariñosa, a entregarse con la dulzura de siempre, no vayas a pensar que se ha alejado, al contrario, comenzó a acercarse después de Santander, quizás siguiendo unas instrucciones pactadas contigo, para que no me diera cuenta -imagino que le dirías- y eso también fue indicativo de algo, porque de la noche a la mañana Laura comenzó a oler distinto, más fresca, a perfume nuevo de jabón de jacinto, a abrazarme la espalda por sorpresa en el vestíbulo, a preguntarme qué tal había ido el día y buscarme a hurtadillas bajo la cúpula celeste de nuestras sábanas, aunque todo eso sin mirarme. Es inaudito estar dentro de Laura y que no me mire. Es como quien ama a un ciego.

Conforme ha ido pasando el tiempo, el amor de Laura crece con respecto a ti y disminuye con respecto a mí. Eso también es una evidencia que acepto mansamente. Yo sé que ella lo sobrelleva redoblando sus esfuerzos conmigo. De esa manera se siente menos culpable, pero lo cierto es que lo nuestro se está transformando en un amor microscópico que continua latiendo como un guisante mustio y cansado.

Envidio vuestra historia Nacho, que en el fondo es un poco mía. Vuestra historia de hotel céntrico, los encuentros de palacio de congresos, vuestra historia de amor francés o italiano o vienés vivido en la reserva. Vuestra historia de señales convenidas y besos clandestinos y la triste complicidad de unos ojos que sólo sirven para mirarse entre sí pero a nadie más. Lo demás son cabezas gachas y sonrisas destartaladas. Vuestra historia de montaña rusa o carrusel, y lo mío con Laura un simple amor desgastado de noria triste y velocidad inalterable, de pareja que se queda colgada en lo alto de la rueda, mirando el paisaje a lo lejos para no tener que hablar de lo que pasará allá abajo, cuando regresen a la rutina. La resignación puede ser a veces esta extraña felicidad compartida. La dicha de admirar los tobillos de Laura cuando se desliza fuera de la cama. Laura poniéndose guapa para los dos, regresando al hogar después de entregarse a ti para entregarse a mí y combatir su culpa de máscara de carnaval. Y vuestra historia detrás, como telón de fondo, en un continuo gesto de adiós proscrito.

Imagino que celebraréis algún aniversario cuando lo de Santander y tampoco tengo nada que objetar.

Mientras tanto, y si te sirve de algo, seguiré inventando reuniones de trabajo para que Laura pueda encontrarse contigo bajo el aire de una justificación nueva, continuaré persiguiendo discusiones tontas y sin sentido para arrojarla a tus brazos, en un viaje sin escalas. A veces creo que ella se da cuenta de eso, y percibo que está a punto de agradecérmelo con una mirada de estrella fugaz. Pero me equivoco. Ella no ha vuelto a mirarme desde Santander, así que no me hagas mucho caso, serán cosas mías.

No te vayas a preocupar ahora por nada. Yo no podría cansarme de Laura, no te haría esa putada, si eso sucediera, sería la caricatura de Laura recortada al trasluz la que ocuparía sin remedio tu lado de la almohada y ella lloraría –lo sé- más temprano que tarde, una fina lluvia de Perseidas por todos nosotros y nuestra extraña carambola a tres bandas.

Eso sí Nacho, una cosa te digo, no vayas a cansarte de Laura, de lo contrario -y la conozco bien- Laura ya no sería Laura después de la siesta sino su sombra instalada en algún recoveco. Así que sobre todo, no te canses de Laura. No la dejes. No soy quién para decirte cómo tienes que manejar esto Nacho, pero no te canses de Laura. Persiste. Claro que yo recuperaría esa mirada suya que tanto me gusta y añoro, la de antes del congreso de Astronomía, la de los días repetidos e insulsos. Y entonces seríamos nosotros los que se miran. Y tú serías el tipo que sigue practicando la estrategia del avestruz, más que avestruz. Aunque estoy convencido que echaría de menos otras cosas. Quién sabe. Como la entrega de Laura y la abnegada dedicación cada vez que regresa de estar contigo. Si tú te cansas Nacho, Laura se abandonaría de nuevo y con ella a todos, y todos somos los tres, o los cuatro si contamos a la bendita de Sandra, que no se entera de nada, caeríamos de nuevo en los días tristes. Regresaríamos a la calma, a esa apatía laxa de tantos años de convivencia. Volveríamos a no reconocernos en los pasillos, a instalarnos en el otro extremo de la cama, cada uno en nuestra galaxia, y ya sólo sería posible localizar la posición de Laura vagando errática por la casa con ayuda de un astrolabio o un sextante.

Etiquetas: ,

lunes 11 de febrero de 2008

Dry Land



Te avistaron en la octava isla, tan inaccesible a todos nosotros como podías serlo tú. Se nos denegó el ingreso por todos los procedimientos posibles, a mí y a los demás, en reiteradas ocasiones, aunque a veces hiciéramos maniobras de aproximación más o menos desesperadas, escondiendo nuestro vuelo en lo oscuro de la noche, procurando alcanzar alguna cala que quedara al abrigo de la vegetación tosca, inadecuada para tomar tierra pero que nos protegería.

Sucedía de ese modo, una y otra vez. Lo único que codiciábamos es que el recuerdo tuyo o de la isla dejara de mordernos la garganta, es la más sencilla de las verdades, así que continuamos sobrevolando el lugar donde solían producirse los avistamientos. Sobrecogidos con cada expedición infructuosa, y por si fuera poco, de tarde en tarde la octava isla aparecería cuando sabíamos que su presencia no podía ser por una acumulación de nubes (lo mismo se divisaba los días de horizonte más claro) o de cansancio y se difuminaba al rato sin avisar. Otras veces nos empujaba alguna tempestad hacia su misma orilla, hacia tu misma orilla, que casi nos depositaba en la arena sobre la que se divisaban algunas veces unas pisadas mayores que las de un hombre normal, una cruz de madera y tres piedras conformando un triángulo.

En la última noche del mes más extraño, se desató un huracán, de modo que perdimos de vista la isla dejando algunos hombres abandonados en la espesura de la selva. La costa era errante, viajera, todo el tiempo misteriosa. Deseábamos conocer el sabor de una mujer hecha de barro y sal y hubiéramos dado la vida por nuestros sueños. Finalmente descubrimos que habías estado navegando sobre el lomo de una gran ballena y que desapareciste con ella para siempre.

Etiquetas:

martes 5 de febrero de 2008

Sopa de cebolla y cuscurros



Yo si quieres te pongo una mercería en Jaca, un pisito, una carnicería, ¿imaginas?, tú detrás del mostrador, hablando de hilos y broches bonitos, de la línea de ropa interior que viene de temporada y que te quitan de las manos en esos packs de tres. Tú la reina del lugar, en tu pequeño negocio, esperándome luego en el apartamento viejo que se nos cae a pedazos por encima de las horas lentas, con sopa de cebolla y cuscurros de pan tostado, enfundada en uno de esos batines que también te arrebatan de las manos, manos de ángel cuando moldeas la masa de las croquetas, tan rechonchas las manos, tan apetecibles, tan dadas a las caricias, algo te echas en las manos que no me quieres decir, tú tan presumida, croquetita mía, ¿imaginas?, con tu delantal blanco, envolviendo solomillos de los que seguro apartarás las mejores piezas para nuestras noches de viernes o de sábado cuando puedo inventar algo para faltar en casa sin que Lucía (que está muy rara desde que su madre falta) monte el teatrillo de hija desamparada, ya sabes, que si no será demasiado pronto y que mamá nos mira triste desde una estrella desde que me veo contigo (con otra, dice) y que además, pronto lloverá porque la lluvia no es otra cosa que mamá pelando cebollas para la sopa. Porque tú no eres otra amor, tú eres tú, que yo te pongo una mercería en Jaca, un pisito, una carnicería,¿imaginas? lo que tú gustes, solo que no quiero que te enojes, espérame, espérame un poquito más, que digo que se me hizo tarde y salgo a comprar pastelillos para el té, que siempre apetecen después de las croquetas o de la sopa de cebolla con cuscurros y pan tostado. Que mañana, ya verás, desayuno con Lucía y le cuento despacito hasta que entienda.

Etiquetas:

domingo 23 de diciembre de 2007

Bad News S.A



Vivimos en la ciudad de las malas noticias. Un ciudadano cualquiera mira el informativo de las tres mientras toma un tazón de caldo y no deja de atragantarse con la vida. La vida es eso, un tazón de caldo que se nos atraganta a cada rato. La ciudad también es eso: un callejero de malas noticias. En las universidades no hay una asignatura que te prepare para sobrellevar semejante aguacero de pesares, no señor, no existe. Nos conformamos con que, de vez en cuando, uno pueda tener un buen día, un día luminoso, uno de esos días en los que tu chica te despierta con una buena mamada, y sin embargo, eso tampoco nos libra de vivir en la ciudad de las malas noticias. Basta con saltar a la calle y esperar a que la primera desgracia nos robe la cartera. Es cuestión de tiempo. Y cuando llega la ocasión nadie tiene agallas, nadie quiere dar las malas noticias, todos carraspean y se remueven nerviosos en sus asientos, sudan como cerdos, esquivan la mirada y susurran: “Siéntate, tenemos que hablar” y después de un “tenemos que hablar” viene algo que, de alguna manera, cambiará las cosas para siempre. Esa es la filosofía de la organización a la que pertenezco. Damos las malas noticias por usted.

Avanzo por la avenida 72 con un ramo de dalias blancas en la mano derecha. Una joven de ojos tristes pasa a mi lado, mira las flores y da un respingo, tiembla como si al final de la manga de mi impecable americana negra hubiera encontrado un revólver dispuesto a ser descargado contra cualquiera. Una mala noticia no se olvida, no puede olvidarla quien la recibe, desde luego. Pierdo de vista a la joven de ojos tristes, le deseo una suerte mejor. Su cara me resulta vagamente familiar, creo que es la misma estudiante a la que, el mes pasado, hicimos entrega de una biopsia que la condenaba a prescindir de uno de sus pechos. El oncólogo era un cobarde...

(Si quieres seguir leyendo este relato, pulsa aquí...)

Imagen: © Bernie Dechant

Etiquetas:

martes 16 de octubre de 2007

El corro de la patata



Se besaban. Y no veas cómo. Daban ganas de saltar del coche y hacerles el corro de la patata. Cuando me detuve en aquel semáforo también se detuvo el tiempo y un poco todo: las calles, el tráfico, un banco de cúmulos que avanzaba en dirección Gran Vía y amenazaba tormenta. Todo quieto y allí estaban ensamblados el uno al otro, como piezas de Lego, no tendrían más de quince y ya comprendían que la vida consiste en devorar el tiempo, las bocas, las lenguas, masticándose y adheridos por la cintura, cadera, coxis y rabadilla y el chaval que la sujeta como quien sujeta un mundo entero, un planeta, al tiempo que le cuenta al mismo mundo congelado en esa esquina, que esa chica es suya, o quiere que sea suya, una vida entera o esa vida que es la única que conoce y que dispone. Lejos de separarse, se juntaban más, juraría que ni respiraban y si lo hacían, tendría a la fuerza que ser de manera invisible y precipitada, dejando pasar pequeñas cantidades de oxígeno entre el inexistente espacio que quedaba libre entre sus bocas disueltas, devastadas por todo aquel mar de arrebato adolescente.

Pensé que nadie en su sano juicio querría avisarles, avisarles de lo que viene después, con el tiempo, cuando tengan dieciocho o veintitrés o treinta y tantos y ella conozca las fiestas de fin de curso, los viernes de cosquillas en el ombligo que terminan en domingos de resaca, para qué, para qué joderles con lo que viene, si tarde o temprano jugarán al Lego en otras cinturas, en otras caderas, en otras rabadillas y quien sabe si olvidarán aquellos besos de esquina que ocupaban orgullosos una tarde de dos mil siete. Nadie querría avisarles, porque eso sería como tirar piedras a los perros que fornican en la calle y escapan aullando y desencajados.

Ahora sé que cuando me detuve en aquel semáforo, también se detuvo el tiempo y un poco todo, las calles, el tráfico y un banco de cúmulos que al alcanzar la vertical de sus cabezas, de sus bocas, de sus lenguas, descargó un espléndido temporal.

Etiquetas:

martes 11 de septiembre de 2007

El método japonés



Como quien descubre de pronto en la boca del estómago el regusto agrio de una ración extra de cuernos, aparece ante él la visión de una certeza: está convencido de su actual condición de perdedor. No es un perdedor eterno, no, no lo es. Es un perdedor, digamos ocasional. Una mala época, que apuntaría alguien. Pero ahora, en este momento y no en otro, es un perdedor. Lo sabe porque está convencido y no necesita de pruebas o argumentos. Las certezas conllevan ese tipo de seguridades inapelables. Está convencido de eso y de la existencia de un método japonés para cada cosa - bien es sabido que los japoneses desarrollan métodos insospechados para todo- , es más, precisamente ahora, en medio de su certeza de condición de perdedor, contempla sin perder detalle el vidrio helado de la televisión por cable, mientras un oriental enjuto y sonriente explica el método japonés para doblar camisetas. Analiza bien los movimientos. Le sorprende la aparente facilidad con la que sucede todo, el japonés extiende la camiseta sobre la mesa, la acaricia un poco, como preparándola para lo que viene, pinza con los dedos dos puntos invisibles de tela, cruza las manos en el aire y con un movimiento de ilusionista, la coloca de nuevo sobre la mesa, ahora perfectamente doblada. No hay fisuras ni pliegues que rompan la estética final. Toda la maniobra sucede en menos de cuatro segundos. Repite el proceso a cámara lenta, desafiando –insultando más bien- la inteligencia de quien contempla el milagro. Y no es un milagro al alcance de cualquiera, o no al menos a su alcance. Lleva toda la tarde intentando doblar sus camisetas siguiendo las premisas del método japonés. En todas las ocasiones ha tenido que retocar algún pliegue, o rehacerlo incluso. Ha perdido la cuenta de los intentos fracasados. Considera que si no es capaz de doblar una camiseta según lo establecido por un método existente, es posible que no sea capaz de dar pie con bolo en nada. No en estos días. No ahora que hace justo una semana que ella se fue con su monitor de fitness. Así que permanece sentado frente al canal de televisión por cable, y a su lado, la desidia de los últimos días, pellizcándole el codo, animándole -insidiosa- a cambiar de emisora, no vaya a ser que en el siguiente bloque de anuncios, aparezca un tipo amarillo e igual de enjuto, que haya inventado el método japonés para dejar de estar jodido.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Octubre 2007)

Etiquetas: ,

sábado 21 de octubre de 2006

Yayos

La vida es triste. Si es verdad que en un buen cuento se encuentra toda la vida, y si la vida es triste, un buen cuento será siempre un cuento triste.

(Augusto Monterroso)



Estoy leyendo algunos cuentos de Silvina mientras tomo de forma suave la mano de Pilar. A veces coge mis dedos como para no soltarme, quiere agarrarse fuerte a nosotros, como quien está a punto de caer desde una cornisa al vacío. Se está apagando. Ahora sí. Llevamos escuchando toda la semana que no esperemos que pase de esta noche. Así que cada vez que me despido de Pilar pienso que es la última. Cómo puedo ser tan egoísta y querer retenerla. Hasta hace poco era una bolsa, desde hace una semana es un vegetal. Todos sabemos que lo mejor es que se duerma y, a pesar de todo, cada minuto con ella está siendo un regalo. Los médicos no se explican tanto aguante: “tiene el corazón fuerte”, dicen, y a nosotros nada de eso nos sorprende.

Resulta imposible no decirle ciertas cosas, decírselas todo el tiempo, la doctora comenta en un susurro que estar en coma sigue siendo un misterio para todos, un estado de sueño en el que nadie puede asegurar que Pilar escucha. Yo le hablo igual, precisamente porque nadie puede asegurarme que Pilar no escucha. Le acaricio el pelo (nuestro juego favorito) y le digo que está tan guapa como siempre. No es mentira, hay cosas que no se dicen por decir: yo he visto cómo le brotan las lágrimas o cómo parpadea con los ojos cerrados. Lo mismo mueve el pie o el brazo, se revuelve como si no estuviera conforme con lo que le ha tocado vivir últimamente. Le decimos lo guapa que está, que la queremos, que permanecemos a su lado, que no la dejaremos sola ni un solo instante. Pienso que esa mujer parece imposible por su fortaleza. Mi último beso es en sus manos hinchadas y blandas.

Todas las noches he soñado con Pilar. Me despierto cada dos horas, tres o cuatro veces en la madrugada. Sueño con Pilar llorando, con Pilar despidiéndose desde el balcón cuando le hacía visitas los domingos, con nuestros gestos de complicidad, despeinándola o hablándole de todas las novias que nunca tendré. Sueño con hospitales donde todos los pasillos son el mismo pasillo. Sueño de forma difusa con la respiración leve de Pilar, con su fragilidad y con una silla de ruedas que ya no ocupa nadie. Cada dos horas, tres o cuatro veces. Todas las noches.

La abuela ha muerto. Lo dice papá entrando en la habitación y casi tirando la puerta abajo. Todo sucede rápido, como en una película mal contada, hacemos el camino en coche (el mismo camino de la última semana todos los días) en silencio, escuchando el noticiario en la radio. Creo que papá y yo pensamos cosas parecidas, estamos recordando todo lo compartido con Pilar. Quizás los últimos siete días nos han hecho más fuertes, quizás simplemente nos han hecho menos egoístas y hemos aprendido a decir adiós. Papá lleva americana y se ha afeitado. Son los signos que aprendí de él y que me gusta hacer míos; a su manera piensa que, en ciertas situaciones, uno tiene que llevar americana y afeitarse. Son señales que aprendemos y perpetuamos. Es como el capitán que obliga a los oficiales a ponerse la corbata para cenar cuando llevan todo el día sucios y con ropa de camuflaje, rodeados de heridos o de muertos, pero luego cenando con corbata. Cuando murió el abuelo, papá llevaba americana y estaba recién afeitado. Es su manera de preservar la poca humanidad que queda entre nosotros.

La mujer más guapa del mundo está en la cama con los ojos cerrados. Hay quien piensa que la muerte es cuando los ojos se convierten en párpados. No hace ni una hora que Pilar es sólo párpados. Tiene todo el cuerpecito cubierto menos el rostro. Las sábanas parecen recién puestas. Le acaricio el pelo. Una de sus hijas entra en la habitación y esconde la cabeza sobre su pecho. La señora que ocupa la 313 B lee revistas al otro lado de la cortina. Ahora no tendrá visitas nocturnas que le molesten a la hora de dormir -me asusta pensar cosas así- pero en cierta manera todos sabemos cuándo es bueno hacerse invisible detrás de la cortina que divide la habitación en dos. Una mujer se ha dejado un paraguas en el cuarto de baño. Después, una enfermera nos pide con delicadeza que salgamos de la habitación.

La abuela nos contaba siempre la misma historia: que conoció al abuelo en un entierro, el padre del abuelo era el “tío forastero” y el abuelo enseguida fue bautizado en Torrero como “el forasterico”. Al abuelo todo le parecía bien, la abuela tenía más mala leche. El abuelo era flaco como un hilo, la abuela estaba tremenda y hermosa. Los dos últimos años se quedó en nada, pequeña y gastada por la vida. Decía todo el tiempo que se quería morir, que para estar así mejor se iba con el abuelo. El abuelo se jubiló siendo acomodador en los cines de la empresa Parra. La abuela sacó adelante la casa. Ella tenía más carácter que él, pero los dos eran un trozo de pan. Guardo las gafas de la yaya que aún conservan la marca de sus dedos temblorosos -son las últimas que tuvo- y quizás pueda aprender a mirar la vida a través de los cristales de Pilar. Estoy seguro de que el abuelo Lorenzo ha salido a recibirla con una de sus camisas remangadas hasta el codo, con su delgadez infinita y su cara de buena persona, la llamará “Chatica” y ella se las arreglará para echarle la bronca por cualquier tontería, “soso”, le dirá, "mas que soso" y finalmente se alejarán por los pinares de Venecia, Lorenzo con un cucurucho de helado de limón en una mano (el favorito de Pilar) y la mujer más guapa del mundo en la otra.

(En recuerdo de Pilar y Lorenzo)

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Diciembre 2006)

Etiquetas: ,

lunes 3 de octubre de 2005

Eclipse

Te inmovilizaron, luego te obligaron a alzar la vista en una mañana de lunes. -Ven a salvarme- dijiste, -de los demás, de mí misma, de mis propios errores. Hablabas en un susurro, en un aliento sobrecogido, como zozobrando por dentro, mientras todos aquellos de quienes huías, evitaban levantar la vista al cielo que iba perdiendo la luz, pareciendo como si fuera a llover pero sin llover y tú temblando, como si de un momento a otro fueras a romper en llanto, pero sin llorar. Yo no quise ayudarte, tampoco no ayudarte, simplemente no hice nada. No dije nada. Fuiste apresada y condenada a mirar el eclipse hasta que se adentrara todo su fuego en los ojos.

Ahora los demás sabrán que lo último que avistaron tus pupilas laceradas fue la visión apagada , mas bien lánguida , de una turba agitada que clamaba por todo aquel daño que hiciste y que nunca, hasta entonces, fuiste capaz de contemplar.

Etiquetas:

sábado 1 de octubre de 2005

Cuerpos

Tengo una vaga idea acerca del asunto, sólo recuerdo de aquella noche que poblaban la ciudad unos cuerpos celestes, luminosos, cuerpos inquietos en busca de otros cuerpos, cuerpos mirada fugaz. Luego la noche se engarzaba con el alba en alguna habitación sombría de hotel barato, ya con los cuerpos vencidos y el maquillaje gastado.

Como en una extraña metamorfosis, con las primeras luces, los cuerpos celestes se transfiguran en cuerpos extraños y distintos, de modo que una vez descubierto el equívoco, abandonan los portales como fantasmas perdidos que vuelven al alba en busca de un sueño mejor.

Etiquetas:

viernes 12 de agosto de 2005

El cielo depara

Miguel dice que los aviones buscan el viento, que si los dejáramos sin control en mitad del cielo, se volverían a buscarlo, que son listos, que saben volar solos y que nosotros , nosotros sólo podemos intentar que ellos no nos lleven donde quieren. Los aviones saben volar, son listos, muy listos. Me gustan las certezas de Miguel, como quien tiene una buena mano de cartas y juega su partida decidido y resuelto. Los aviones buscan el viento y si los soltamos en medio del cielo, saben volar.

Se acerca tormenta y uno nunca sabe lo que le depara el cielo. Eso también me lo enseña Miguel. Se puede mirar al cielo e intentar descifrar lo que nos está diciendo, pero el cielo siempre se guarda algo de información, siempre algo tiene que no nos dice. Y luego las nubes, y los nombres de las nubes, como nombres de mujeres misteriosas, sus formas , mirar su vientre lleno de agua , cómo cambia, cómo se hincha y Miguel, dibujando en el aire corrientes térmicas, explicando cómo se comportan las nubes, y que las nubes no se entienden, no del todo, como las mujeres - dice- pero yo creo que algunas (mujeres) sí se entienden, y le digo lo que creo, y entonces Miguel que dice bueno, pero las nubes no, las nubes no se entienden.

Las nubes no se entienden y el cielo se está cerrando, tenemos que volver al campo de vuelo, tomo los mandos y el avión se pone insolente, Miguel se ríe, me cuenta acerca del timón, del alabeo, de cómo cabecear en vuelo y luego enseguida me anima, dice que estoy volando bien, pero yo sé que no, que Miguel siempre te anima y le saca el lado bueno a todo, hay turbulencias, que es como lanzarse en tobogán hacia arriba y una corriente térmica (de panza de nube repleta de agua) nos saca de rumbo. El cielo se cierra, a la altura de Tardienta unas nimbus amenazan descargar antes de tiempo, imposible decir cuánto, imposible cuándo. Tenemos que volver, buscamos rumbo a casa, fijamos un punto de referencia antes de que el cielo se termine de cerrar y una enorme nube-mujer con el vientre repleto de agua nos devore y nos parta en dos. Yo sé que ahora , en el campo, andan mirando al cielo y que en algún sitio está descargando un mar de lluvia , en alguna parte, no muy lejos de aquí.

Etiquetas: ,

viernes 29 de julio de 2005

Fernando

Conozco a Fernando hace muchos años, más de diez, menos de quince, no sé, en realidad -es curioso- pero trataba con él mucho antes de que supiera que era escritor y mucho antes de que supiera que había publicado con cierta frecuencia. Tantas veces que hablábamos de cosas triviales, como si Fernando fuera dos personas diferentes, Fernando el marido de Mar, la socia de Cati, el tipo del gimnasio algo introvertido , tímido y flaco, y luego Fernando el escritor, cuando confieso que por aquel entonces , para mí, escribir o quien escribía quedaban un poco lejos de mis necesidades primarias. Tímido , como decía, quizás por eso se guardaba las palabras en la sala de musculación, para depositarlas luego en lugares mejores, y a lo mejor él también me veía como si fuera dos personas distintas, el chico que salía con la hija de Cati (y quizás ya ni salíamos) y el que tocaba en un grupo de rock más o menos conocido. Siempre coincidiendo en el parque de al lado de casa, cerca de Ruiseñores, o en las bicicletas del gimnasio Cuellar, guardando las palabras, siendo cordiales, hablando de asuntos banales, sus dos Fernandos y mis dos Jorges y en eso dejábamos que pasara el tiempo, a golpe de pedal o de mancuerna, cumpliendo nuestra misión personal de todos los años, rebajar un poco de cintura y no caer en el sedentarismo, hasta que alguno decidía romper el mero formalismo del saludo y la conversación de las seis de la tarde y nos íbamos los cuatro, sus dos Fernandos y mis dos Jorges, con nuestros temas intrascendentes y nuestras pesitas de dos kilos, porque dicho sea de paso, la genética no daba para mucho más y resultaba mejor guardar las fuerzas para sus libros o para mis canciones.

Etiquetas:

martes 19 de julio de 2005

Tonterías

Podemos hacer tonterías, comprar natillas de chocolate y llevarlas a la cama , luego vaciar el contenido por las paredes blancas , que siempre necesitaron una manita de pintura y yo nunca encontré el tiempo para dársela porque prefería hacer tonterías, de esas que a usted tanto le gustan, porque nunca fui el más guapo, ni el más listo, pero hice tonterías, unas cuantas fueron, al principio solo en días pares, luego los impares y vísperas de festivo y usted se reía, y yo ampliaba mi repertorio con ánimo renovado , todo por su sonrisa de niña traviesa, porque una vez no sé dónde, creo que en las páginas centrales –casi más hacia el final- de una revista de sala de espera, un experto en relaciones decía que una mujer te ama si consigues que nunca deje de reír, y yo me apliqué, solo que a veces lloramos también por tonterías, porque a veces no entendemos nada y bebemos tequila y días enteros pasan, de tonterías, de taxis que se dejan llevar , superficiales , vanidosos, buscando extraños triunfos o coronas de laurel que no son esta ni aquella cosa, simplemente que no son, en todo caso porque usted ya sabe que dos días en la vida nunca vienen nada mal y por eso nos lanzamos desde un tobogán a piscinas de brazos equivocados y luego llegan las disculpas, usted perdone, yo no quise, este no es el brazo que yo buscaba, ni el brazo ni el abrazo, que me imagino que una cosa viene de la otra y además hace tiempo que no busco etimologías porque luego usted me reprende, y no sé que más quiere que le diga, si a mí en realidad, lo que me gusta es vaciar natillas en la cama, arrojar proyectiles chocolateados contra las paredes que antes eran blancas y ahora son un campo de batalla jaspeado, y que usted ría, que ría mucho, porque el experto aquel asegura que si una mujer ríe, en el fondo es porque ama , como cuando hago tonterías con natillas en su ombligo, los días pares e impares, vísperas de festivo compartidas y la vida tontería envasada en pack de cuatro y con uno de regalo.

Etiquetas:

miércoles 29 de junio de 2005

No se puede no pensar

- ¿En qué piensas?
- En nada
- No se puede no pensar, siempre se piensa en algo…
- No pienso en nada
- Venga, dímelo, ¿en qué piensas?
- En nada, ¿y tú?, ¿en qué piensas?
- En lo que estarás pensando tú…
- Yo, en nada
- No se puede no pensar…
- Sí se puede, yo lo hago, no pienso en nada...
- Vale, pero no se puede no pensar
- De acuerdo, no se puede...
- ...
- ...
- ¿Echas de menos estar vivo?
- A ratos, ¿y tú?
- A ratos, también
- ¿Echar de menos es pensar?
- No lo sé... ¿qué opinas?
- Nada, no opino...
- ... (sin pensar)
- ... (pensando)

Etiquetas:

lunes 27 de junio de 2005

Recuento

Algunas cosas cambiaron, otras no. Las que cambiaron parecen una hojilla de papel de lija que desgasta y araña como la mirada de B desafiando, manteniendo floretes en alto, un reto, no merece la pena esforzarse si no queda nada por lo que esforzarse. Mensaje recibido. La casa, las paredes de la casa, permanecen pero más desconchadas, más desnudas si acaso, pero quedan altas como todo, abrigando, rodeando el patio, los cuadros que también permanecen y M igual que siempre, descumpliendo años, preparando el papel de fumar, aprendiendo de nuevo a escuchar a Verdi, defendiendo su vida con coherencia y lo que le dejaron de la jubilación. C casada con P, felices, nerviosos, y casi no los vi, olvidando la tarjeta de felicitación en la habitación del hotel y algún encuentro fugaz en la recepción, un abrazo, una sonrisa, pero apenas te pude hablar, si acaso unas fotos y un espero verte pronto, y yo que también lo espero, con tu nueva vida, vuestra nueva vida y ahora miro atrás y veo a C llorando, preguntando si algún día, y ese día que llegó y que ya fue, con los anillos que lleva A, que cada vez que le veo está más grande y que se emociona con los aplausos pero que parece un hombrecito y que será lo que quiera ser. Las calles permanecen, el paseo, el cielo cerrado, la brisa nocturna, J y L como siempre, locos y alegres, entusiasmados, haciendo de un momento cualquiera un instante perfecto, y luego D sin la bicicleta y sin el pelo corto, con su coche nuevo y media melena pero la misma sonrisa de buena gente, recordando cosas que había olvidado, aquellas conversaciones en el portal o en el cuarto, el día que llegó tarde por mi culpa, de nuevo Vegueta de noche y el restaurante con música africana y camarera argentina, de Mendoza según nos dice, pero no recuerdo y todo lo que permanece me sostiene un poco más en pie. Y queda en Santa Catalina B, sin volver la mirada, sin saber en realidad si la vuelve , porque tampoco miro, cuídate, recuerdos a la familia, lo mismo, y ella con media sonrisa, como disfrutando, como manteniendo el tipo y nada importa y no merece la pena si hay que buscar donde nada queda, y el avión que despega, mientras en Madrid cae una tormenta, o dos tormentas, y luego el retraso, y llegar tarde , y amanecer en Pamplona para llegar a Zaragoza en doce horas , y la mujer más guapa del mundo que se apaga, como una luz que después de temblar un poco deja de brillar para siempre , como todas las luces que se apagan , en todas las ciudades de noche, de toda una vida.

Etiquetas:

martes 21 de junio de 2005

Arroz Congrí

Ya era difícil entender las integrales triples, como para que encima te las explicara un cubano, Juanito, el tipo hablaba de balones de rugby y de melones y nunca nadie se enteraba de nada. Juanito empatado con Elizabeth, Liz, también cubana y profesora de álgebra, explicaba los vectores como si fueran personajes de dibujos animados, tocaba el piano y era dueña de una simpatía a prueba de todo pesar. Donde mejor me entendía con ellos era fuera de clase, lejos de los espacios vectoriales y el cálculo infinitesimal, en alguna de esas fiestas que organizaban para cubanos residentes en Canarias, con el alma alegre y atrevida como un son y con historias tristes como para llenar una vida entera. Cuántos de ellos no dejaron todo y saltaron desde el Malecón en un neumático viejo de camión, cuántos de ellos reían contando historias tristes acerca de cómo aprendieron a destilar lo que ellos querían (necesitaban) creer que era ron, y que no era otra cosa que alcohol del 96 destilado con un calcetín. Parecía un chiste , solo que nunca lo era.

Luego, conforme pasaron los años, me iba encontrando con Juanito y con Liz, Juanito, flaco como un hilo y con ese gesto de medio galán y Liz, tremenda ella y con su vocecita fina que proyectaba desde aquella sonrisa infinita. Digo que me iba encontrando y siempre era agradable, encuentros breves, intensos, dulces, sobre todo si Liz preparaba arroz Congrí y tomábamos de postre guayaba con queso. Creo que quedamos que en la siguiente ocasión me tocaba a mí llevar las cervezas, y seguramente todo será igual, hablaremos de Tafira, de Cuba, de si volví a saber algo de Clemente (no he vuelto a saber nada) , de música o de Fidel.

Normalmente me pierdo llegando a su bloque de casas, en Vecindario, y Juan sale a mi encuentro, me da la mano y me pregunta cómo tú estás, y luego sonrisas, y luego Liz, y luego algo bueno, y un regustillo a cerveza o a ron, a historias contadas desde otro lugar, el lugar a salvo desde el que hablan los que un día dejaron todo para buscar un mañana mejor y lo encontraron. Por eso, cuando marqué su número, Juan al aparato, qué pasó, aquí Jorge, qué fue, cómo tú estás, Juan , voy unos días a la isla, qué bueno, pásate por la casa y hablamos, descuida, cómo estáis todos, bien bien, pásate por la casa y tomamos unas cervezas, tengo ganas, y Juan que sonríe, y ahora todo que está un poco mejor, y el Sábado o el Domingo arroz Congrí , escucharemos salsa, tomaremos cerveza o ron, y recordaremos (con esa manera de recordar que tienen ellos) , para poder seguir mirando al mundo en actitud valiente y decidida, con la alegría de los que deciden tomarse la vida con una sonrisa y un traguito de ron, o de algo que parece ron y no es otra cosa que alcohol del 96 destilado con alambique y calcetín.

Etiquetas:

martes 14 de junio de 2005

Nada bueno

Doctor, el niño está agobiado porque el universo se expande, y digo yo si no podría usted quitarle de la cabeza todas esas historias que vienen en los libros que no son mas que tonterías y no hacen otra cosa que volverle loco, porque cuando no se queda embobado mirando mariposas (en las nubes que digo yo) pierde tardes enteras cerca del río o del bosque, recolectando insectos o tomando anotaciones en una libretilla azul, que ahora le ha dado por querer ser científico , que sintiéndolo mucho el fútbol no le llama, y que nada de trabajar con su padre en el taller cuando termine la escuela, y hasta en sueños dice que piensa en los ciclos de la luna o no sé qué de la fotosíntesis y los océanos, que eso no puede ser nada bueno, que el niño se está quedando chiquitajo y medio tonto, yo creo que de tanto subirse a los tamarindos (los guindos que dice su abuela) , doctor, ¿usted no podría ponerle en tratamiento?, que el niño está agobiado con que el universo se expande y la cigüeña negra se extingue y a mí me va a dar un disgusto. Que todo eso de los libros no puede ser nada bueno.

Etiquetas:

domingo 12 de junio de 2005

Hembra que copula y muere

Alcancé la madurez sexual hace dos días y moriré dentro de tres, cuatro a lo sumo. Puedo oler la presa a setenta metros de distancia, sin que note mi presencia entre los arrozales o los pozos, aguardo excitada, describiendo órbitas en espiral, en busca del origen del aroma, ahora sé que coincide con mis gustos, cuestión de bouquet, espero en las aguas estancadas, el lugar donde las hembras vampiro siempre atacan, allí será la cópula, luego el ataque, me nutriré de su jugo vital, ceremonia apresurada , un haz de garfios atravesando su piel, segregando saliva para evitar la coagulación y enmascarar después el dolor, sólo una dulce sensación y luego algo que quema por dentro. Lo premeditado de la espera, del sacrificio, reside en la imperiosa necesidad de recibir el festín de sangre y como consecuencia mi peso corporal, mi volumen entero aumentando el doble o el triple, llenándose -llenándome- de él, de su cuerpo que comienza a experimentar una fiebre intensa, fiebre de pequeño hombre apetecible.

Nos especializamos en humanos en noches de verano. Luego llega inevitablemente la puesta, doscientos, quinientos huevos en el agua estancada, siete generaciones vendrán , larvas tras la cópula, entre pozos y arrozales, noches pegajosas, jugo vital, orgía de sangre y ellos sin saber, y cuando sepan puede que tarde, puede que sintiendo la fiebre de los que se vacían, escozor y luego larvas, larvas de hembra vampiro especializadas en humanos en noches de verano, ubicándose a setenta metros, a la espera, hembras en guardia, que vivirán cinco, diez días no más, navegando tras su olor, en busca del origen de la vida misma, llenando con dificultad un volumen entero de hembra que acaba de copular y que alza el vuelo para lanzarse a morir aplastada contra un cristal.

(Diario de hembra Anopheles Atroparvus que copula y muere después)

Etiquetas:

miércoles 1 de junio de 2005

Chicas de ciudad



“Rubias de ciudad llegaban en el autobús, a pedir una oportunidad…”

Chicas de ciudad, reinas de la línea treinta y tres, de los garitos donde sirven el mejor gin-tonic, chicas de Jueves a Domingo con la vista puesta en los escaparates y en las terrazas de moda. Todo les queda bien, la sonrisa de encaje y las braguitas de plastilina, en realidad quisiera decir sonrisa de plastilina y braguitas de encaje pero todo es un poco lo mismo. Puedes verlas en el gimnasio recién inaugurado haciendo kick-boxing o relaciones sociales, poseedoras de esos conjuntitos plastidecor que hacen juego con la imagen desenfadada que proyectan sobre el gran espejo, desenfadada imagen siempre cool a veces con coletas y cintas de pelo. Chicas de ciudad que se distinguen porque solo se aparean con chicos de ciudad de sonrisa espantosamente blanca y tríceps de discóbolo. Montan sus orgías después de una sesión de UVA, la idea es restregar los cuerpos al tiempo que aplican la loción hidratante. No perder el tiempo.

El resto es más o menos conocido, uno se encuentra con ellas en el ascensor, o intenta encontrárselas sin que se note (ya se sabe , no todos los días uno tiene tentaciones de patio de escalera que destripar en la consulta), porque soñar que te quedas atrapado entre el tercero y el cuarto está todavía permitido por las autoridades locales, lo mismo que pulsar el botón de emergencia y que sea lo que Dios quiera. Con un poco de suerte, tu señora (tan comprensiva ella) , comparte tus mismas aficiones y se dedica de vez en cuando a contemplar o a pellizar a chicos de ciudad que suben la compra hasta el séptimo -un par de imbéciles quedaron atrapados en el ascensor y no se puede hacer nada aunque el portero diera el aviso- y que tan generosas propinas reciben.

Ilustración: Fabrini

Etiquetas:

domingo 22 de mayo de 2005

Paradero desconocido

Se busca conejo de mago desaparecido durante actuación. Responde al nombre de Manolo y fue entregado a un espectador de la primera fila durante la presentación del conocido (pero no por ello menos sorprendente) número de ilusionismo llamado “Aparición de conejo” . Manolo es capaz de aparecer de múltiples maneras y en cualquier momento (en menos de un santiamén) o situación, arrancando el aplauso del público más exigente o los gritos felices de niños y no tan niños presentes en la sala. Bajo ningún concepto intenten prepararlo al ajillo o al horno, Manolo es de peluche. Cualquier información que puedan aportar acerca de su paradero será recompensada con un truco de magia o foto firmada por ilusionista de sonrisa deslumbrante.

Así mismo , se recuerda al espectador (también de la primera fila) que participó en el conocido (pero no por ello menos divertido) gag bautizado como “Pérdida de tiempo” que, el reloj prestado para la ocasión, pertenece al ilusionista y por tanto y en contra de lo que pudiera parecer, no es un obsequio de los patrocinadores de la gala mágica.

(Basado en un hecho real)

Etiquetas:

viernes 6 de mayo de 2005

Lo que tienen las ciudades



Lo que tienen las ciudades (todas sin distinción) , sean del tamaño que sean, es que terminan resultando siempre diminutas. Igual da, porque tarde o temprano uno termina encontrándose con aquella novia que tanto quiso (y que no hacía falta ir a visitar en tren, en avión o en autobús de línea) de la que no volvió a saber nada hasta justo ese momento en el que ella cruza la acera de la mano de un chico o empujando el carrito de un niño que tiene sus mismos ojos. Desde luego que hay dos tipos de "ex" , las que viven en tu misma ciudad y las que no. Las primeras son más peligrosas, porque los encuentros fortuitos son poco o nada previsibles, las segundas quedan más lejos en el recuerdo y en la distancia y molestan menos. Yo soy de los que se sonríen por dentro cuando eso ocurre, suele sucederme en el coche y creo ver en el semáforo de la esquina un rostro conocido que marcha de copiloto en una vespa naranja o que espera acompañada un taxi mientras el tipo la besa sin tregua. Digo que me sonrío por dentro, porque en realidad sabemos que siempre llega el día en el que esas cosas dejan de hacernos daño y podemos alegrarnos o sentir indiferencia , porque la vida no nos trató nada mal y porque uno siempre se lleva algo de cada persona y de cada relación.

Una vez tuve una novia que quise mucho y que vivía en mi misma calle, me costó horrores olvidarla (como novia, porque después fuimos –y somos- buenos amigos ) , cada vez que pasaba por delante de su casa me juraba que al día siguiente rodearía la manzana con tal de no ir perdiendo trocitos de corazón por los portales, que luego olisqueaban los perros o pisaban los vecinos. Su dormitorio daba a la calle , a nuestra calle, y por las noches veía su silueta recortada contra la ventana. Al final las siluetas en eso se quedan , uno crece y aprende a desquerer o a querer de otra manera y de verdad se alegra por la silueta o por todas ellas, de tal modo que lo mejor que puede pasar cuando las ciudades , por grandes o pequeñas que sean, nos brindan esos encuentros , es que guardemos en los bolsillos una enorme bolsa de sonrisas congeladas para calentar en el microondas y soltarlas por la ventanilla, plop plop, a que se aireen un poco.

Etiquetas:

miércoles 4 de mayo de 2005

Hace falta poco

Hace falta poco para tener un buen día. Me basta con ver a la mujer más guapa del mundo sonriendo de esa manera, con tantas ganas de contar cosas y mostrándome cómo es capaz de andar por el pasillo casi sin ayuda. Tenía miedo de ver a Pilar, de encontrarme con aquella otra mujer que dejé hace un mes tan apagada y débil, tan cansada de la vida. Miedo de derramar tantas lágrimas que no tuviera mejillas para albergarlas. Hoy, sin embargo, era dueña de una luz que tantas veces lo ha llenado todo , de unos ojos enormes que aún se asombran cuando ven a alguien querido, de una sonrisa de Rayos X que atraviesa todos los muros de la casa y salta al parque desde el que miramos al río y la catedral. -¿Quieres ver cómo ando?,- me dice y se pone en pie y me ofrece el brazo. Me pide que no la suelte aunque ella sabe que no la dejaría ir por nada de mundo, que me quedaré a su lado siempre, dando pasitos de hormiga por el pasillo y haciendo del viaje hasta la cocina toda una aventura de exploradores. - ¿Ves qué bien voy, hijico?. Quién me iba a decir hace un mes que estaría andando otra vez- . Y poquito a poco vamos en busca de la merienda, como casi siempre, terminará convenciéndome para que le consiga un par de galletas extra (ahora que no está la tía) y que me agradecerá guiñándome un ojo o con una sonrisa infinita. Hoy Pilar está mimosa, muy mimosa, así que se asegura antes de que me vaya , de recibir una buena ración de besos y te quieros.

La luna se está empezando a poner el pijama detrás del puente de Santiago y un taxista recoge a una pareja que bosteza y se abraza . La ciudad se recoge poco a poco, radiante y luminosa. Casi tanto como la sonrisa de Pilar.

Etiquetas:

martes 3 de mayo de 2005

Escena cotidiana



La ciudad queda tras las anchas espaldas cansadas de tanto echarse problemas por encima, problemas y recuerdos, porque los recuerdos sabemos que pesan tanto como los pesares y entre pesares, recuerdos y problemas, las espaldas se quiebran de tanto soportar lo que no debieran. Prender un cigarro no es un acto trivial , según sea el momento se asemeja más a un ejercicio de fe incondicional , a un farito que arroja destellitos de luz en rincones más bien poco iluminados o nada aconsejables en los que cualquiera podría encallar. Qué más se puede decir de un hombre solo, salvo que si además de solo se siente enojado con su destino o con su condición , entonces las noches serán posiblemente más largas que las del resto de tipos que habiten el garito . Aparte de todo el alcohol que uno toma o de todos los cigarritos que prende, queda finalmente (lo quiera o no) el camino de vuelta , transitando callejones poblados de gatos despistados o moribundos, de parejas que discuten en zaguanes y que terminan (como no puede ser de otro modo) practicando el amor a deshoras. Uno puede ser un golfo o un crápula pero si está solo, está perdido. Por eso los amaneceres se llevan lo poco que tienen las noches de cuento , porque los cuentos (dicen) tienen que ser tristes y no se conocen historias más tristes que las de tipos que se diluyen en bourbon o se aplastan como la ceniza contra un cenicero , una acera o un portal.

Ilustración y agradecimientos : Doc

Etiquetas:

domingo 1 de mayo de 2005

Carlota



Conozco a Carlota desde los quince o dieciséis. Por aquel entonces yo era un chaval acostumbrado a hablar bien poco, más por despistado que por tímido, así que nunca tuve premio alguno de popularidad. En realidad ella me encontró a mí, o mejor dicho, reparó en mí, en el chico del guardapolvo negro , flaco como un hilo y con el pelo de punta. Me gustó enseguida de ella que sabía escuchar y mirar, cualidades que siempre he admirado en los demás y he procurado afianzar en mí. Además, ella llevaba consigo un gran interrogante de neón azul y una cajita en la que guardaba secretos y miedos que nunca llegó a cerrar del todo.

Mi memoria es terriblemente volátil y hay fragmentos de vida de los que apenas guardo el envoltorio. De Carlota sigo amontonando papelitos de recuerdos que bailan y pegan saltitos , porque ella siempre andaba (y anda) con los pies un palmo por encima del suelo, dando cariño y sonrisas a cambio de nada. Por eso , a mí lo que me fascina es su capacidad para estar en mil cosas y lugares a la vez y además hacerlo bien. Recuerdo las fiestas de fin de curso en el instituto y Carlota (Ota) recorriendo los pasillos con una nariz de payaso o un trajecito de libélula a punto de aterrizar en un bosquecillo encantado, representando papeles de mujer fatal en obras de teatro o dirigiendo e inventando coreografías que sólo podían salir de su cabecita loca. Ota y sus mil detalles: una tarde aparecía con una camiseta pintada a mano por ella, con decenas de moscas (cada una con su propia personalidad, traje o disfraz) de lo más simpáticas y peculiares que había hecho para mí . Años más tarde, cuando empecé a hacer magia, yo quería conseguir un efecto de esferas que flotan en el aire , ella me acompañó a comprar todo el material que me hacía falta y al día siguiente pintó varias pelotitas de muestra que me trajo entusiasmada, pelotitas que por otra parte nunca llegaron a volar.

Con el tiempo nos alejamos, ni que decir tiene que por mi culpa. Ella mandaba cartas con cierta regularidad cuando me fui a vivir a Canarias , cartas que nunca o pocas veces fueron contestadas. Carlota no dejó de escribir ni de llamar cuando sabía que yo estaba de vuelta en la ciudad y siempre, siempre conseguía que me sintiera como si el tiempo no hubiera pasado. Y así podría seguir contando miles de cosas de Ota, de lo bonitos que tiene los hombros, de cómo zapatea cuando Alejandro se arranca por bulerías, de su vestido de cola y su bombín , de su manera de ser y estar, de conseguir lo que quiere y sueña y de ser la mejor de las amigas . Yo pocas veces supe estar a la altura de su generosidad y ella perdonó mi falta de tacto y de criterio una y otra vez. En vez de enfadarse , ella sigue bailando, intentando nuevos saltos y nuevos vuelos, describiendo trayectorias imposibles frente al espejo y proyectando sonrisas de lentejuelas con doble salto mortal. Carlota baila desde que es niña , diría incluso que mientras duerme , así que nadie se sorprenda si en plena madrugada el corazón le salta del pecho brincando a ritmo de claqué o de charlestón.

Etiquetas:

jueves 28 de abril de 2005

A cada cual lo suyo

Antonio y Paco ya no hablan de libros ni se dan solemnes lecciones magistrales. Ahora parecen más cercanos y Paco confiesa lo que le ilusionaba lo de Nicolás, pero que ella ha cambiado y desde que el crío nació no se entienden y que le aparta de él, que ella indudablemente sólo piensa en el niño y que él lo está pasando mal porque se siente al margen de madre e hijo. Ponte en mi lugar Antonio, que mira qué bronca me echó por recoger la mesa apilando un plato sobre el otro y no de uno en uno y que -como decía antes- ya nada es lo mismo y es cierto, porque ya no son distribuidor y escritor, sino amigos y parecen de repente más encogidos y más personas y que como a todos, se les lleva el demonio a cada cual con lo suyo.

Etiquetas:

miércoles 27 de abril de 2005

Tertulianos



Busco garito para leer y escribir, tomar un buen capuccino y reposar alguna idea. Vuelvo al Hemisferio, casi siempre ponen jazz y está tranquilo, tanto que sólo hay una mesa con dos tipos en conversación trivial. También cuadros expuestos en las paredes, pero no me gustan nada. Desde donde tomo asiento es inevitable no escuchar la retahíla de pensamientos de la pareja que parece ser discurre por mundos de letras.

Ambos escriben poesía, creo. Se dicen lo interesante que es la obra de ambos y mira qué buena es la labor que estás haciendo. Que si la literatura es ideología (?) y ya sabes que yo soy más de endecasílabos que de otra cosa y por lo visto los haikus se están poniendo de moda así que estoy terminando una colección. Y el uno que se alegra que le guste su obra pero que tendría que hacer unos retoques en este y aquel poema y el otro que le anima y se van pisando la conversación argumentando y defendiendo estilos y criterios, tendencias y modas y se hartan de hacer aseveraciones categóricas muy importantes y serias.

Total que entra un tercero (desaliñado y cansado por ser ya mayor, dice) y saluda revelando más información ; resulta que finalmente uno de ellos distribuye libros y el otro escribe pero se queja de que sólo ha recibido el tomo de poemas en el que aparece él , sólo un texto por autor de más de ochenta y dice no sé qué de poesía matemática (??) y el otro que es muy listo dice que algo muy ingenioso que ha leído y que puede parecer una estupidez ( y a mí me lo parece) pero que está publicado y todo y que viene a decir:

YO = Y + O

Claro , se ríen y hablan de que en esta tierra nuestra nadie quiere lo propio sino lo ajeno (querer por apreciar, no por desear) y me acuerdo de Sopeña que muchas veces lo dice y entonces Antonio (distribuidor) le dice a Paco (escritor) que aquí no te publican una página entera en el periódico a no ser que seas de fuera y Paco no puede estar más de acuerdo porque una vez le dedicaron dos páginas en un diario de León y que ya nada es como antes porque nos hacemos viejos y (mira tú por donde) lo nota más en que cuando se sentía joven escribía al caer la noche pero ahora le entra el sueño y se siente más fresco por las mañanas pero tiene que ir a trabajar. De paso critican a algún catedrático porque son señores muy estirados que se quitan de encima a uno de muy buenas maneras, pero no deja de ser una incorrección sobre todo cuando coinciden en tertulias y el emérito se va por otro lado.

No parecen malos tipos, de verdad que no, pero Y + O intento ir a lo mío , me pongo con el libro que tengo a punto de terminar y ahí se quedan gustándose, autoafirmándose y arreglando el mundo como si se lo conocieran de memoria.

Etiquetas:

lunes 25 de abril de 2005

Preludio



Ya sabes lo que tienes que hacer para olvidar. Es fácil, basta con cambiar de lugares y